EL MIEDO A GANAR

Cuento de Ernesto Murguía

Faltaban dos vueltas para terminar la carrera cuando vio a la araña. «Concéntrate en la pista», fue la orden mental, «concéntrate y no te preocupes por tonterías». Pero no era una tontería, era una maldita tarántula. Pequeña, cierto, apenas un remedo de la criatura negra que se le aparecía en sueños y amenazaba con tragarlo vivo. Aun así, Alberto Quiroga sintió que sus músculos, exhaustos tras noventa minutos de esfuerzo, se tensaban de miedo.

Concéntrate, carajo.

Apenas recompuso a tiempo, justo cuando la curva peraltada, la más peligrosa del circuito, se le venía encima. Bastaba un error para que el auto terminara hecho pedazos, tal como le pasó a Ricardo Rodríguez unos años atrás. O a Santiago Peredo, compañero de Alberto en el equipo Ford-Santa María. Su vehículo se incendió tras la volcadura; los paramédicos de la Cruz Roja tardaron una hora en sacar el cuerpo.

El Lotus resbaló la peraltada sin peligro y se enfiló hacia la recta principal. Al borde de la pista, miles de fanáticos levantaron los brazos en señal de apoyo. Esas personas no deberían estar allí, amontonadas junto al paso de los bólidos, sino en la tribuna del autódromo. El ejército iba a cuidar el orden: ni un militar se presentó y el público aprovechó la falta de vigilancia para brincarse a la pista. Entre los conductores se planteó la posibilidad de cancelar la carrera. ¿Después cómo iban a salir? ¿Qué iba a pasar con los autos? Hasta Jackie Stewart, el «señor seguridad» de la Fórmula 1, reconoció que la masa enfurecida no iba a tolerar un desaire. Además era el último premio del año, la carrera donde saldría el ganador del Campeonato Mundial 1970. Ningún competidor, menos alguien del calibre de Stewart, iba a quedarse con la incertidumbre de saber quién se llevaría el trofeo.

Alberto aprovechó la recta para echar un vistazo a la araña. El vientre peludo, las patas adheridas al tablero, negras y retorcidas como cables chamuscados. Imposible que el insecto se mantuviera allí cuando el viento en la cabina se colaba a doscientos kilómetros por hora. Pero una carrera de Fórmula 1 se encontraba llena de imposibilidades, todos lo sabían. Un bache mal rellenado, un poco de aceite a la entrada de una curva, una falla del motor; incluso un perro a media pista, como le sucedió al mismo Jackie Stewart unas vueltas atrás: un callejero salió de la nada y se le cruzó a media pista. El monoplaza del inglés quedó averiado, el perro se desintegró por el impacto. Adiós título, adiós Campeonato Mundial.

El juez de meta levantó su bandera para indicar la última vuelta. El Lotus de Alberto dejó atrás a los fanáticos y fue en busca del puntero, el suizo Clay Regazzoni. Ni la tarántula ni la pista ni los demás pilotos. Nadie iba a impedirle ganar. Era la misma sensación que experimentó cuando se llevó el Gran Premio de Puebla conduciendo para el Gordo Villegas. El empresario era bien conocido en el Súper Servicio Becerra, el taller mecánico donde trabajaba Alberto. Aparte de cuidar obsesivamente su flotilla de automóviles (el orgullo del Gordo era un Porsche 550 Spyder, plata, impecable, igualito al de James Dean), Villegas tenía la costumbre de tirar el encendedor del auto por la ventana, como si fuera un cerillo, cada vez que encendía un puro. En vez de cuestionar este hábito, el dueño del taller consiguió un proveedor en San Antonio. Le enviaba una remesa mensual, lista en caso de que su mejor cliente se apareciera de improviso.

— Me dicen que eres bueno corriendo — comentó el Gordo de pasada, mientras aguardaba su provisión.

— Más o menos.

— ¿Más o menos sí o más o menos no?

— Más o menos sí, señor Villegas.

— Puedes llamarme Gordo. Todos me dicen así.

— Sí, señor Villegas.

El Gordo sonrió. Para entonces, Alberto se había hecho fama como el mejor piloto de la región corriendo go-karts en el Circuito Héroes. El Grasiento, lo apodaban el resto de los conductores, todos provenientes de las familias más adineradas del Bajío.

— Hay una carrera en Puebla, ¿te gustaría manejar el Porsche?

— ¿De verdad?

