El tío Astolfo

Se juntan despacito en el pueblo y ponen caras tristes. Hablan bajito, toman unos mates y el café lo dejan para la vuelta. Como un premio por el deber cumplido. Arrancan flores del jardín, cualesquiera, no importa, la cuestión es llevarle flores al muerto. Y si no las tienen en el jardín propio, las arrancan prestadas del vecino. Nadie va a negar unas pocas flores flacas en este “Día de Muertos”.

Después van al tranco lento por la banquina de la ruta o por el mismo pavimento. Porque en un día así anda poca gente y el peligro se desvanece. Van lento, porque no hay mejor forma de mostrar la tristeza que con zapatos arrastrados por la carretera, como cansadas las patas y cansados el alma y el cuerpo. Total, el muerto sigue allí. A unos quinientos metros, en el cementerio blanco que se recuesta a la ruta.

No es que vayan en procesión. No hay nada organizado. Pero algún reloj invisible marca una hora apropiada para la visita a los muertos del cementerio. Es por eso que se topan unos con otros y van en una larga fila que se afina a medida que se aleja del pueblo. Como una procesión de hormigas negras.

Agachan la cabeza y parece que en esa posición les viene al cerebro el recuerdo del finado. Que era tan bueno el pobre que no mereció esa suerte de morir tan joven o tan rápido o tan sufriendo. Como torturado, el pobre. Estrujado por la circunstancia terrible que es morir en una cama vieja de hospital. O en el fondo solo de un rancho gris.

El tío Astolfo se buscó la muerte. Fumaba, se le dijo que no lo hiciera, chupaba como una esponja, se le dijo que tomara menos y andaba con prostitutas, cuando se le dijo que las malas mujeres le robarían la fortuna. Pero como el tío Astolfo no quiso oír los buenos consejos de la familia y menos los del cura (parte interesada en el destino del dinero), se dijo por entonces, que tuvo una muerte merecida.

Porque si hay muertes que se merecen, la del tío Astolfo fue una de ellas. No porque el tío fuera mala persona. No. Ni el cura, a pesar de tanto pecado perdonado, decía eso. Sino porque a la muerte se contribuye. Como quien guarda moneditas en una alcancía. Un pequeño desliz por aquí, otro pequeño desorden por allá, una trasnochadita, un amanecer a la intemperie y el rocío frío del campo, en fin, un nimio percance con el comisario o una borrachera: todo contribuye, como está dicho.

Pero a pesar de que dejó a la familia en la calle, cuando bien pudo dejarla en una posición de envidia, el tiempo filtró los recuerdos. Los recuerdos malos se hundieron en el polvo y los recuerdos buenos crecieron como si los regara Dios con su propia mano. Tan es así, que en las reuniones familiares se citaban con orgullo eventos que involucraban al finado y pequeños sucesos se transformaban en gestas heroicas, impensadas antes y quizás mentidas ahora. Que la memoria es frágil y el deseo de pertenencia a una familia de estirpe, atraviesa toda cultura, toda raza y toda posición en la escalera social.

Así resultó que de ser en vida un mediano productor rural, el tío Astolfo pasó a ser figura preponderante en la inauguración del ferrocarril, la fundación de la escuelita, la construcción de la Parroquia, la realización del primer grupo de viviendas salubres, el tendido del alcantarillado y el arribo del agua potable para el Pueblo. O sea, un prohombre.

¿Las fotos de tales acontecimientos? Se las habrían devorado las polillas y la humedad.

La familia del tío Astolfo comenzó a ver en esa nueva posición de prestigio caído del cielo, la posibilidad de revancha. Es decir, de resarcimiento pecuniario. Lo que no se pudo ganar en vida, se ganaría, si el destino brindaba una pequeña ayuda, después de la muerte.

Pero el destino es artero y no se puede confiar en él. Salvo, eso lo dijo la tía Erminda, que se tenga a Dios del lado de uno.

Habría que hablar con el cura. Contarle, explicarle, rogarle quizás, que entendiera la situación familiar, que distaba de ser holgada y se aproximaba más a la de una clase media baja enfilada hacia la indigencia.

El cura comprendió. Se apiadó de aquella mujer sola y de toda la familia. Y de sí mismo. Porque el cura, que vivía de la caridad del Pueblo, sabía que por esos días de crisis, la compasión y el efectivo escaseaban. Y ya estaba cansado de vivir a puchero de gallina donada, huevo duro y galleta dura como fierro.

Propuso entonces, una ceremonia en el cementerio, donde un montón de tierra y una cruz de hormigón sin lustre, coronaban los restos muertos de quien fuera en vida un hombre vivo.

Es que no hay como las ceremonias frente a un muerto (que nada puede replicar) y a los vivientes, que mucho dirían, pero que todo callan, confabulados en este caso, en aras del resultado.

Y el cura, con alguna grapa con limón en el torrente sanguíneo, en vez de callarlo, lo dijo todo. Que oremos, que arrodillémonos, que recemos por el alma del tío Astolfo (ya era el cura un sobrino más), que valoremos a este personaje inmortal, a quien Dios seguramente tiene sentado cerca de su trono divino y que en fin, poco falta para que la Santa Madre Iglesia inicie el rápido camino a la beatificación.

Nosotros, la familia, no detuvimos ni el llanto ni los suspiros ni el frenético fervor que unas palabras emotivas producen de pronto en el espíritu. La viuda habló del perdón de los pecados, las hijas de la paternidad amorosa y profunda y los sobrinos esbozamos, al menos, algún gesto de aprobación o sencillamente guardamos silencio, que para el caso no era poca cosa.

Rezado un Padrenuestro y tres Avemarías, cuando ya emprendíamos el camino de regreso, como elevados en una nube y dispuestos a trasmitir nuestro fervor familiar a toda la comunidad (que de esa fama vendrían nuestros ingresos), el cura preguntó si alguien de los presentes querría aportar, más no fuera, unas palabras a propósito de la grandeza del finado.

Pues todos nos miramos y agachamos la cabeza. Yo (y muchos más) pensé que no había mucho para agregar. Es decir, que con unas pocas y no tan pocas pequeñas mentiras estaba bien. La semilla del reencuentro con el héroe había sido sembrada con maestría sacerdotal y no valía la pena abundar.

Pero desde el fondo de la concurrencia se oyó una dulce voz que levantó una pequeña mano. El cura, que fue el primero en verla, emocionado como estaba, le preguntó a la niña: “Pequeña, sí tú, ¿qué tienes para decir en beneficio del tío Astolfo?”

La niña, Carmencita, del arrabal del Pueblo y de unos catorce años, con su carita inocente, le espetó al cura: “En beneficio de ese hijo de puta, nada. Sólo preguntarle a usted y a esta manga de cretinos, si me pueden pagar ellos, los cien pesos que Astolfo me debe del último polvo. Así tengo por lo menos alguna moneda, para comprarle galleta a la criatura que llevo en la panza”.

Juan Irigoyen

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