El Gato y el muchacho

Ayer en la tarde, esperando delante de una tienda de hamburguesas, comenzó a chispear. De repente lo vi, se acercaba lentamente a mí con una decisión en su rostro que sólo se esperaría de un ser humano. El gato atravesó la calle y con sus ojos fijos en los míos se acercó como si ya me conociera de años. Al llegar a mis pies dudó un poco, no esperó demasiado pues creo que se percató de mis intenciones de correrlo con una pequeña patada. Sin perder más el tiempo saltó a la banca donde estaba sentado. Supuse que querría un poco de comida así que busqué en mi bolsillo por algo que pudiera darle para comer (no se en lo que estaba pensando, ¿Acaso pensaba que mágicamente tendría una bolsa de atún en mi bolsillo?, creo que ese pensamiento se cruzó en mi mente, definitivamente así fue). Pero antes de que me regañara a mí mismo: “idiota, no traes comida en los pantalones”, el gato se sentó en mi regazo, amasando mis muslos con sus piernas para luego sentarse cómodamente sobre mí. — Qué cabrón tú. — dije en voz baja, dispuesto a levantarme para tirarlo. Justo en ese momento, el gato volteo su cabeza para mirarme con esos ojos tan amarillos y felinos. No pude, más que someterme a sus exigencias y dejarlo ahí. Como si le hubiera dicho con la mirada — Esta bien pero solo por un momento, en lo que llegan por mí.

Como es característico de los gatos, no me dijo gracias, o alguna muestra de agradecimiento felinas, simplemente se volteó y contemplamos la calle juntos durante un rato. Al principio estaba aferrado a mi mochila, preparado para levantarme e irme, pero inventé un montón de pretextos en mi mente para dejarlo sentarse. ¡Quién lo viera!, un muchacho inventando excusas justificando a un gato que ni siquiera podía responderle, inventando toda una serie de argumentos para dejar hacer al animal su voluntad. “Es que seguro tiene hambre”; “pobre animal, puede estar perdido y asustado, solo quiere sentirse en casa; “Quizá le agradé y sería muy maleducado de mi parte ser grosero con él”; “de todas formas no me está haciendo nada”, “además si me levanto puede que se asuste y se cuelgue de mí, eso me dolería y arruinaría mis pantalones”.

Después de un rato divagando (decenas de segundos para el gato; alrededor de diez minutos para mí) comencé a encariñarme con él animal. Su color blanco con manchas negras le daba un aspecto elegante a su cara, parecía que tenía una barba de chivo en la mandíbula, se veía bien alimentado y bastante dócil, pues no se asustó cuando mi mano acariciaba, tanto con delicadeza como con miedo, su espalda y su cabeza. No tardé mucho en querer tomarle una foto, se veía demasiado tierno y calmado como para desperdiciar la oportunidad. Después de unos cuantos intentos fallidos conseguí tomarle unas cuantas fotos que fueran merecedoras de estar en mi perfil de Instagram u otra red social. “Seguro (éste) hará que consiga más de 25 me gusta, además de ser una buena foto”, de pronto me di cuenta de que no sabía el nombre del gato.

Vacilé un poco, no porque no estaba seguro de su sexo, sino que no quería que mi nuevo amigo (no es necesario que me señalen la ironía de querer ahuyentar al gato, para que luego lo quisiera) tuviera un nombre que sonara mal, otra vez me hallé a mí mismo creando ficciones o argumentos para un animal que sólo quería estar cómodo y ver los coches pasar. “Salem” vino a mi mente ese nombre en medio de una marea de otros tantos, me pareció algo muy cómodo para un gato, sobre todo por toda la relación con las brujas, además de la inteligencia de los felinos. Creo que le gustó: en cuanto le mencioné si quería ser llamado Salem, él comenzó a restregarse contra mi suéter verde y a ronronear.

