LIMOSNAS

Cuento de Ernesto Murguía

Todos los viernes por la noche había fiesta en casa del ingeniero Reyes. Los vecinos, en su mayoría empleados de las muchas fábricas de la zona, eran bienvenidos siempre y cuando llevaran su propia bebida y no causaran problemas. Marco llegó como a las nueve, con dos six pack de Lager. Aunque ya había bastante gente, le sorprendió no encontrarse a ninguno de sus amigos. De todas maneras no tenía muchas ganas de plática, así que salió al jardín trasero, se sentó en unas piedras y destapó una cerveza. Detrás de él se escuchaba el ruido de la música y el barullo de los invitados. Una mano se apoyó en su hombro. Marco se encontró con el rostro del Pirata.

Le apodaban así por el enorme lunar violeta que le bordeaba un ojo. Era un vagabundo que pasaba algunas temporadas deambulando por el lugar. Había vivido antes en la colonia, por lo que algunos vecinos lo conocían y aceptaban que anduviera por allí. Marco no lo recordaba de esa época, pero sí de un par de veces en que lo había visto platicando con el ingeniero.

— Me espantaste, pendejo.

— Perdón — dijo el Pirata.

— ¿Qué haces aquí?

— Me brinqué la barda. El ingeniero me da chance de dormir aquí.

El Pirata era un tipo nervioso que miraba todo el tiempo de un lado a otro como si algo estuviera a punto de saltarle encima. Aunque era difícil precisarlo, a Marco le pareció que no tendría arriba de treinta años. Vestía una desgastada playera negra y unos pantalones de lona.

— ¿Me regalas una? — dijo señalando las cervezas.

Marco le pasó una. El Pirata se sentó junto a él.

— Hoy me corrieron del trabajo — dijo Marco luego de un rato, solo para sacar plática — . Dos días de jarra. Cuando me presenté, el dueño de la bodega me dijo que ya eran demasiadas. Pinche ruco. En mi casa va a ser un pedo.

— ¿Tienes familia? — preguntó el Pirata.

— Mi esposa y dos niños.

El Pirata asintió. Estuvo a punto de agregar algo; se interrumpió para asegurarse que nadie se acercara.

— Yo también tenía esposa y un hijo — dijo el Pirata — . Ellos me los quitaron.

— ¿Ellos quiénes?

El Pirata no respondió. Se quedó observando la pared de ladrillo con pegotes de concreto que se alzaba frente a ellos.

— Estás reloco, cabrón — dijo Marco.

Estaba a punto de abrir otra cerveza cuando el Pirata se volvió hacia él y comenzó a buscar algo en sus bolsillos. Sacó un picahielos.

— ¿Qué te pasa, pendejo? — retrocedió Marco.

El Pirata ni lo escuchó. Guardó de nuevo el picahielos, siguió buscando hasta encontrar una arrugada fotografía y se la entregó. Una mujer con un niño en brazos. A su lado, un hombre sonreía.

— Es mi familia.

Marco contempló la foto. El Pirata, limpio y con ropa decente, resultaba irreconocible. Su esposa tampoco era fea. Ambos parecían felices.

Devolvió la vieja fotografía. El Pirata volvió a ponerla en su bolsillo.

— ¿Qué pasó? — preguntó Marco.

El Pirata tomó una nueva cerveza y le dio un gran trago.

— Vivíamos a tres cuadras de la iglesia de Santa Catalina. Una vez venía del trabajo y vi a una viejita en la entrada. Estaba hincada, pidiendo limosna. Repetía muy quedito «una caridad, por el amor de Dios, una caridad…».

El Pirata imitó la voz y los gestos de la anciana.

— Me acerqué a darle unas monedas cuando vi sus ojos: blancos blancos, como dos bolas de sebo… ¡Pinche ciega culera! Me seguí derecho sin darle un centavo.

— Así son todos. Yo una vez vi a un tipo que no tenía orejas. No tiene nada de raro.

