Una exposición de rituales funerales

San Agustín — Huila

Por cosas de trabajo resulté en Huila. Terminé el cubrimiento de un evento en Timaná, un pueblito que está en la vía que de Neiva conduce a Pitalito. Huila no había tenido la oportunidad de sorprenderme, pocas cosas habían llamado mi atención porque, insisto, fue un viaje de trabajo, por lo tanto no tuve tiempo de visitar los parques naturales, el desierto, el nevado o las cavernas. Con seguridad alguno de estos lugares sí me habría ‘matado’.

Eso sí, cuando iba en el bus de Neiva a Timaná, en medio del sol radiante de medio día y el bochorno característico que envuelve al río Magdalena, tuve la primera sorpresa: el río nos acompañó durante las tres horas del recorrido.

De Timaná llegué a Pitalito, gracias a la ‘queridura’ de los compañeros de esta zona. Y gracias a esa amabilidad, también resulté en San Agustín… “No te puedes ir de Huila sin visitar el parque arqueológico”, me insistieron, y accedí. Diego, un compañero ejecutivo que viaja por Huila y Caquetá, fue mi guía durante la visita.

El lugar definitivamente tiene magia, te recibe con una energía indescriptible que te maravilla sin ni siquiera haber entrado. También te recibe un señor canoso, de acento opita, un poco serio, que te pregunta la nacionalidad (de esto depende cuánto pagas) y te entrega un cuaderno con hojas amarillentas para anotar los datos. En la que registré mi visita había más firmas de franceses que de colombianos.

A solo unos pocos pasos está la pequeña Casa Museo, que expone 108 piezas entre cerámicas, piezas talladas en piedra y estatuas, dedicadas a exponer rituales funerales de la cultura prehispánica agustiniana.

Luego entras al Bosque de las Estatuas, en el que además de las esculturas te acompañan la fauna y flora. Poco a poco vas subiendo la colina hasta que llegas a “El Lavapatas”, una fuente de agua que pasa sobre piedra esculpida con laberintos y representaciones de serpientes, lagartos y formas humanas. Quedas impactado con la belleza del lugar, con el sonido del agua y la perfección de las figuras sobre las cuales pasa la fuente.

A medida que avanza el camino, y a pesar del cansancio, sientes que te llenas de fuerza porque no te quieres perder lo que hay al final, allá, en el Alto de Lavapatas, donde hay todavía más estatuas y una tumba que, dicen, era un cementerio de niños.

Sientes que se te ponen los pelos de punta (o la piel de gallina) al ver cada tumba, cada estatua, la majestuosidad del Lavapatas… Al recorrer paso a paso los cuatro kilómetros del parque y sentir el soplido de viento frío que evoca la vida y muerte de nuestros antepasados.

Este parque arqueológico es considerado la necrópolis más grande del continente y fue declarado Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Lo recorres en aproximadamente cinco horas. En el Alto puedes descansar mientras disfrutas las diferentes tonalidades de azul y blanco que reposan sobre el verde del cañón de ese mismo río que me sorprendió al llegar a Huila.