Del silencio a la palabra

Tres entradas recientes en reconocidos blogs de enfermería cuestionan una idílica imagen de la profesión: creo que es muy sano


Quienes siguen mis intervenciones y aportaciones públicas, creo que habrán oído o leído más de una vez mi irónica observación acerca de que lo que más trasciende al exterior cuando se escucha (o lee) a enfermeras hablando (o escribiendo) es una jerga de “enfermeras hablando a enfermeras sobre lo magníficas que son las enfermeras”. Incluso cuando se dirigen al “público”, la tendencia natural es utilizar esa misma jerga parroquial auto-reivindicativa, esta vez con un punto de amarga lamentación por lo que tantas enfermeras juzgan como una dolorosa falta de reconocimiento de la inapreciable aportación sanitaria y social de las enfermeras y de su profesión.

Contrasta esto, también entre las enfermeras, con un autofustigamiento recurrente -un tanto neurótico, si se me permite- en los foros más privados, del estilo “de lo que nos pasa, las principales culpables somos nosotras”, “nosotras somos nuestras principales enemigas”, etc. Naturalmente, algo (o bastante) de verdad hay en ello.

Pero el problema es que, por lo general, “culpa” no se refiere a cosas que las enfermeras pudieran estar haciendo mal en su desempeño profesional, sino: a) a lo mal que se vende lo mucho que se hace bien; b) a lo poco que apoyan unas enfermeras cuando se trata de vender lo que otras enfermeras hacen bien; c) a la falta de cohesión interna y el gran pasotismo de una bases profesionales desmotivadas y desencantadas.

Esto no es privativo de las enfermeras españolas, ni mucho menos; a la admirada enfermería británica le ha estallado entre las manos, tras tantos años de autocomplacencia y autoventa por parte de sus élites, una grave crisis pública y política que ha puesto de manifiesto los terribles vicios de comportamiento profesional que se han ido consolidando entre el común de las enfermeras asistenciales, algo que se ha denominado “la crisis de los cuidados” y que ha dado lugar a un buen número de informes e investigaciones, frente a los cuales es difícil -si no imposible- negar que las prácticas profesionales de decenas de miles de enfermeras se han ido degradando ante la mirada impasible de las élites y líderes corporativos y asistenciales, afectando gravemente, no solo a la credibilidad de la profesión, sino también a lo que suele calificarse como la verdadera esencia de la Enfermería: ¡las genuinas señas de identidad heredadas de Florence Nightingale!

Ese dicurso, falsamente autocrítico -con lo bien que lo hacemos, hay que ver lo mal que lo vendemos y lo poco que nos apoyamos-, es muy dañino y absolutamente corporativista: pero ¡corporativismo, del malo!

Y esta cultura sigue estando muy en vigor en nuestro entorno profesional, probablemente como un elemento defensivo de una profesión ciertamente maltratada y menospreciada, tratada con arrogancia por unos estamentos políticos, gestores y profesionales (médicos) que no están precisamente para tirar cohetes. Eso, además, ante la más absoluta indiferencia (fariseos kikirikeos de acomplejados gallitos de corral incluidos) de unas élites corporativas enfermeras que no entienden que les correspondería una responsabilidad pedagógica que, claro… debería empezar por ellas mismas… predicando con el ejemplo… Y el ejemplo que dan… digamos que tampoco es como para tirar cohetes. Un escenario ideal de la muerte, la verdad.

En este panorama tan poco alentador, resulta sorprendente que en apenas un mes (y encima, navideño) tres de los más reconocidos blogs enfermeros hayan puesto, valientemente, sobre la mesa algunas sombras que contraponer a tantas luces. Los tres, además, se basan en experiencias personales, la primera como profesional, la segunda como paciente, la tercera como familiar.

Comenzó Andoni Carrión el 10 de diciembre, en La Comisión Gestora, con una entrada elocuentemente titulada Donde no hay sangre, no hay morcilla, en la que cuenta (perdón por la parte de autocita, juro que es inevitable):

Después de disfrutar con interés de la conferencia que Juan F. Hernández Yañez dió a estudiantes de grado, de leer con fruición, y no menos interés, el debate que había generado el post: “las peleicas” entre médicas y enfermeros” (el inigualable Serafín juega hasta con los sexos) y sus 96 comentarios sobre algo más frecuente de lo que muchos creen, o de ver como la gente se moja en una iniciativa como #cuidadosybits, va uno, levanta una sábana para valorar a un paciente recién ingresado y se encuentra esto:
Imagen by La Comisión Gestora TM

Y concluía Andoni: ¿Cómo podemos hablar de liderazgo, de gestión, de evidencias, de cargas, de otras mil cosas si lo más mundano, lo más normal de nuestro trabajo no lo hacemos bien? ¿Cómo podemos seguir debatiendo sobre el Sexo de los Ángeles a la vez que no hacemos las cosas bien?

