Habichuelas: jugando también se aprende

Mientras Bettina Asaravicius le coloca pegamento a las patitas de las vacas imantadas para uno de los juegos, Manuela Morales decora una caja de madera de otro juego didáctico. Hablan, se ríen, disfrutan de su trabajo. En eso, llega un nuevo cliente a su tienda en 20 de setiembre 1453. Betina deja lo que está haciendo y lo atiende con una dedicación especial. Le explica como se juega uno a uno cada juego de los que disponen y le comenta que también cuentan con un página web (habichuelas.com.uy) donde puede encontrar el catálago y videos instructivos. “La gente viene y se enrosca jugando, ¡es buenísimo!”, dice Bettina a las risas.

El local tiene un encanto único. Mezcla lo comercial de una juguetería con la magia de un taller artesanal. De un lado de la tienda diseñan y aprontan los juegos, del otro lado, los venden. Y no hay pared que divida una parte de la otra.

Pero antes de que los pegotines, las cajas, las cartas y las maderas sean ensambladas por las dueñas para construir el producto final, hubo todo un proceso previo. Ellas toman la idea de algún juego que conocieron en otra parte del mundo o desarrollan una idea propia. Luego, lo rediseñan para que tengan un fin didáctico. Después es el turno del diseñador, uruguayo. Mandan a hacer las cajas a una fábrica uruguaya. Las latas (donde se ubican algunos juegos) a otra fábrica uruguaya. Y las cartas y otros elementos que llevan los juegos, los hacen en una imprenta también uruguaya. Cada paso en la producción tiene sello oriental. Eso hace especial a la empresa. Todo es Made in Uruguay.

Habichuelas nació hace once años. Bettina era una maestra de Educación Inicial que recién había vuelto de Brasil y Manuela trabajaba como mecánica dental en un consultorio en pleno Montevideo. Las dos tenían la misma pasión por los juegos didácticos y las manualidades, pero tenían un inconveniente: no se conocían. Una amiga en común las juntó en un café y ahí se dieron cuenta de que tenían un mismo proyecto en mente. Lanzaron sus primeros productos y lo probaron entre amigos. Pero no quedaron ahí, fueron hasta la juguetería Di Giorgi (cerrada actualmente) para presentarle a la dueña sus tres juegos recién estrenados.
Allí fueron bien recibidas por Elena, la propietaria, que les indicó las fortalezas y debilidades de sus juegos y las animó a continuar. “¡Nada de puntas en los juegos!” recuerda Manuela que fue lo primero que les dijo Elena, advirtiéndoles del peligro de las esquinas puntiagudas para los niños.
Luego consiguieron un local cerca del consultorio de Manuela y allí comenzaron la aventura. El perfeccionamiento y la creación de más juegos, fueron con el tiempo consolidando a la empresa 100% uruguaya. Pero la clave de su éxito fue la transmisión de unos a otros sobre los juegos, el local y su impronta. “La mejor propaganda es el boca a boca”, afirma Bettina.
Hoy en día tienen 11 juegos diferentes: El Bandido, Escondi2, Totem, Tach, Atenti, ChiviChef, Erizo, Maxi, Tuke, Turismo en Apuros y Juego de la Pesca. Todos los juegos son pensados con un fin didáctico, donde ciertas habilidades mentales se ponen en práctica. Percepción visual, memoria, coordinación viso-motora, concentración, agilidad, rapidez mental, discriminación visual y hasta nociones matemáticas se ejercitan cuando uno se divierte con cualquiera de los productos de Habichuelas.

Bettina y Manuela siempre tienen contacto con pedagogas, psicólogas y maestras, que van seguido al local para darles devoluciones de los juegos y para comentarles de otros juegos didácticos que conocen. Pero la semana pasada tuvieron una visita que las sorprendió: “Vino una matemática que es profesora de ingeniería de la facultad y nos contó que utiliza el Escondi2 para toda una clase”, cuenta Manuela. “¡Basa toda una clase con las combinaciones matemáticas del juego!”, reafirma.
Cada año intentan largar juegos nuevos. El año pasado crearon dos, pero hasta ahora, el 2018 no trajo ningún producto de Habichuelas consigo. “Ideas nunca faltan”, dice Bettina. “El tema es que en este país no hay mucho material y no hay fábricas”, agrega Manuela. Y ponen como ejemplo una traba que tienen en estos momentos: es difícil conseguir dados fabricados en Uruguay. Tienen uno con ellas en el taller, de prueba. Es de madera, hecho por un artesano. Cada dado les costaría $100 y necesitarían seis por cada juego. Inviable económicamente.
El costo de producir todo en estas tierras es alto, “pero nosotras seguimos apostando a la mano de obra uruguaya”, dice Bettina.
Pero la producción oriental no es a lo único a lo que le ponen todas las fichas: “Hay que seguir apostando a que la gente juegue, se divierta y sea más feliz”.
