EL UMBRAL DE LAS BRUJAS

Cuento de Ernesto Murguía

En el penal lo conocían como el Guillotina, aunque su verdadero nombre era Alfredo Zamora. Llegué a convivir con él porque compartimos la misma celda durante casi un año. Aunque nació en Veracruz, desde pequeño se mudó con su familia a Tepoztlán y, unos años más tarde, a la Ciudad de México. Su condena era de treinta años —de los cuales llevaba cumplidos ocho—, la mía de trece. Él descabezó a tres mujeres; yo me defendí de un asaltante. Desde ese punto de vista nomás debieron tocarme diez años, pero nunca he tenido mucha suerte.

El Guillo era un tipo solitario, se pasaba la mayor parte del tiempo leyendo un libro muy gastado. Su mamá se lo regaló cuando lo metieron al bote, pensó que iba a necesitarlo. Muy tarde entendí a qué se refería con esto. El libro se llamaba El umbral de las brujas y era muy antiguo. Según el Guillo, trataba sobre ceremonias, encantamientos, puras tonterías. Eso te sacas por preguntón, me dije mientras lo escuchaba. A partir de eso preferí no volver a mencionar el libro y seguir leyendo las revistas de encueradas que conseguía en la prisión.

Al principio no hubo ningún problema entre nosotros, excepto la noche en que adornó la celda como si fuera Día de Muertos: símbolos por aquí, amuletos por allá y el Guillo rezando de rodillas en un lenguaje extraño. Yo tengo el sueño pesado, y como sus manías no me afectaban, ni siquiera le hice caso. Por la mañana encontré un pollo muerto debajo de mi litera, no sé de dónde lo había sacado, y eso fue el colmo. Le dije que si volvía a hacer otro desmadrito de esos iba a partirle la madre. Prometió no hacer más ceremonias.

Cuando estás encerrado, el tiempo pasa muy despacio. Las horas pesan como plastas de mierda, tan densas que podrías empaquetarlas y mandárselas a tu peor enemigo. Piensas en tu familia, tus amigos, el trabajo, el futbol, las fiestas, las chelas, las viejas, los coches… Nací en la Santa María y fui boxeador durante algún tiempo. Tenía buena pegada, pero me alocaba en cuanto la pelea se ponía caliente. Olvidaba la estrategia, descuidaba la guardia y me iba sobre el contrario. Aunque así gané algunos encuentros, casi siempre me noqueaban o era descalificado. Decidí que para la miseria que ganaba no valían la pena tantos fregadazos. Me retiré y entré de vigilante en una fábrica de vestidos. Aunque la paga era igual de chafa, al menos nadie me aplicaba el cloroformo cada semana.

Una noche regresé tarde a mi casa después de estar en una cantina con amigos de la chamba. En la calle se me acercó un tipo. Apestaba a sudor y traía una navaja en la mano. Me dijo que aflojara el reloj y la cartera. Le dije que se fuera a la chingada. Él se me lanzó encima.

Debo reconocer que nunca había tenido tanto miedo en mi vida, ni siquiera cuando peleé con un clasificado. Al menos en el cuadrilátero sabía a qué atenerme. Además, no es lo mismo un guante de ocho libras que una punta de quince centímetros. Mientras forcejeábamos, me concentré en impedir que me picara. Era un tipo fuerte. No sé cómo logré darle la vuelta y conectarle un rodillazo en los huevos. Aproveché que su brazo se aflojaba para torcerle la muñeca hasta que soltó la navaja. Me tiró una tarascada. Sus colmillos, afilados como los de un animal, se me clavaron en el pescuezo. Cuando la sangre empezó a salpicar, el coraje me nubló el cerebro. De nada sirvió que alegara defensa personal. Doce años en chirona. En la crujía de los asesinos. En la crujía del Guillo.

Aparte de leer su maldito libro, al Guillo le gustaba hablar de sus crímenes. Fue tablajero y repartidor en una carnicería de San Cosme, conocía a todas las amas de casa de la zona. Me explicó cómo seguir a una chava sin que te vea, cómo forzar la entrada de su casa o edificio, cuál es la forma más fácil de cortarle la cabeza. Yo lo escuchaba porque a veces me sentía a punto de explotar. Por las noches me entraban ideas sobre el suicidio y la muerte, hacían que me pusiera chinito. Hablar con alguien, con quien fuera, me ayudaba a sobrevivir.

