La prisa por escribir

Desde crío siempre he mirado más a una cierta clase de personas que presentaban un rasgo que al principio no sabía definir. Y un día vino a mí como un relámpago, bastante antes de darme cuenta de que ya no era joven, de que ya no tenía todo el tiempo por delante:

«Prisa por vivir».

Ese era el denominador común de todas esas personas que más me atraían de una u otra manera, llámalos Ernest Hemingway, Alejandro el Grande, llámalos como quieras.

Sucede que la prisa por vivir parece incompatible con la escritura, especialmente con aquella que busca ser publicada. Los tiempos de la edición son muy lentos, marchan bajo su propio tambor y siempre se retrasan. De hecho, la escritura, publicar y la guerra se parecen un poco en que son grandes periodos de espera con unos ciertos destellos de caos puntual (y sangre en las tres situaciones).

Y el mérito está en los momentos de espera, en esa calma chicha tan horrible para los barcos de vela. Parecen varados en esos mares iguales que atraviesan y no parecen acabar. En esos momentos, a pesar de que ningún enemigo ni obligación te echa el aliento, a pesar de que no estás motivado con gritos de guerra, sigues escribiendo. ¿Qué vas a hacer si no?

Todos somos más o menos productivos con una fecha límite, con ese concurso, con ese editor que te da 30 días para que arregles el desaguisado de manuscrito.

Pero cuando no existe ese tic tac, uno sigue creando igual, y no importa si es bueno o malo lo que sale. Hay una urgencia interna ahí por escribir, aunque no lo parezca, ella es la que empuja a través de ese mar calmado sin eventos y sin sentido aparente.

Siento esa urgencia desde que era crío, pues pronto aprendes que el tiempo es limitado y corre más que tú. Y contra eso no sabes qué hacer, excepto crear algo, da igual si bueno o malo. Lo haces como si eso te fuera a salvar, aunque sepas que no.

Cada dos por tres me acuerdo del poema de Bukowski: Así que quieres ser escritor.

«Si no sale como una llamarada de dentro de ti,
a pesar de todo,
no lo hagas.
Si no llega desde tu corazón, tu mente y tu boca…»

Etcétera. Gran poema, que resuena poderoso en las mentes de muchos que escribimos. Pero es un poema, ha de quedar bien y lo importante es la emoción, porque la escritura no siempre va a salir de dentro como un resplandor de gloria. ¿Qué mérito tendría eso? La escritura está ahí y necesita salir, pero muchas veces es como un parto.

El parece que no pasa nada, el de la guerra y el de la escritura, forman parte de su naturaleza. ¿Para qué escribir todo eso que no parece que vaya a ser leído o publicado por nadie? Han pasado años y nada, aquí sigo sin perspectiva de que nada vea la luz. Eso lo han pasado la mayoría de escritores, escribir sin perspectiva de que lo lea alguien aparte de ellos.

Es en esa calma y no en la pelea donde la mayoría de los que escriben caen.

Y la prisa por escribir es la que te lleva muchas veces a través de esos momentos, dejando un rastro de malos párrafos que esperas que nadie vea, aunque ellos también son necesarios.


Esta historia se publicó originalmente en http://www.hojaenblanco.com donde se pueden encontrar más como esta.