Un juego muy divertido surgió entre Salem y yo; quienes eran al principio extraños, porque ya no estoy hablando de hombre y animal: sino de dos sujetos, ahora eran amigos que jugaban entre ellos y veían a las personas pasar y platicar de diversos temas; trabajo, salud, la familia.

Salem y yo pusimos mucha atención a cómo un hombre mayor daba instrucciones a un joven de cómo hacerle para que cierta máquina funcionara: “Ponla así y luego ya que esté bien centrado lo empujas y así le das hasta que se meta…” Un empleado del restaurante quejándose: “…Ni madres güey, hoy quiero acabar tempra” ; Un joven que preguntaba a alguien por el precio de un servicio médico a su perro, “¿Cuánto es?”.

Incluso tuve que proteger a Salem de un can que, curioso y desorientado por las medicinas y una herida muy grotesca en el cráneo, quiso acercarse, para terminar, ladrando.

Pero entonces vino el pensamiento inevitable: pronto yo me tendría que ir y Salem también. Aquel momento casi sagrado donde ambos contemplábamos la calle viendo pasar a los carros y alas personas tendría que terminar. Justo cuando estos pensamientos pasaban por mi cabeza, Salem se movió a un lado mío, como si él me hubiera escuchado. Ese gesto me lo dejó en claro, pues él tendría otras cosas que hacer también, cosas de gatos. Quizás volver de la casa que se escapó para estar con su familia original; quizá el sólo había salido a pasear y le dio por platicar con un muchacho que esperaba sentado en una banca a quién sabe quién .

Ambos nos miramos, y supimos que se acababa el tiempo. Él regresaría a su vida doméstica y yo a mi vida estudiantil; Salem volvería a una casa para rasgar los muebles, mientras que yo me sentaría en una banca escuchando una clase poco interesante. Pronto deberíamos caminar, separados, a destinos diferentes, pero conocidos para cada uno. Comenzó a llover más fuerte, ambos vimos a la gente acelerar el paso, abriendo los paraguas; otros cubrían con lonas los puestos ambulantes.

Alcanzamos a ver algunos limpiaparabrisas funcionando, Salem ponía especial atención a unos pájaros que se resguardaron bajo una cornisa arriba de nosotros. Finalmente llegó el momento en el que tuvimos que partir, no sin antes despedirme de mi amigo; no con palabras sino con la pura mirada, de muchacho a gato. Él alzó la mirada para encontrar la mía, me incorporé y nos miramos por última vez, solo un momento.

Como si nos hubiéramos dicho “adiós, nos vemos luego” Salem ´bajó la mirada y saltó al suelo mientras que yo di media vuelta e inicié mi camino sobre Universidad. No olvidaré a ese gato, pasamos un buen rato juntos.

Una anécdota algo retocada pero aun así verdadera, que traigo a la mesa ya que me permitió percatarme de algo muy importante mientras caminaba hacia C.U, bajo la tenue lluvia de la ciudad: y es que ese momento de encuentro entre Salem y yo había sido uno de los pocos que había experimentado en esta semana. Es mentira si dijera que no he conversado de buenos temas con mis buenos amigos dentro de la universidad, o con mi familia; pero es que una buena parte del tiempo estoy entre los puntos donde normalmente socializo: la calle.

Como yo hay muchas personas que esperamos microbús de ida a la facultad, o estamos calculando en dónde va a quedar la puerta de acceso al vagón del metro, una vez que se haya detenido; otras personas esperan su turno para pagar o hacer un depósito en el banco. Y en todos estos lugares parece que nos hemos olvidado que estamos rodeados de personas que tienen sus propias historias, problemas y preocupaciones. En vez de mirarnos como tales parece que a uno solo lo rodean autómatas que tienen diversas actitudes, algunos nos molestan o irritan y otros nos saludan pero no se siente real, parece más bien, como un protocolo de cortesía.


Sobre el contacto y los encuentros.