— El Spyder está listo. Porque está listo, ¿cierto?

— Sí, señor. Yo mismo le revisé las válvulas.

— ¿Te interesa?

A partir de ahí siguieron muchos triunfos: Pachuca, Celaya, el premio Atlas de Guadalajara, el circuito Monterrey, la gira con el North American Racing Team. Alberto ganó experiencia, sobre todo aprendió a tomar decisiones. La creencia popular era que los corredores necesitaban reflejos de rayo para conducir y en muchos casos resultaba cierto. También hacía falta una estrategia, mantener la calma, esperar el momento exacto para el ataque. Con el Gordo aprendió que conducir a máxima velocidad no era cosa de acelerones impulsivos, sino de mantener en cada segundo una concentración a prueba de errores y distracciones. A prueba de arañas.

La tarántula avanzaba sobre el tablero con patas dislocadas, cada vez más cerca. Y había crecido. El maldito insecto semejaba un guante oscuro, una mano calcinada sobresaliendo de un amasijo de hierro.

Traes el traje, no puede hacerte nada.

Pero las tarántulas tenían colmillos, colmillos afilados llenos de veneno. Eso fue lo que pasó con Santiago Peredo. Los fanáticos y medios especializados especularon si su accidente fue una falla en la máquina o un error de conducción. Alberto sabía la verdad. Cuando se asomó para observar los restos de la cabina, atisbó entre los fierros la sombra de una tarántula. La visión duró un segundo, el insecto se perdió entre los pliegues achicharrados del vehículo. A partir de esa noche comenzaron las pesadillas.

El piloto mexicano se obligó a controlar los nervios y acometió la «S del Lago», su zona preferida de la pista. Puede que Regazzoni viviera su mejor temporada en Fórmula 1, con el triunfo en la Ciudad de México amarraba el campeonato mundial. Alberto, por su parte, tenía la ventaja de la localía. El autódromo era su casa, conocía a la perfección cada centímetro, cada irregularidad en el asfalto; sabía dónde frenar, dónde pisarle, dónde cortar cada curva para arrebatarle décimas al cronómetro. Esos instantes, sumados a lo largo de la competencia, lo habían mantenido en la pelea cuando los principales favoritos (Emerson Fittipaldi, Graham Hill, Denny Hulme) se hallaban lejos de cualquier posibilidad de triunfo.

— Algún día voy a ganar aquí, mamá.

— Lo sé, hijo. ¿Me vas a dedicar la carrera?

— Te voy a dedicar todas mis carreras.

En un año manejó más de veinte autos distintos y ganó veintitrés de veintiocho competencias. En la Can-Am de 1968 le dieron un motor V6 a 65° cuando el resto de los pilotos contaban con motores nuevos a 120°. Alberto terminó en primer lugar. A la salida condujo de vuelta a León, donde su madre convalecía desahuciada en el piso de Oncología del hospital Aranda de la Parra, para compartir su victoria. Porque fue ella quien le inculcó desde niño el gusto por el volante. Cada que podía, Conchita Lozano se inventaba algún pretexto para tomar carretera e ir de visita con los parientes de la capital. Su pasión era conducir. Conducir rápido. Durante su estancia en la Ciudad de México, ella y el pequeño Beto aprovechaban para ir juntos al autódromo y ver a Moisés Solana, a Alfredo van Beuren, a Pedro y Ricardo Rodríguez.

Alberto arremetió contra Regazzoni en busca del primer lugar. El suizo intuyó el movimiento y le bloqueó el paso. El mexicano lo buscó de nuevo, esta vez sobre el piano: el cordón rayado de cemento que delimitaba la curva. El puntero volvió a cerrarse.

Calma, ya lo tienes. Corta suavecito, espera tu chance. Conoces estas curvas mejor que nadie, conoces esta pista mejor que nadie.

Tenía razón. El Ferrari se pasó a la salida de la última S y le ofreció un hueco. Una vez que lograra sobreponerse al puntero, la victoria se encontraba segura. Imposible que el suizo intentara superarlo en la curva peraltada. En ocho años, desde que Adolfo López Mateos inauguró en 1962 el primer Gran Premio de México, no se había registrado un solo rebase en ese tramo de la pista. La peraltada formaba parte de la mitología de la Fórmula 1, una bestia negra comparable con el carrusel de Nürburgring o la parabólica de Monza.

Alberto cambió de velocidad y se lanzó por el triunfo.

