ESE CRUJIDO QUE HACEN LOS HUESOS AL ROMPERSE

Cuento de Ernesto Murguía

Tenía tiempo de no venir al taller de mi padre. Las cosas siguen igual: herramientas polvosas sobre la mesa de trabajo, cajas de cartón con refacciones descontinuadas, un cofre oxidado contra la pared, manchas de aceite en el piso. Mientras fumo un cigarro, no dejo de contemplar la fotografía que hoy apareció en el periódico y ocupa las páginas centrales de La Prensa. Aunque ya pasaron varios años, es como si en mi cabeza el tiempo nunca hubiera transcurrido y los recuerdos por fin encontraran la forma de escapar. Todo empezó cuando Aurelio llegó a mi casa, poco después de salir de clases. Traía su chamarra hecha un bulto, como envolviendo algo.

—¿Qué es eso?

—Un secreto. ¿Están tus papás?

—Mi papá llega hasta el jueves y mi mamá se fue con mi abuela. Llega como hasta las cinco.

—Perfecto —dijo Aurelio mientras entraba a la casa.

Lo conocí en quinto de primaria. Su mamá y él acababan de mudarse a la colonia, por lo que entró tarde al curso. Siempre fue un niño inadaptado: bajas calificaciones, malo para el ejercicio, la burla de nuestros compañeros. Quizá por eso me acerqué a él. Yo era el mejor alumno del salón — con las tranquizas de mi papá, más me valía — y también el mejor en los deportes. Eso me convertía en una especie de líder de grupo y me daba pena ver a Aurelio vagando solo por el patio, sin nadie con quién platicar. Comencé a escogerlo para los equipos de futbol y básquet. A pesar de ser tan distintos, a ambos nos gustaba el Hombre Araña y odiábamos a Superman; preferíamos Mortal Kombat que Street Fighter; los dos le íbamos al Cruz Azul y a los Acereros de Pittsburgh. Poco a poco, casi sin querer, nos hicimos amigos.

Una vez que estuvo dentro, Aurelio me mostró su secreto. Era un pequeño pájaro gris, de esos que se ven en cualquier parte y no tienen nada de especial. El pobre no podía volar.

—Lo encontré cuando venía para acá —dijo.

—Sí, pero, ¿para qué lo quieres?

—Para divertirnos.

Aparte de ser abogado, una de las aficiones de mi papá era la mecánica. No solo reparaba los coches de sus amigos o de algunos familiares, incluso llegó a comprar autos viejos, prácticamente inservibles, para reconstruirlos y venderlos. No lo hacía por dinero, sino por el placer de «echar a volar» nuevamente las cosas. Los fines de semana se pasaba horas en el pequeño cuarto al fondo del garaje — y que él llamaba «su taller» — , lidiando con carburadores y pistones descompuestos. Al principio trató de enseñarme. Aunque me esforcé en aprender lo más que pude, como siempre no estuve a la altura de sus expectativas.

Con el tiempo, él prefirió dejar las clases por la paz y trabajar solo; se encerraba en el taller y no permitía que nadie lo molestara. A mí me parecía perfecto, porque mi papá siempre estaba de mal humor, como si la vida le debiera algo y anduviera buscando alguien con quien desquitarse. Y ese «alguien» éramos mi mamá o yo. A veces pienso que nos odiaba. Sin embargo, cuando él estaba fuera — y gracias a Dios, por su trabajo tenía que viajar seguido — la casa se convertía en un sitio tranquilo y bastante agradable. Mi mamá solía aprovechar sus ausencias para ver a sus amigas o visitar a mi abuela, lo que me daba chance de invitar a algún amigo a ver televisión o a jugar un rato. Y el taller era nuestro lugar favorito.

Después de cerrar la puerta, Aurelio inmovilizó al pájaro: lo pegó a la mesa de trabajo con cinta de aislar, con las alas abiertas, como un Cristo emplumado. Luego, con unas pinzas, comenzó a arrancarle las plumas. El ave se retorcía desesperada, luchando inútilmente por soltarse. Yo lo observaba temeroso; quería gritarle que se detuviera. Imposible, me sentía hipnotizado. El pájaro, ya sin fuerzas, con el cuerpecito entumecido y los ojos casi cerrados, temblaba mientras mi amigo continuaba arrancándole las plumas.

