LA RÁFAGA

Cuento de Ernesto Murguía

Tenían que llegar al Puente de Escobedo al anochecer o estaban perdidos. Así de sencillo. Si a ese cabrón supersticioso, hijo de puta de Carbajal, le daba miedo pasar mercancía de noche, tampoco se atrevería a perseguirlos. Y cuando amaneciera, ellos se encontrarían fuera de su alcance, volando hacia Río, Buenos Aires o cualquier otro sitio paradisíaco de los que salen en las películas. A Gonzalo no le importaba el destino. Si jugaban bien sus cartas, con la plata que llevaban y un poco de suerte, el futuro se encontraba asegurado. Sólo tenían que cruzar el puente y llegar a la frontera. Ya después se ocuparían de todo.

— Pinche calor. Se me están derritiendo las nalgas.

Arcelia apoyó las piernas sobre el tablero de la camioneta, se levantó la falda y comenzó a echarse aire. No llevaba ropa interior. El tatuaje de colibrí despuntaba sobre su pubis y se elevaba hasta el vientre.

— Los ojos en el camino — sonrió la chica cuando Gonzalo se distrajo para echarle el ojo.

Lejos en el horizonte, el sol de la tarde comenzaba a ocultarse.

Un estudio abarrotado de bastidores, caballetes, tubos de pintura. Junto a la ventana, Carbajal retocaba su última obra. Colibríes de colores elevándose contra el cielo oscuro.

— Mis abuelos me enseñaron que los chupamirtos son los dioses del viento — dijo el hombre, concentrado en el plumaje de los pájaros.

Gonzalo asintió nervioso. Semanas antes había ganado el primer lugar en el Frontera Film Fest con el documental Los muertos del alba. Recibió una cámara Rebel T6 y veinte mil pesos de premio. Carbajal lo mandó a llamar unos días después. Sicarios recogieron a Gonzalo, le vendaron los ojos y lo trasladaron hasta el Rancho La Espinita. Y ahora estaba allí, esperando a que el dueño de toda la región acabara su pintura.

— Me gustó su trabajo. — Carbajal se volvió hacia Gonzalo. Una gruesa cicatriz bajaba del rabillo del ojo hasta la comisura de los labios — . Voy a contratarlo.

— ¿Quiere que dirija una película?

— Quiero que grabe los quince años de mi hija.

— Por supuesto, señor Carbajal. Aquí estoy a sus órdenes.

— Tengo unas cámaras fregonas, tengo equipo.

Carbajal estiró la mano hacia un anaquel y le entregó una bolsa de Soriana. Gonzalo no supo qué decir cuando descubrió el contenido. Nunca en su vida había visto tanto billete.

En el tablero de la camioneta, la aguja había llegado a la línea roja que indicaba «vacío».

— Necesitamos gas — dijo Gonzalo.

— Te dije que le pusieras en San Pedro.

— ¿Y que nos viera todo mundo?

— Hubiera sido mejor que quedarnos en medio de la nada.

Gonzalo se limpió el sudor de la frente y siguió manejando. Se las habían arreglado para librarse de Carbajal y conseguir una camioneta. Su plan amenazaba con venirse abajo por culpa de medio tanque de combustible.

— ¡Espérate, espérate! — dijo Arcelia.

— ¿Qué pasa?

— Allá vi algo.

Detrás de una colina, al final de un camino de terracería, se divisaba una vieja estación de servicio. Techo de dos alas, porche de madera. Gonzalo sonrió al recordar el viejo comercial de televisión que les mostró su profesor de «Teoría y lenguaje publicitario», donde un anciano y un elefante, trepados en un camión Estaquitas Nissan, recorrían las zonas más recónditas de la República. «Quizá andaban escapando de Carbajal», pensó mientras enfilaba la pick up hacia el sendero polvoriento. La sonrisa se esfumó tan rápido como vino.

El lienzo charro de La Espinita se había adaptado como salón de fiestas. Carbajal mandó a cubrir la tierra con duela desmontable y techarla con tres carpas. Al fondo se levantaba un escenario con dos torres de luces y bocinotas a los lados. El vocalista del Grupo Carnero cantaba a todo volumen su versión en paso doble de «Amor eterno».

