Tregua de Navidad

Raúl Guerrero Bustamante

Lo siguiente que quiero decir, más que enmarcarlo en la temporada navideña, es preciso sacarlo de ella, por ello lo comunico en enero, para pensarlo a posteriori, creo que es mejor, cuando ya transitó la temporada en donde la propia época nos aturde con celebraciones, monetarismo y desenfoques del real sentido de la Navidad, o en donde, como dice Marcelino Perelló, ahora le llamamos “maratón Guadalupe-Reyes”, sin darnos cuenta que esto puede ser el colmo de la blasfemia o de la trivialización para quienes tengan o no tengan una confesión cristiana. La Navidad es en el mundo occidental es la celebración del nacimiento del Mesías, su natividad, mas también hay que intuir otros sentidos espirituales inherentes al ser humano, no hay que olvidar que también es el inicio del invierno, es el momento solsticial, así el 24 de diciembre tiene curiosa simetría con el 24 de junio con su Noche de San Juan que se da luego del 21 en que llega el verano. Este momento es para los países nórdicos el recuerdo del paganismo, que al ser anterior a Cristo parece arcaico, el cual adquirió sentido religioso en esos momentos en que existe la oscuridad y el miedo, hay frío y nieve, no hay mucho verdor, ni animales para cazar; pero los seres encuentran la solidaridad, saben que el miedo se contagia pero también se puede luchar en conjunto y contagiar buen ánimo, he ahí el sentido de la celebración de una noche oscura del 24 de diciembre en donde el abeto (que aquí consideramos pino navideño), es el único árbol que en medio de la nieve y el invierno, aún está verde y no ha perdido su follaje, por ende se ilumina con velas y se vuelve foco de atención y veneración, es el estandarte de lucha pro esperanza que une a la gente contra el mal, sin duda esto se vuelve parte del sistema de creencias que conocemos como cristianismo cuando los momentos y los motivos se parecen tanto a la esperanza con la llegada del Mesías. Jeremy Rifkin, notable pensador norteamericano, en su libro “La civilización empática” (Editorial Paidós, 2010) narra un momento de epopeya, de guerra, pero no de algo violento sino lo contrario, sucede en Flandes el 24 de diciembre de 1914, en esa red de trincheras de la Primera Guerra Mundial, miles de soldados estaban agazapados, el aire glacial entumecía los cuerpos, las trincheras estaban anegadas y abundaban las ratas; por falta de letrinas reinaba el hedor y los hombres dormían de pie ante el fango, porquería y cadáveres. Cuando caía la noche, acontece algo extraordinario: los soldados alemanes prendían velas en miles de pequeños árboles de Navidad que les habían enviado al frente para alzarles la moral, luego comenzaron a cantar villancicos, primero “Noche de paz” y le siguieron otros dulces cantos germanos. Los soldados ingleses escuchaban atónitos, no les quedó otra que aplaudir, no sin cierto reparo al principio y después con entusiasmo, igualmente cantaron villancicos a sus “enemigos” alemanes, quienes respondieron con el mismo fervor y se comienza a tejer una insólita tregua. Momentos después todos se daban la mano, compartían comida, cigarrillos y se mostraban fotos de la familia, hubo partidos de futbol entre ambos bandos, conversaban de navidades pasadas, bromeaban acerca del absurdo de la guerra y muchos se dedicaron a sepultar a sus camaradas muertos. Rifking explica este momento como un clímax en donde se da la empatía, en donde el odio cede ante una ansiedad de fraternidad, el momento histórico desafía a las explicaciones de Hegel en donde la historia parece la patología del poder y más bien se construye de episodios humanos. La Navidad recuperó su sentido en donde cómo dice Borges, no los unía el amor sino el espanto, los hombres con su empatía natural demostraron que eran “humanos”.

Like what you read? Give Niño sin amor a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.