Ella no sabe

Ella no sabe.

No sabe de mis secretos, ignora mis fracasos y desconoce mis éxitos; pero me habla como si no fuese el fin de los tiempos, y me siento como en casa cuando lo hace, como estar en la pequeña sala de mi casa: el fuego de la chimenea, intenso como sus ojos al no mirarme.

No comprende mi tristeza, ni comparte mi gozo. No toma mi mano ni mira de frente, prometiendo futuro. Sólo un “ya veremos”, el mismo que tiene una estrepitosa forma de ser un “nunca más”.

No sabe que nunca podrá saberme a fondo. No lo sabe o no le importa. Da igual después de todo.

Ella no sabe, no lo sabe; pero ya no es ella, ni soy yo. Somos los dos.

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