Hemos olvidado lo que es el contacto con el otro, un abrazo un saludo cálido una conversación amena o apasionada sobre cualquier tema. Vivimos encerrados sobre nosotros mismos, sobre el ser individuales, el ser originales y únicos, cada día nuevo hay que encontrar que tendencia es la que nos dará de que hablar; pero no para desmenuzarla hasta acabarla, sino para satisfacer un deseo insaciable, que su peor temor es quedar satisfecho. Nos da miedo detenernos y pensar. Pensar para crear, pensar como extensión de uno mismo con el mundo y con el otro.

Olvidamos como se siente la calidez del afecto y la emoción que nos provoca el encontrarnos con los demás, y si es que hay ese acercamiento, se le confunde siempre de sexual. Y no me refiero a lo sexual como una unidad corporal que esta llena de sentido, sino a una sexualidad desechable, de un solo uso. Se ha pervertido el contacto a tal grado de que se pueda utilizar al otro, a modo de objeto, y cuando ya produjo la satisfacción se desecha: La persona, ya no es un conglomerado de historias, ya no es anécdota ni siquiera una unidad; se convirtió en abdomen, nalgas, pechos, piernas, bíceps, ojos, labios. En conclusión el cuerpo ya no es un alma encarnada, sino un autómata vacío que busca ser llenada con algo, lo que sea.

Y , ¿qué pasa con los encuentros humanos?. ¿Qué sucede cuando llevamos a cabo reuniones, fiestas o conversaciones?, es decir cuando nos damos cuenta de que habitamos un espacio con otros. Porque cada vez nos encerramos dentro de nosotros mismos y creamos divisiones artificiales entre mí mismo y el otro. Ahora cada quien debe mostrar lo mejor de sí, volverse mercancía y los encuentros con el otro ya no tienen otro propósito más que vender la mejor imagen de nosotros mismos. Quien haya postulado que el ser humano es racional y tiene la capacidad de decidir con base en datos concretos, se olvidó que ahora la identidad se compra a meses sin intereses y por cachitos pequeños.

Dentro de todo esto, ahora la calle se ha olvidado, se ha convertido en terreno hostil; ahora es tierra de nadie que esta entre la comodidad de la casa y las vitrinas de los supermercados. Todo lo que este ahí, incluidas las personas se convierten en obstáculos o amenazas potenciales, que nos impiden llegar a nuestro destino: los animales citadinos se vuelven pestes y alimañas, los peatones se vuelven topes que se quejan si los empujas, el otro en un posible ladrón o violador. Cuando ven a alguien que se dedica a estar en la calle de tiempo completo dicen:

“¿Me estas diciendo que ese muchacho que baila, pinta o hace malabares es un artista?, qué idiotez, son vagos que no se ponen a estudiar”

La calle ha sido tomada por el automóvil, que cada vez quiere más y más espació, dejando poco para los transportes colectivos, y muy poquito para los ciclistas y peatones. Quizá por eso es que con tan poquito espacio que queda, nos ponemos nerviosos con demasiada gente tan cerca de nosotros. Tal vez por eso nos hayamos vuelto tan indiferentes hacia los demás, tanto así que ya ni siquiera ponemos atención a nuestro alrededor y nos concentremos en volver a estar solos ignorando a los demás.

Podría ser que lo que nos hace falta es ser menos indiferentes con el otro, imitar a las señoras mayores que gustosas entablan conversaciones de su familia con un extraño (aunque a veces el solo le dé el avionazo). ¿Por qué no entablar una comunicación con alguien y conocerlo un poco? No para hacer millones de amigos (como en Facebook) sino para hacer más ameno el viaje, quizá compartir unas anécdotas divertidas, y si tenemos suerte, encontrar una respuesta a algún problema desde una perspectiva muy distinta y que provenga de quien menos esperábamos.

Quizá deberíamos permitirnos ver que no son autómatas los que nos rodean, sino personas con historias diferentes y, sobre todo, mucho que enseñarnos.

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