— Ésta sí. Después de eso, cada vez que pasaba por ahí, me reconocía…

— Con el hornazo que te cargas.

— No, no. En ese entonces yo no…

El Pirata miró su ropa y meneó la cabeza.

— Bueno — dijo Marco — , también hay muchos limosneros que fingen estar lisiados. A lo mejor ni estaba ciega.

— Con esos ojos.

Marco encogió los hombros.

— Lo grueso ⎯siguió el Pirata⎯ es que cada vez que pasaba por allí era como si pudiera verme. Hasta empezaba a pedir más fuerte.

Marco observó el rostro del Pirata. Le pareció que el lunar violeta brillaba con la luz de la luna.

— Si te molestaba tanto, ¿por qué no cruzabas por otro lado?

— Al principio sí. Aunque era más vuelta, me regresaba por otra calle. Pero no podía… no podía sacarme de la cabeza esos pinches ojos de engrudo.

— Lo que pasa es que te gustaba la viejita.

El rostro del Pirata se contrajo.

— ¿Estás imbécil? Si la hubieras visto no dirías eso ni de broma.

Entre apenado y divertido, Marco le ofreció otra cerveza.

— Cálmate, hombre, no es para tanto… ¿Después qué pasó?

— Venía hasta la madre.

— ¿La viejita?

— No, yo. Era de madrugada y estaba seguro que mi esposa me la iba armar cuando llegara. La ruquita seguía allí, duro y dale con lo de «una caridad, una caridad». Pero ya no quedaba nadie en la calle. Me acerqué para preguntarle qué se traía pero ella gritó… ¡aaaaaaaahhhhh!

— A lo mejor te estaba llamando a un psiquiatra.

— En eso que llega una camioneta y se para frente a nosotros. De atrás se bajó un tipo grandote. Traía una caja de cartón. Agarró a la viejita como si fuera un muñeco, la guardó en la caja… y la acomodó junto con otras.

— No me chingues.

— Te lo juro por lo más sagrado. El tipo ya venía por mí. En eso que se oye una patrulla. Se subió rápido y la camioneta arrancó de golpe.

— ¿Y la policía?

— Ni siquiera se aparecieron. Yo creo que iban de pasada.

El Pirata se volvió a mirar a Marco.

— No me crees, ¿verdad?

— Es una historia muy jalada, pero te creo.

— ¿De verdad?

— Voy para dentro. Ahí luego me platicas el resto de la historia.

— Por favor, tienes que escucharme.

El Pirata lo tomó de la camisa. Marco se zafó de un manotazo.

— ¿Qué te pasa?

Descubrió que el vagabundo lo observaba suplicante.

— Está bien — dijo Marco — . Nos quedamos en que se llevaron a la viejita, ¿y luego?

— No sabía qué hacer. Me pasé toda la noche sin dormir.

— ¿Y tu esposa?

— No le dije nada. Iba a pensar que estaba alucinando.

— Si te viera ahorita.

— Ella está muerta.

— Perdón.

Marco destapó otro par de cervezas y le ofreció una. El Pirata la bebió de un trago. Ambos permanecieron sin decir nada.

— Yo la maté — dijo el Pirata después de un rato.

— No mames.

— Yo tuve la culpa, si no hubiera sido por mí…

— ¿Qué pasó?

— Empecé a espiarlos. Tú los has visto, están por todos lados: pidiendo en las calles, en las plazas. Pero ellos también me estaban vigilando.

— No te entiendo, ¿quiénes te vigilaban?

— Una vez estaba en el súper con mi esposa y mi hijo. En lo que ella compraba el mandado yo salí al puesto de la lotería. Había un viejo pidiendo limosna. Tenía los brazos retorcidos y una canasta a sus pies para que le echaran las monedas. Me acerqué a verlo de cerca y, en eso, alguien me agarró por detrás. No sé si era el mismo de la camioneta, se parecía mucho. Traía puesto un overol y arrastraba las palabras como si tuviera algo en la lengua. Lo único que alcancé a entender fue algo así como kuda losh tuvo.

