La bacteria Clostridium difficile, presente en la flora intestinal normal de algunos individuos sanos y pacientes hospitalizados, es la causa más importante de colitis seudomembranosa, una infección del colon potencialmente mortal que aparece con frecuencia por el uso excesivo de antibióticos, que elimina gran parte de los demás microorganismos y provoca su sobrepoblación. Aunque el tratamiento habitual consiste en suspender la administración de antibióticos (con excepción de anti-clostridiales como el metronidazol), desde principios de siglo han aparecido cepas resistentes.

El tratamiento más prometedor para curar la infección de C. difficile es el trasplante de heces para restablecer la flora intestinal sana. Para ello se realizan una o varias infusiones (por ejemplo mediante un enema) de flora bacteriana fecal procedente de un donante sano. Aunque a menudo un familiar cercano es el donante más accesible, no hay razón para esperar que el parentesco influya en el éxito del tratamiento, al no jugar un papel relevante las similitudes o diferencias genéticas.

La base teórica del tratamiento reside en el concepto de la interferencia bacteriana, es decir, en usar bacterias inocuas para desplazar a organismos patógenos. Este enfoque para combatir infecciones bacterianas no es nuevo, habiéndose usado desde hace mucho en animales, por ejemplo para prevenir la salmonelosis en pollos.

La doctora Allen-Vercoe en el laboratorio con sus colegas.

La doctora Emma Allen-Vercoe y sus colegas de la Universidad de Guelph (Ontario) creen que pueden mejorar este tratamiento creando mezclas de microbios intestinales adaptadas a cada paciente. Desafortunadamente, estas bacterias son exigentes y no crecen bien en placas de Petri, así que su equipo fabrica caca artificial, que contiene celulosa y otros materiales indigeribles. «Tiene un aspecto muy desagradable. Es una pasta marrón y espesa, con grumos de almidón.»

Para convertir esta pasta en un trasplante fecal, usan una robotripa. «La robotripa está compuesta por seis matraces llenos de la pasta que se calientan a temperatura corporal. Entonces se añaden bacterias de una pequeña muestra de heces humanas. Dado que el oxígeno es tóxico para las bacterias intestinales anaeróbicas, cada matraz está herméticamente sellada, y vigilamos la temperatura y la acidez.»

La robotripa en acción.

Según Allen-Vercoe, lo peor de trabajar con caca falsa es que «debido a la regulación, no podemos limitarnos a tirar la que sobra por el retrete. Hay que esterilizarla cociéndola a temperatura muy alta antes de desecharla. Esto tenemos que hacerlo de noche cuando no hay nadie, porque todo el edificio empieza a oler a caca.»