El cuento no ha muerto

Por Raúl Guerrero Bustamante

El género más antiguo de la literatura es el cuento, eso de contar historias es lo más connotado al ser social y es quizá el hecho que plantea la necesidad de crear el lenguaje hablado y luego el escrito en los tiempos más arcaicos, porque el cuento es en principio ágrafo: no tiene que haber sido escrito, surge del el ansia de expresar qué sucedió y cómo sucedió. Tal vez las mejores narradoras de cuentos son las mujeres, tristemente esto no se refleja en la cantidad libros publicados por ellas. Aunque es un personaje: Scheherezade y “Las mil y una noches” logran mostrar a una bella narradora como han existido muchas ingeniosas contadoras de historias, alguien que ante la muerte inminente que el despiadado rey le va a suministrar por su rencor hacia las mujeres, ella sabe seducir al sultán Shahriar con las maravillosas historias de los mitos persas. La consolidación de la literatura escrita nos trae grandes cuentistas, incluso algunos que no se dejan llevar por la preferencia del público hacia las novelas y su capacidad analítica, ellos forjan el gusto por las micro historias y su capacidad sintética, o como diría Cortázar “la síntesis centrada de lo significativo de la historia”, “la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out”, también dicho por Cortázar. Del cuento, los grandes maestros son Edgar Allan Poe, Anton Chéjov, Julio Cortázar o Guy de Maupassant, en México tenemos a sus congéneres en Juan Rulfo, Juan José Arreola, Heraclio Zepeda o en Beatriz Escalante. Pero, por qué a pesar de que el cuento es tan esencial, hoy parece algo del pasado, algo que quizá ya no es de recrearse, aun cuando la realidad nos dota de emociones y nuevas historias, quizá se lee menos y el cuento es damnificado como el propio consumo cultural de libros. En todo lo que se va perdiendo, siempre hay una resistencia, por más sutil que sea, una de ellas está en Israel en donde un joven cuentista de casi cincuenta años publica nuevas historias, cercanas a su realidad, a su vida, con la más lúcida imaginación. Se llama Etgar Keret y escribe en hebreo, aunque sus traducciones llegan a muchos sitios sin exentar a México en donde Keret ha sido la sensación entre los jóvenes lectores por sus cuentos ágiles y breves, en donde de la seriedad de lo verídico hay saltos a la más bizarra fantasía: en sus historias puede haber una pareja amorosa cuyo secreto es que la novia se transforma en un gordito pendenciero cuando anochece, o un niño que es obligado a ahorrar monedas en un cerdito de cerámica con el cual se encariña y se niega a romperlo pues éste ha cobrado vida. Keret ha vivido muchas cosas que sin duda marcan su sensibilidad como narrador: es el tercer hijo de una pareja sobreviviente al Holocausto, guarda experiencias de su servicio militar en donde conoció el drama de los refugiados palestinos, Keret es también cineasta, con lo cual su capacidad como escritor se fortalece y a la vez se dificulta. Con escritores como Etgar vale la pena pensar que el cuento está en resistencia y la realidad sigue dando elementos y escritores que le hallan el modo todavía.
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