LA IMPORTANCIA DE UNA CASA CON PATIO (O EL PERRO EN SU LABERINTO)

A mí me repugna el simple hecho de que sea un perro. Con su cola, su obediencia cansina (canina, podría decirlo), su manera estúpida de vivir la vida. Siempre repite los mismos rituales, como si nada alrededor de si mismo le importara una mierda. Hace un par de semanas, por ejemplo, se inventó una nueva manía que repite puntualmente y a diario. Viene desde el patio donde se tira casi todo el día aullando o rozándose en la tierra, se da un par de vueltas alrededor de mi sillón y así, como si no me necesitase para nada, se tumba a mi lado con un suspiro y un gemido crudo, acabando siempre en el mismo sitio, en la parte derecha de las baldosas nuevas del suelo. Lo hace siempre al final de la tarde, justo antes de que empiece el programa de Rick Davidson, uno de estos westerns que a mí me gustan porque recuerdan mis tiempos de chico. Aunque me jorobe que el perro venga con sus ojos chicos y se ponga a mi lado, perdono su insolencia y en un rato nos dormimos los dos.

Al perro no lo compré yo. No me gustan los perros y tampoco los gatos. Yo nunca creí que los animales fuesen algo que se pudiera comprar, como una caja de galletas, y además me gusta que la casa esté limpia y estos bichos no hacen más que cagar donde no se les permite, morderles los pies a las sillas y ay del que trate de impedir que se cumplan uno de sus pícaros deseos. Quien lo compró fue Rita. Un día que llegué tarde y ella no hizo lo de siempre, soltarme una charla y el carajo, sólo subió las escaleras y dijo, voy a dormir, me compré un perro y ya. Por ahora, no haré más comentarios sobre Rita. Así que dije al perro maldito que no me jodiera las noches aullando al viento (por el ruido que hace en el techo de zinc del vecino) y también me fui a dormir, pero en la habitación del fondo, que más bien es un despacho.

Después de unos meses, es verdad, uno se acostumbra al animal.

Lo que no significa que me guste. Vivimos así como desconocidos que se ven obligados a compartir un ascensor, el respeto como expresión máxima de la indiferencia. Yo hago lo posible por no aparecer por el patio y él, con excepción de su siesta, no hace ni mención de entrar en la casa. Si entra, le pego. Al principio el perro tenía a Rita, que al llegar del trabajo cruzaba como un fantasma por el salón e iba a verle. A mí Rita ya ni me hacía caso, sabía que era el horario de mi programa y que me ceñiría a saludarla y subir el volumen de la tele.

La verdad es que nuestra convivencia, mía con el perro, fue bastante minada por nuestras diferencias. Cuando Rita se iba al trabajo, por ejemplo, a mí me gustaba estar en silencio, hojear el periódico y comer un trozo de pan untado con mantequilla o con dulce de leche. Mientras, él se quedaba tirado en la puerta con su baba asquerosa pegada al cristal, hasta tal punto que alguna vez el asco me impidió seguir comiendo. Luego, cuando yo me estiraba en el salón para ver cualquier mierda en la tele y relajarme, el perro se ponía a aullar, saltando como una rana asustada alrededor de una galleta en forma de hueso que Rita le echaba todas las mañanas. Me veía, entonces, obligado a utilizar el palo y, sin levantarme del sofá, le pegaba tan fuerte que el perro desaparecía como un rayo en una tempestad de verano.

Se quedaba el hueso, como las nubes de la bonanza.

Por la tarde, Rita venía a casa a comer y yo me retiraba a la habitación del fondo, en la que podía estar tranquilo leyendo o entretenido con mis maquetas — un junco chino, por ejemplo — mientras ella y el perro se divertían y charlaban. Para escuchar a Rita quejándose casi mejor el perro y si me quedaba con ellos— lo sé porque alguna vez lo hice — seguro empezaba con los ya no puedo más, que si el coste de la casa, que si los sueños de uno. Antes de las cuatro, el ruido del coche servía para avisarme que el terreno estaba despejado.

Todavía no hablé de la raza del perro. Era un mastín inglés, creo, así que los que pensaron que pecaba de cobarde estáis equivocados. Eso sí, lo que tenía de grande tenía de estúpido y estoy seguro que muchos poodles le darían mil vueltas antes de que se diera cuenta de algo. Así que me resultaba muy fácil pegarle con el palo desde el sillón, sin moverme y sin riesgo de fallar el blanco. Le tiraba el palo mirando a la cabeza y casi siempre lograba darle en las caderas o en la cola en su intento por escaparse.