— ¿Y qué significaba eso?

— ¡Dios! Si lo hubiera sabido, pero no entendí nada. Me eché a correr y regresé a la tienda. Cuando salí, ya se habían ido. La señora de la lotería me dijo que no había visto nada.

Al Pirata le temblaban las manos. Aunque Marco sabía que el vagabundo estaba loco, algo en su cabeza comenzó a dar vueltas.

— Dejé mi trabajo, empecé a chupar. No dejaba de pensar en ellos. Cargaba un fierro para protegerme.

Instintivamente, el Pirata llevó su mano hacia el bolsillo con el picahielos.

— Mi esposa pensó que estaba enfermo. Yo sabía que me andaban buscando. Una noche encontré a uno. Pedía limosna en un zaguán. No pude aguantarme, no lo soportaba. Tenía la sangre extraña, como si estuviera cuajada…

— ¿Lo mataste?

— Ellos ya están muertos.

Marco no dijo nada. Las palabras kuda losh tuvo comenzaban a cobrar sentido. El Pirata continuó:

— Salí corriendo, pero los veía en todas partes. Estoy seguro de que querían vengarse. Me la pasé tres días escondido en un edificio abandonado.

Kuda losh tuvo, pensó Marco, y fue como si una luz lo deslumbrara. Cuida a los tuyos, gritó una voz dentro de su cabeza.

— Tu familia — dijo.

— Ya era tarde. Cuando regresé, ellos me los habían robado.

— Mira, yo sé que en tu debraye quieres echarle la culpa a alguien. Tienes que comprender que si tu esposa te abandonó no fue porque ningún cabrón te persiguiera ni nada, sino porque andabas mal.

— Después de un tiempo la volví a ver. En la calle… con mi hijo. Yo quería hablarle, quería decirle algo. Pero ella no entendía. ¿Me oyes?, ya no era la misma.

El Pirata se llevó las manos a la cabeza y comenzó a llorar.

— Tenía los ojos hinchados y le habían hecho algo en las piernas. ¡Y mi hijo, carajo! ¡Mi hijito! ¿Cómo pudieron…?

El Pirata lanzó un grito de desesperación y comenzó a dar vueltas por el patio. Varias personas se asomaron al patio a ver qué sucedía. Marco se hizo a un lado, dando a entender que él no había hecho nada.

— Está loco — dijo — . Estábamos platicando y de pronto…

— ¡Déjenme cabrones! — dijo el Pirata — . ¡Chinguen a su madre todos!

Salió corriendo, brincó la barda y desapareció. Asombrados, los curiosos se miraron entre ellos. Comenzaron a reír y regresaron a la casa. Marco se incorporó a la fiesta, se emborrachó hasta la madrugada. Días después agarró trabajo como repartidor en Colchones Atlas. Una tarde, después de entregar un pedido, caminaba por una de las calles del centro. En una esquina, un hombre pedía limosna. Tenía el rostro cubierto por un sombrero. Algo en la voz del mendigo le pareció familiar; sin pensar en lo que hacía, Marco se dirigió hacia él. Tenía la seguridad de que bajo ese sombrero se escondía un rostro desfigurado y horrendo, y que la cicatriz donde antes había estado un ojo estaría rodeada por un lunar violeta. Al ver de cerca al limosnero, comprobó que se trataba de un anciano inofensivo.

Marco se sintió como un tonto y sonrió nerviosamente mientras se alejaba. Su risa se congeló cuando a sus espaldas le pareció escuchar que el viejo pordiosero musitaba las palabras kuda losh tuvo.


Este relato se encuentra incluido en el libro El umbral de las brujas 2. Puedes descargarlo en las tiendas de Apple iBooks y Google Play Books.