Gonzalo iba de un lado a otro en busca de las mejores tomas: la llegada de los invitados, la misa en la capilla del rancho, el vals de Arcelia, el pastel, los mariachis. Cuando pasó frente a la mesa principal, un orgulloso Carbajal abrazó toscamente a su hija. Arcelia llevaba un aparatoso vestido blanco, puro encaje y seda: parecía una actriz de Hollywood.

La fiesta siguió toda la noche. Cerca de la madrugada, Gonzalo dio por terminada la grabación y se encerró en la «sala de video» (una caballeriza abandonada donde Carbajal guardaba el equipo) para bajar el material.

— ¡Cámara! — irrumpió Arcelia, arrastrando las palabras a causa de la borrachera — . ¡Cámara!

La quinceañera adoptó una pose de modelo, con la mano en la cintura y expresión sexi.

— Me estoy meando — agregó entre risas.

Se levantó el vestido tanto como pudo y se puso de cuclillas sobre un montón de paja seca. Gonzalo desvió la vista y fingió concentrarse en su trabajo. No quería que ninguno de los sicarios de Carbajal lo descubriera espiando a la festejada.

La chica terminó de orinar y se acomodó el faldón. Ya iba casi en la puerta, pero se regresó corriendo y le plantó a Gonzalo un rápido beso en la boca.

La estación de servicio languidecía sucia y llena de polvo. Detrás del mostrador se destacaba un letrero de cigarros Valentino’s junto a un calendario de Gloria Trevi, una estampa de la Virgen de Guadalupe y varias fotografías pegadas con diurex, algunas tan viejas que habían adquirido un tono sepia. Arcelia golpeó el vidrio del mostrador con una moneda. Una voz apagada surgió de la trastienda.

— Ya voy, ya voy…

Se trataba de una anciana de piel curtida. El rostro marchito contrastaba con un chongo de cabello tan negro que semejaba una cobra enroscada alrededor de la cabeza.

— ¿Los mandó Almaguer? — preguntó.

— Necesitamos gasolina — respondió Gonzalo.

— Ya son casi las siete. El puente va a estar oscuro.

— Venimos de paso y tenemos que llegar a…

— ¿Tiene gasolina o no? — interrumpió Arcelia.

En lo que Gonzalo ayudaba a la anciana a quitar el candado de la bomba, Arcelia se quedó en la estación de servicio, buscando algo para el camino. Los gansitos y barritas Marinela habían caducado desde hacía años. De un gancho pendían un montón de barras Slim Jim, con las tiras de carne verdes y podridas.

Al final, Arcelia se decidió por dos cajas de chicles Canel’s y una revista Furia Musical. En lo que esperaba, contempló las fotografías deslavadas en la pared. Gente bailando y brindando afuera de la estación, y una lona con el letrero «Servicio Velázquez. Gran inauguración». En uno de los retratos reconoció a la anciana. Aunque lucía unos treinta o cuarenta años más joven, el chongo oscuro continuaba siendo el mismo.

Un aparato junto al tablón de las fotografías llamó la atención de Arcelia. Sobre una mesa de formica descansaba un transmisor de banda ancha con un pequeño micrófono y unos audífonos colgados del cable. El plástico negro de la cubierta brillaba de nuevo.

— Listo — la llamó Gonzalo desde la puerta.

Arcelia echó un último vistazo al aparato y abandonó la tienda.

— ¿En serio van a cruzar el puente? — preguntó la anciana.

— ¿Algún problema? — respondió Arcelia.

La mujer nomás meneó la cabeza y caminó de vuelta a sus dominios.

— Pinches vejetes, me cagan — murmuró la chica mientras se dirigían hacia la camioneta.

Ya habían subido al vehículo cuando Arcelia pareció comprender algo. Tomó su bolso y volvió corriendo a la estación de servicio.

Gonzalo aguardó en la camioneta. En el interior de la tienda sonaron dos disparos.

Se acostaron por primera vez en uno de los cuartos de la casa de huéspedes. Cuando el director le preguntó por el tatuaje de colibrí que le cubría el pubis, la chica se puso seria.

— Me lo regaló mi papá cuando cumplí once años. Luego mandó a que me depilaran con láser para que siempre pudiera verlo.

Para entonces, Gonzalo llevaba tres semanas viviendo en La Espinita. Tenía miedo de entregar el video final, por lo que se esmeró lo más posible en dejarlo perfecto. Al final no había de qué preocuparse. Carbajal vio los dos primeros minutos y se mostró encantado.