Aurelio siempre fue muy reservado y casi nunca me habló de su familia. Si le preguntaba, cambiaba el tema. Una vez faltó un par de días a la escuela. Cuando regresó traía un parche en la cabeza. Les dijo a todos que se había caído. En el recreo me hizo prometer que no le iba a decir a nadie. Me platicó que no tenía papá y que su mamá trabajaba por las tardes y no regresaba hasta muy noche. Según ella, era enfermera en un hospital. Cuando un grupo de vecinos de la cuadra comenzó a burlarse de él, diciendo que su mamá era una piruja y que la colonia entera se había acostado con ella, no pudo soportarlo más. Esa noche, al llegar su mamá, la estaba esperando. Le preguntó si era cierto que ella era «una piruja». Su mamá se molestó mucho y le contestó que él no era nadie para andarle preguntando ese tipo de cosas. Era lo único que Aurelio necesitaba para confirmar lo que le habían dicho. Comenzó a gritarle de todo, hasta que ella lo golpeó con un florero y lo dejó inconsciente. Me dijo que lo más doloroso no fue el golpe, sino saber que su mamá era una puta. Su rostro parecía todo, menos el de un niño de once años.

Aurelio despegó al pájaro de la mesa, lo colocó en el torno y giró la manivela hasta aprisionarlo.

—Te toca. Yo ya hice casi todo el trabajo.

—No, ni madres —respondí.

—¿Tienes miedo?

—Por supuesto que no.

—Es muy fácil —dijo Aurelio—. Piensa en algo que no te guste. Algo que odies con todas tus fuerzas. Guárdalo en tu mente y trata de verlo una y otra vez. Cuando ya no puedas aguantarlo más, giras la palanca. ¿Entendiste?

Asentí con un gesto y tomé la barra del torno. Cerré los ojos y de repente sentí unas ganas enormes de echarme a llorar. Luego vino a mi mente la imagen de mi padre, gritando cosas, humillando a mi mamá, golpeándome hasta cansarse.

Giré la palanca con todas mis fuerzas.

Los huesos del ave crujieron como si hubiera roto una rama de apio. Aunque el torno se cerró por completo, yo seguía empujando, tratando de girarlo. Cuando Aurelio me detuvo, me di cuenta de que el mecanismo ya no daba más.

—¿Oíste cómo tronó? —preguntó emocionado— . ¿Lo escuchaste?

Yo estaba demasiado agitado para responder. Aurelio abrió el torno. El pájaro se encontraba hecho papilla. Con una espátula recogió los restos y los guardó en una bolsa de plástico.

—Estuvo de pelos —me dijo— . ¡Súper de pelos!

Intercambiamos una sonrisa de satisfacción. Aunque aún no entendía muy bien lo que me había pasado, sin duda había estado «súper de pelos».

Poco después, su mamá y él se mudaron de casa y no volví a verlo hasta ahora, que su cara apareció en el periódico y lo culpan de haber asesinado a dos mujeres. Por mi parte, seguí en la escuela. Terminé por estudiar Derecho, igual que mi padre. Mi mamá falleció de una embolia cuando yo tenía diecinueve años. A partir de ese momento, la situación en la casa se hizo insoportable. Por fortuna, mi padre murió en un accidente automovilístico tan solo cuatro meses después. Los peritos pensaron que la falla del coche había sido provocada intencionalmente; nunca pudieron probarlo. Yo heredé la casa, y con el dinero del seguro y los ahorros de la familia, tuve más que suficiente para continuar mi carrera.

Terminé la universidad y ahora trabajo en un despacho jurídico. Paso la mayor parte del tiempo restante en mi hogar. Por las tardes, suelo sentarme a leer la nota roja de los periódicos y, de vez en cuando, me gusta entrar al viejo taller y divertirme un rato. Como hoy, que tengo a una chica de quince años atada a la mesa de trabajo.


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