Rubén Bonifaz Nuño
Por: Raúl Guerrero Bustamante
Grande entre los grandes fue don Rubén, un clásico vivo, falleció hace un año, el fatídico 31 de enero de 2013 en que la Ciudad de México escupía sangre de nuevo cuando la torre de Pemex inexplicablemente estalló. Cualquiera que se acerque a la obra poética de Bonifaz Nuño podría sentir que es dúctil, entrañable, sentida tanto para el amor como para el desamor. El que hace poesía por definición debe ser un humanista, es árbitro de sentimientos y eso se vuelve el adjetivo más elemental del poeta. Todos conocemos la trayectoria bien ganada de Jaime Sabines, muchos saben que Octavio Paz es el único Premio Nobel de Literatura mexicano; se valora mejor la obra de José Emilio Pacheco, en fin, muchos hombres de letras mexicanos, pero tristemente nos hemos olvidado de alguien que no solamente fue un buen poeta, también fue un estupendo traductor de los Clásicos griegos y latinos, fue fundador del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, -él decía que la UNAM es el centro de México- y magistrales cátedras, fue un amoroso de la vida, a pesar de la ceguera y muchos dolores físicos de su vejez, y un hombre que amó infinitamente a México, sobre todo por la dimensión de su cultura prehispánica. No existen las fórmulas, pero tal parece que no se puede ser poeta sin haber vivido en la pobreza material, en la desesperación como fue su infancia en Córdoba, Veracruz o en sus últimos días por las dolencias físicas. Rubén Bonifaz también nos demuestra que con amor y voluntad se emprenden grandes tareas, y más si la lucha es por la cultura. Otra cosa que no hay que olvidar es su sentido del humor y otros detalles magníficos, como la vez en que, enamorado, don Rubén escribió un poemario a la actriz Lucía Méndez.
Díganme lectores si no se prenden nuestras neuronas espejo cuando leemos versos amorosos como:
Hasta en mi contra, estoy de parte tuya:
Soy tu aliado mejor cuando me hieres.
O en este poema que es el primero que recordé aquella noche que me enteré de su partida:
Tú das la vista a mis pupilas ciegas
y a mi voz la ternura que te nombra;
amor, cuánta amargura, cuánta sombra
se destruye en la luz en que me anegas.