— Tiene talento, amigo Esparza. Eso no es fácil de conseguir.

Carbajal le pidió a Gonzalo que lo acompañara. Eran las doce del día y el sol caía a plomo sobre el rancho. De un lado se alzaban las caballerizas, el almacén y las barracas de los trabajadores; al otro, la casa principal. Inmóviles veletas de madera, todas con forma de colibrí, abarrotaban el techo de las construcciones.

— A ver, amigo Esparza, ¿qué se necesita para hacerme una película?

— ¿Se refiere usted a otro evento?

— Una película. Ya sabe, algo de cine.

— Eso depende. ¿De qué se trata la historia?

— Estoy pensando… quiero una historia sobre mi vida, sobre mi legado. Quiero que la gente sepa.

— ¿Un documental autobiográfico?

— Exacto. Un documental.

Gonzalo consideró la propuesta. Con el dinero de los quince años tenía para sobrevivir un rato y arrancar la preproducción de su siguiente proyecto: La memoria de los alacranes. Apenas lo había ofrecido, con poco éxito hasta el momento, a unos cuantos inversionistas. Financiar la cinta iba a tomarle dos o tres años, quizá más.

— Soy hombre de palabra, amigo Esparza. Si quiere, ahorita mismo hago que lo regresen a Mezquital. Pero tengo una oferta: usted hace mi película, yo hago la suya.

Carbajal sonrió al notar la confusión de Gonzalo. La cicatriz en la mejilla lucía roja a causa del calor.

— No se haga. Ya me dijeron que anda buscando apoyo.

— Es un largometraje.

— Largo, corto. Me da igual.

— ¿Y quiere poner dinero para la producción?

— Voy a ponerle hasta el último centavo. Tengo conexiones, yo me encargo de todo. Hasta unos óscares nos ganamos.

La anciana se encontraba tendida en el suelo, el pecho y el estómago empapados de sangre.

— ¿Qué te pasa? ¿Estás pendeja?

— Iba a llamar a mi papá.

Arcelia señaló una de las fotografías en la pared. Entre los hombres que rodeaban a la mujer, Gonzalo reconoció la cicatriz en la mejilla de Carbajal.

— ¿Para qué crees que tiene esta mierda? — Arcelia señaló el aparato de banda ancha — . ¿Para platicar con sus amigas?

— Vámonos — dijo Gonzalo — . Vámonos en chinga.

La filmación llevaba cuatro meses y no daba señales de terminar. Carbajal insistía en que lo filmara todo; Gonzalo apenas se daba abasto. Para colmo, no podía salir del rancho. «Primero el trabajo, amigo Esparza. Cuando termine, puede irse de vacaciones». La relación con Arcelia complicaba las cosas. La chica aprovechaba cualquier oportunidad para volverse hacia la cámara y murmurar breves mensajes, «te amo», «ya quiero estar contigo», acompañados de besos y guiños. A veces se bajaba la blusa para que le grabara los pechos, otras se levantaba el vestido. Gonzalo borraba los clips tan pronto como los descargaba. Se prometía mantenerse alejado de Arcelia. Se prometía despachar la chamba lo más pronto posible y largarse de La Espinita.

— Mi papá nunca te va a dejar ir.

— Hicimos un trato.

— ¿Tú crees que le importa un pinche director de video?

— De cine. Soy director de cine.

— Con lo que has visto, es más fácil desaparecerte y quedarse con tu película que pagarte y dejar que andes por ahí como si nada. Yo sé dónde guarda dinero. Podríamos largarnos y ni siquiera se daría cuenta.

— No lo sé.

— ¿O quieres que le cuente a mi papá que te andas cogiendo a su hijita santa?

Esa noche, un grupo de sicarios irrumpió en el cuarto de Gonzalo. Debían ser las dos o tres de la madrugada cuando le ordenaron acompañarlos. El patio lo recibió con una ventisca fría, las veletas en el techo giraban y giraban.

Llegaron a un claro en los límites de la hacienda. Junto a una pick up se encontraban Carbajal y varios más de sus hombres. En la caja de la camioneta, atado de pies y manos, yacía un tipo sin camisa y con el rostro machacado a golpes.

— ¡Por favor, se lo suplico! — murmuró el hombre.