La tarántula le saltó encima.

El piloto titubeó y por poco se sale de la pista. Aunque logró enderezar el vehículo, había desperdiciado su última oportunidad.

Regrésate al taller, pinche grasiento.

Tenía a la tarántula pegada al cuerpo. No podía verla pero la sentía, las patas atenazadas sobre el pecho. Alberto sintió ganas de gritar, de orillar el vehículo y largarse corriendo de vuelta a Guanajuato. Nadie iba a extrañarlo. Hasta el momento, su carrera en el máximo circuito se caracterizaba por actuaciones destacadas, nunca memorables. Sextos, quintos lugares. Jamás un triunfo. Jamás la sensación de saberse el mejor, de callarles la boca a esos estúpidos ricachones del Circuito Héroes. Daba igual que sus estadísticas como novato fueran envidiables y que Tony Menchaca, en su programa de radio, se refiriera a él como «la más joven esperanza del automovilismo mexicano». Alberto ni siquiera tenía asegurado un sitio en el equipo Lotus para la próxima temporada. ¿Pensaría Colin Chapman, el dueño de la escudería, que el mexicano había hecho lo suficiente para merecer un lugar entre sus pilotos? ¿O se daría cuenta de que se rajó a la hora buena cuando tenía todo para ganar?

Furioso consigo mismo, Alberto cambió de cuarta a segunda y aceleró hasta el fondo en un intento desesperado por remontar la carrera. El corazón oscuro de la araña seguía palpitando contra el suyo, no le importó. El Lotus rugió de agonía, resbaló la peraltada a ciento noventa kilómetros por hora, una velocidad suicida. Alberto vio el reflejo del vehículo en la superficie acerada de la barda de contención. El autódromo desapareció y el mexicano se sintió transportado a una dimensión invisible, reservada para esa casta especial de corredores dispuestos a acelerar cuando el resto de los pilotos frenaban cautelosos. Bob McIntyre, Lorenzo Bandini, Mike Spence, Ludovico Scarfiotti, Bruce McLaren, Jim Clark y, por supuesto, Santiago Peredo, su mejor amigo. Seres humanos dispuestos a morir quemados o aplastados, perder las manos, los brazos, las piernas, quedar paralíticos, tuertos, desfigurados, locos jugándoselo todo con tal de cruzar la maldita bandera a cuadros en primer sitio.

Voy a ganar, mamá.

Las llantas se aferraron a la pista, el chasis se sobrepuso a la inercia y el Lotus terminó apropiándose del espacio reservado para el monoplaza de Regazzoni. Al suizo no le quedó otra que disminuir la velocidad y cederle el paso. A través del espejo retrovisor, Alberto vio al campeón del mundo morder el polvo.

La ovación del público se elevó sobre el rugido del motor cuando el mexicano salió de la peraltada en primer lugar de la competencia. Ebrio de arrogancia, Alberto arrancó a la tarántula de su pecho y la aplastó entre sus dedos. El caparazón soltó un crujido, sangre negra como aceite quemado salpicó el volante. Al final de la recta lo esperaba la línea de meta, titulares en todos los periódicos, el presidente Díaz Ordaz felicitándolo por ser el primer mexicano en ganar un premio de Fórmula 1. Adiós a las burlas en el Circuito Héroes. Nunca volvería a sentirse menos, nunca volvería a dudar.

Entonces sintió una picadura.

Las patas rotas del insecto se cerraron como grilletes en torno a su antebrazo, los colmillos traspasaron el traje y calaron su carne hasta el hueso. La corriente ponzoñosa fue un relámpago de dolor que le paralizó el costado.

Alberto soltó el volante e intentó quitarse a la tarántula de encima. Descubrió su cuerpo infestado, decenas de arañas atiborraban la diminuta cabina. Reptaban sobre su abdomen, sobre sus muslos, anidaban en la entrepierna, subían hasta su cuello. Una tarántula se coló por debajo del casco y se posó sobre su rostro, los colmillos afilados se hundieron en las cuencas y lo cegaron por completo.

A unos metros de la meta, el Lotus derrapó hacia un lado, salió de la pista y embistió contra los miles de espectadores que, al borde del asfalto, celebraban eufóricos la victoria de su ídolo.


Este relato se encuentra incluido en el libro El umbral de las brujas 2. Puedes descargarlo en las tiendas de Google Play Books y Apple iBooks.