Recordar es vivir
No recordamos días, recordamos momentos (C. Pavese)
Vivimos inmersos en la tiranía del tiempo y su eterno flujo. A veces sentimos la corriente que se mueve con nosotros, o mejor dicho, nosotros con ella. Otras veces nos olvidamos que está ahí, hasta que un cumpleaños nos lo recuerda. No se detiene nunca y nos lleva a todos con ella.
Nuestra vida se va tejiendo con una serie de momentos que se entrelazan formando nuestras memorias, momentos que están anclados cada uno en su lugar y tiempo, como marcadores en un libro que se engrosa cada día más.
Tendemos a pensar que los recuerdos están de alguna manera “muertos”, que ya pasaron y quedaron congelados en ese pasado cruel que no nos deja escoger, sólo observar. No podemos aferrarnos a nada ni a nadie, porque esa corriente inexorable termina llevándoselos. Sabemos que no podemos nadar contra la corriente y atesoramos los recuerdos como un memorial de lo que alguna vez estuvo ahí. Sin excepciones, al final tenemos que aprender a dejar ir, continuar nuestro camino y descubrir nuevas cosas.
¿Pero es posible invertir la ecuación y hacerle trampa al tiempo?
Hay imágenes de nuestro pasado que a veces logran luchar contra corriente, pelean por seguir “vivas” y pueden salir de ese pasado para saltar a nuestro presente. No son recuerdos cualesquiera pero pueden suceder en cualquier momento, en cualquier situación.
Miras a alguien al otro lado de la habitación, alguien que conoces, alguien que ya está más viejo o tiene hijos, quizá lo conocemos por más de 30 años pero a nuestros ojos sigue siendo el mismo de aquel entonces. Encuentras una foto, ves un video, un cuadro, una cara en la multitud, una sensación familiar y sientes que estás de nuevo allí.
El tiempo se detiene por un momento para que crucemos al otro lado y vivamos de nuevo lo que alguna vez fue.
No son solamente los momentos los que recordamos, ni los escenarios o ceremonias, no es el mundo estático que capturamos en una fotografía. Es todo lo invisible, los minutos, todo ese material ordinario que traemos de vuelta y nos sacude venciendo la barrera del tiempo. Por fracciones de segundo nos convertimos en otra versión de nosotros, comprobando que el tiempo no es más que una dimensión que también puede ser cruzada.