Cuando, al fin de la tarde, me sentaba en el ordenador, el bobo sentía que faltaba poco para que llegase Rita y empezaba a saltar y recorrer una y otra vez el pasillo exterior que da a la entrada de la casa. No entendía por qué, hasta que una de estas veces me dio por buscar información en Internet sobre su raza. Descubrí que el mastín era utilizado por los romanos como perro de combate contra leones, toros y osos. Me entraron unas ganas locas de reírme. Pensé que, si era así, entonces a mí mismo me bastaría con una rama de oliva contra toda una centuria. Palurdos.

Cuando llegaba Rita, yo subía a ponerme una cazadora y me marchaba a dar un paseo hasta el bar. Casi siempre, al cruzar el salón, les veía a los dos jugando sobre la alfombra y las ganas que me entraban eran de pegarles a los dos. Luego, por la mañana, todo olería a perro en mi sillón, a mierda, a Rita. Pero respiraba hondo, apretaba las manos enfundadas dentro de los bolsillos de la cazadora y salía de casa encendiendo un cigarrillo, así, como si nada. Yo sabía que, al cruzar la puerta, el juego de los dos cesaba y ella me miraba, buscando disfrutar con mi fastidio. Sentía su ojo proyectado en mi cabeza, pero no me volvía ni para saludarla. Al revés, le daba a la puerta todavía con más fuerza, a lo bruto.

Uno decide entre hacerse fuerte o no hacerse.

No sé si, dentro de la casa, ella seguía jugando con el perro. Dudo que aquél estúpido mastodonte la entretuviese por demasiado tiempo. Más bien creo que le echaría al desgraciado al patio, se lavaría las manos y subiría a su habitación, a llamar por teléfono a su madre, a una amiguita, o se echaría a la cama con una de sus telenovelas asquerosas. Lo cierto es que todo no parecía más que una farsa por aislarme, probarme que no me necesitaba, que no me quería. Si era eso lo que intentaba, la verdad es que nunca lo lograría. Yo sabía que era todo lo que tenía, que se moría de ganas de que yo le agarrara otra vez por las noches, debajo de la colcha azul de lana, calentándola con un abrazo. Yo lo sabía y este poder me mantenía a flote. Lo que sí estaba logrando, con tantas tonterías y el puto perro, era cansarme. No estaba dispuesto a pasar tanto tiempo de teatrito con un perro.

Hay que reconocer que, por lo menos, el perro fue un entretenimiento en aquellos días larguísimos y aburridos. No sé si ya lo dije, pero por una operación en el estómago me habían concedido cuatro meses de baja, aunque no me sentía para nada convaleciente. La vida con Rita, que ya no iba bien desde antes, había empeorado todavía más con la nueva situación, me imagino que algún tipo de cuento feliz se inventaría cuando supo lo de la operación. Rita era de estas personas que se pasan la vida esperando a que les pase algo muy bueno o muy horrible, da igual, algo que les obligue a cambiar la vida de mierda que no son capaces de cambiar por si solas. Su esperanza, está claro, se desvaneció de pronto. Y con ella creo que también los ánimos de Rita. Después de la pelea que le hizo comprar el perro, poco hablamos, si es que alguna vez lo habíamos hecho de verdad. En este tiempo, el perro fue algo, ocupó el espacio que podría haber ocupado el vacío, simplemente, el relleno para un mundo donde sólo quedaba el vacuo de Rita y de una otra vida pasada.

Pero volvimos a pelearnos. Era un viernes, fin de tarde, día en que Rita llegaba más temprano del trabajo. Yo había reñido al perro por entrar en la cocina con las patas negras de tierra y el muy estúpido se había puesto a ladrar con las patas firmes atrás y enseñándome los dientes, como si estuviera a punto de atacarme. Para defenderme, saqué un cuchillo del cajón y le dije que muy mierda, ven aquí y ya verás que acabo con la faena ahora mismo. Así que estábamos los dos, mirándose como un gladiador y el león, como si la sangre estuviese a punto de estallar por todos los lados. En esto, llegó Rita y creyó que me disponía a matarle al perro así por así. Lo arrastró a la callé y me gritó que los celos, que el aburrimiento y que ya no podía más. Yo le dije que si el perro, que si los horarios, que si la puta telenovela. Dijimos algo más, pero ya nunca volveríamos a hablar otra vez.

El perro siguió aquí. Con esta su manía estúpida de crear rituales, como si intentara agarrarse a una rutina, como si le fuese esencial creer que había una lógica estructurada protegiéndole del caos. Ahora se ha inventado esta manía de rozarse en la tierra, darse un par de vueltas a mi sillón — le dejo, estoy cansado de pelearme — y tumbarse a mi lado con este gemido seco. Siempre lo hace sobre las nuevas baldosas del suelo. Antes pensaba que lo hacía por el olor a barniz de la madera recién pintada, pero poco a poco percibí que lo hace por un olor más profundo — la nariz es lo único decente en estos animales — , un olor repulsivo de lo que fue su dueña y que ahora no es más que un cuerpo desintegrándose en la humedad de la tierra y en la perversidad del tiempo.


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