Nihilismo estival

El tren en su sentido matinal. Ojos vacíos. Ignorancia social voluntaria. Cabecera en el cementerio. Contradictorios juegos de luz y sombra. Edificios industriales que no producen nada más que abono. Brillo en el medio de los ojos. Pantallas. Ostracismo. Nihilismo.

Hay una inmensa cantidad de eventos y que le dan forma al presente y que delimitan las decisiones que nos definen.

Mis manos están sobre el volante del pedazo de fierro y engranajes que me lleva a casa y transpiran. Con su humedad incrementan lo hostil del clima que ya espeja el asfalto en el que me muevo. La avenida San Martín esta lo más fantasmagórica que podrá ser en el continuo infinito que llamamos realidad, y esto me permite ver a una ambulancia casi sin escucharla antes. Este preciado unicornio de las experiencias urbanas en las que casi siempre escuchamos primero lo que el telón de los otros nos impide ver, se acerca desafiante en dirección contraria, temerariamente zigzagueante.

Cuando la cercanía es inminente un raro impulso se adueña de mí. Algo parecido a lo que se siente cuando en el cruce peatonal, a la vera de los bólidos, nos hace imaginar qué pasaría si apenas diéramos un paso hacia adelante o similar también a la tentación de experimentar el final del ser ante el paso del tren cercano. Segundos antes de que la ambulancia deje de ser importante en mi historia decido darle el protagónico y giro el volante en su dirección. Estoy consciente de que esto contradice tanto el reflejo de conservación de la vida que todos los mamíferos tenemos, como la teoría de la imposibilidad de moverse en la cercanía de la muerte, pero el volante de todas formas me lleva hacia mí no tan pensado final.

El suicida oportunista es la mediocridad aplicada a la muerte.

Cada protón, electrón y neutrón de mi ser espera el golpe, lo que convierte a la decepción que siento al ser esquivado por mi destino buscado en un sentimiento experimentado a nivel sub-atómico.