Le siguió (2 de enero) una entrada invitada en el blog Nuestra Enfermería, a cargo de Meritxell Sastre, titulada Recuperar nuestra esencia enfermera, en la que la autora realiza un conmovedor relato sobre su experiencia personal durante un episodio de hospitalización. En él describe los numerosos ejemplos de falta de profesionalidad (o traición a la esencia enfermera) a los que asistió en apenas unos días y que resume en párrafos como estos, a modo de verdadero diario personal:

Lo que más marcó mis reflexiones es la ausencia de individualidad de los cuidados. Sólo una enfermera de noche se presentó con su nombre y me ofreció sus cuidados de forma incondicional durante su turno. ¿Quién me atendía?
Creo que el dolor, agudo o crónico, es uno de los diagnósticos de enfermería más trabajados por las enfermeras. Nos gusta reflejar en nuestras magníficas ponencias y congresos, la importancia del manejo del dolor por parte de la enfermera. En mis siete días de ingreso hospitalario apenas una enfermera preguntó y evaluó sobre mi dolor. Tuve que pedir cada analgesia extra que necesité. Y eso, en el 2014, las enfermeras no deberíamos permitirlo.
Y sigo sola… Estoy aquí y pasan turnos que sólo entran a administrarme la medicación sin más, eso sí, a la hora que toca y de la mejor manera. Pero noto un importante déficit de información y sobre todo calor humano.
Y la historia se repite de nuevo: déficit de información y ausencia de una alta de enfermería donde se reflejen los cuidados que he recibido. Ninguna educación sanitaria ni nada parecido. Como si no hubiera pasado nada, salvo que mi cuerpo aún recuerda perfectamente cada segundo del proceso.

Y esta pequeña, ¿pero quizás significativa?, serie se completa hace apenas tres días en el blog Gestión de Enfermería, cuya temática me pilla un poco más lejana (la gestión no es precisamente lo mío), pero que me consta que está teniendo un positivo impacto en la blogosfera enfermera. El autor (del blog y de la entrada), Alberto González García, nos narra un tanto desolado (y después de dudar si sería “conveniente” hacerlo) su propia experiencia, esta vez como acompañante, en un nuevo episodio de hospitalización. La entrada se titula Visibilidad de los cuidados enfermeros y nos cuenta cosas como estas:

El primer contacto de un usuario con el sistema no debe producirse nunca en un pasillo donde, en este caso, no habia otros pacientes o familiares, pero sí otras personas no implicadas ni en la actividad terapéutica, ni en la actividad del cuidado enfermero. Esto nos hace perder valor, al someter al paciente al estrés de contar “su vida” en medio de la nada, de un medio desconocido.
“Tengo frío”. “No pasa nada, voy a buscarte una manta” (...) “Señoritas, por favor, ¿alguna de ustedes puede darme una manta?” Contestación de una de las, al menos (fueron las que vi sentadas en el control de enfermería) siete miembros del equipo de enfermería de la unidad: “Vaya a la habitación y toque el timbre!!!.” ………Es verdad………..!!! tengo que tocar el timbre, disculpen estoy un poco nervioso……. ##Timbre## ……… “Señorita, por favor, podría traernos una manta (soy el de antes)” ………contestación…….. “Vale!!”. 5-10-15 minutos y se escucha una voz (por ser fino……….porque se escuchó un grito de alguien muy, muy enfadado/a) a través del altavoz de la habitación, “¿Quieren ustedes dejar de tocar el timbre?” Acercándome al altavoz, respondí: “señorita, aquí nadie tocó el timbre”. Contestación: “…………Ya!!”.
Todo estupendo y maravilloso hasta un momento en la tarde donde un acompañante de la “vecina” de cama le decía a una visita: “Bueno si no sabes dónde está, pregunta en el control a ver si hay alguna enfermera maja y te lo quiere decir”. La enfermera maja, ya salió nuestro personal branding,

Etcétera… todo del mismo tenor. Esta coincidencia en el tiempo, ¿es solo eso, coincidencia? ¿O representa un hartazgo frente al silencio enfermeramente correcto, un incipiente cambio cultural que está permitiendo a las enfermeras criticar las prácticas profesionales de otras enfermeras? Personalmente, me parece muy sano, sanísimo. Y muy necesario.

Para ilustrarlo, una larga cita de Carol Gilligan que me estremeció cuando la leí. Y, aunque se trata de una enfermera hablando a enfermeras, ¿a que nadie diría que habla de/a enfermeras? O sí…

Personalmente, creo que este tipo de voces son muy importantes y deberían ser las más valoradas, porque son las que mejor ayudan a entender los problemas internos de fondo de la profesión: hay muchas enfermeras que, al margen de las condiciones laborales y ambientales (reales, bastantes; meras coartadas, otras muchas), no cumplen con sus obligaciones y no ejercen con la debida profesionalidad. No es un problema de esencia, sino de decencia profesional. Y quienes tratan con ellas (pacientes, familias, médicos, directivos) lo saben bien y, por ello, están lastrando la imagen social y el potencial de progreso de la Profesión Enfermera.

Y cuando hablo de voces, no me refiero (solo, ni fundamentalmente) a Carol. Más bien a Andoni, Meritxell y Alberto. Y a otras que, de momento, guardo en el tintero.

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