Carbajal le hizo una seña a Gonzalo para que empezara a grabar. Sacó de su chamarra un objeto y lo mostró a la cámara. Se trataba de un collar de cuero con un colibrí disecado colgando de un extremo. Carbajal lo apretó con fuerza al cuello del hombre. El prisionero se revolvió desesperado, tratando de quitarse el amarre. Gonzalo mantuvo el acercamiento en el rostro lleno de sangre y los ojos desorbitados a causa del miedo, hasta que los sicarios cerraron la portezuela del vehículo y se perdieron en el desierto.

Llegaron al Puente de Escobedo cuando los últimos rayos del atardecer pintaban el horizonte. A ambos lados se abría la cañada de Río Morones, con sus treinta metros de profundidad y sus paredes negras y puntiagudas. Carbajal había mencionado el puente durante las grabaciones. «Ni se acerque por allí, amigo Esparza. Ese paso es el demonio». Gonzalo supuso que la estructura se encontraba en mal estado y era difícil de transitar; no obstante, el puente se levantaba sostenido por sólidos pilotes de concreto. No había nada de qué preocuparse.

— Ya vamos a llegar — dijo Gonzalo.

— Ya vamos — respondió Arcelia, la voz quebrada de emoción.

La ráfaga los sorprendió apenas franquearon la entrada del puente. La revista Furia musical salió volando por la ventana y se deshojó mientras se elevaba hacia el cielo. Ambos se apuraron a subir los cristales. La corriente dejó de azotar el interior del vehículo, eso no detuvo el creciente rugir del viento. Gonzalo nunca había escuchado algo así. Parecía un gemido proveniente del centro de la Tierra.

El polvo del camino se levantó en ventiscas. Una piedra salió disparada y se estrelló contra el parabrisas, Gonzalo casi se sale del camino.

— ¿Qué haces? — dijo Arcelia.

El director enderezó el vehículo y atravesó la polvareda. Dio un volantazo justo cuando una segunda roca, mucho más grande, hizo pedazos uno de los faros. La pick up siguió abriéndose paso entre el vendaval. Una rama se estrelló contra el costado del vehículo, la tierra revuelta formaba pequeños remolinos.

— ¡Acelérale! — gritó la chica.

— Es lo que estoy haciendo.

Gonzalo pisó el pedal hasta el fondo. La pick up dio un par de tumbos, las llantas comenzaron a girar libremente. La camioneta se estaba levantando. Se encontraba a un par de metros del suelo y el vehículo seguía elevándose como un carrito de una atracción de feria. Viento frío reventó las rejillas del aire acondicionado, el toldo del vehículo comenzó a levantarse. Arcelia perdió el control. Comenzó a golpear una y otra vez la chapa de la puerta en un intento desesperado por salir.

— ¡Aguanta, no chingues!

Demasiado tarde. Una vez abierta, la puerta salió arrancada por el viento y se estrelló contra los pilotes del puente. El director intentó detener a la quinceañera antes de que la corriente la succionara hacia afuera.

— ¡Arcelia! — gritó Gonzalo.

La chica se hallaba suspendida en el aire, flotando frente al parabrisas de la camioneta. El vestido se desgarró en jirones, su cuerpo comenzó a perder forma. Las costillas se aplastaron, las piernas se doblaron hacia atrás. Arcelia intentó gritar. De su boca no brotó sonido alguno.

Las manos del director se aferraron al volante y dieron un giro inútil tratando de volver atrás. La pick up siguió ascendiendo, el toldo se desprendió por completo y dejó a la vista el cielo nocturno del desierto.

La tromba levantó a Gonzalo de un tirón, pero el cinto de seguridad lo rebotó al asiento. La correa le desgarró el pecho y parte de los muslos, el asiento del copiloto voló desprendido. Aunque la imagen duró una fracción de segundo, Gonzalo tuvo tiempo para reconocer el pequeño objeto atado con una correa de cuero al piso de la camioneta.

Un colibrí disecado.

«Carbajal», fue lo último que pensó Gonzalo, antes de que el viento frío se le metiera por la nariz, por la boca, por los ojos. Sus hombros crujieron dislocados, el cinturón de seguridad cedió y el director de Los muertos del alba salió despedido hacia la oscuridad.


Este relato se encuentra incluido en el libro El umbral de las brujas 2. Puedes descargarlo en las tiendas de Apple iBooks y Google Play Books.