Con el tiempo, las cosas se alivianaron y logré integrarme a la vida del penal. No fue gratis. Tengo una cicatriz en la cabeza y magulladuras por todo el cuerpo que lo comprueban. Empecé a relacionarme con los demás presos. En los descansos, apostaba en la baraja o jugaba básquetbol. El Guillo me espiaba en los pasillos, me buscaba en el patio, encontraba cualquier pretexto para hablar conmigo. Ya ni leía tanto con tal de seguirme a todos lados.

El colmo fue cuando tuve una de mis pesadillas y desperté a medianoche. Lo encontré en mi camastro, jugando cartas. Había repartido para los dos, como si yo también estuviera jugando. No lo pude resistir. Me levanté de un salto y comencé a golpearlo.

—¡Mira, hijo de la chingada, estoy harto de ti! Si vuelvo a ver que me estás espiando te voy a poner una madriza tan cabrona que no te va a reconocer ni tu pinche madre.

No se defendió ni dijo nada. Dos días después se fugó de la cárcel.

Parecía un asunto de magia. La tarde anterior, el interno Alfredo Zamora se había quejado de dolores en el estómago. Al principio nadie le hizo caso; sus quejas se hicieron insoportables, los guardias temieron que de verdad se tratara de algo grave. Fue trasladado al área de enfermería y decidieron dejarlo la noche allí para observación. Al otro día, el Guillo había desaparecido. En el cuarto encontraron una puerta garabateada con gis en la pared. Por más que sonaron las alarmas y lo buscaron por todos lados, no se encontró nada. Se interrogó a los presos y a los vigilantes. No se obtuvo ninguna pista. A mí me pusieron unos buenos madrazos cuando les dije que de haber sabido algo yo también me hubiera escapado.

Durante unos días todo fue confusión. Los reos comenzaron a inventar historias acerca de la fuga: algunos decían que el Guillo había hecho un pacto satánico y mencionaban a una tal Mulata de Córdoba, que según esto, para salir de su encierro, pintó un barco en la pared y escapó navegando en él. A mí me daba gusto ya no seguir lidiando con el Guillo. Me acuerdo de que unas horas antes que lo mandaran a la enfermería, se acercó a mí.

—Ahora sí. Te vas a arrepentir, pinche ojete.

Me volteé para ponerlo quieto, salió corriendo. Lo último que alcancé a ver fueron sus ojos llenos de odio.

Pasaron algunas semanas y las cosas volvieron a la normalidad. Me asignaron un nuevo compañero y todo era más o menos como antes. Una tarde me encontré el libro del Guillo. Ni me acordaba de su existencia. Estaba tan usado que se le caían las hojas. Por primera vez le eché un ojo a su contenido: sombras bailando en fiestas demoníacas, cabezas cercenadas en estacas frente a una hoguera, espectros horribles brotando de las paredes y símbolos satánicos en casi todas las páginas. Escrito en un lenguaje muy raro, mezcla de español con otra lengua, encontré también algo sobre brujas y hechiceros que mediante ciertos conjuros podían aparecer y desaparecer a su antojo. Una idea me cruzó por la cabeza, la rechacé de inmediato. Guardé el libro donde estaba y seguí hojeando mis revistas.

Unos días más tarde tuve un sueño muy raro: unas mujeres decapitadas bailaban en una alberca de fuego mientras sus cabezas flotaban y me hablaban al oído. Desperté… y ahí estaba el Guillo, levantando un cuchillo de carnicero sobre mí.

—Te lo advertí, cabrón.

Desperté en la enfermería y dos guardias me vigilaban. Decían que la noche anterior me había puesto histérico. Tuvieron que sujetarme entre varios custodios y aplicarme un tranquilizante. Me dijeron que todo había sido una alucinación, una pesadilla. Lo que nadie pudo explicarme fue el corte de doce puntadas que tenía en el brazo.

Recordé el libro del Guillo. Y decidí leerlo con mucho, muchísimo cuidado.

Todo sucedió hace dos años. Ahora me encuentro en una celda de aislamiento. Los doctores dicen que estoy enfermo pues no salgo de la cama. Lo que ellos no saben es que debajo del colchón pinté un Círculo de Bragante. Según el libro del Guillo, protege a quien está dentro y es impenetrable hasta para los brujos más poderosos.

Casi no duermo y estudio todo el tiempo. Sigo buscando la forma de escapar.

Al Guillo le tomó ocho años conseguirlo. Pero él no tenía un cuchillo sobre su cabeza. Solo tengo que ser disciplinado, permanecer alerta y pronto estaré fuera de aquí.

Y entonces comenzaré a buscarlo.


Este relato se encuentra incluido en el libro El umbral de las brujas. Te invito a visitar www.ernestomurguia.com y descargar el volumen completo, una antología personal de mis mejores relatos.