Persona(je)s

Si cuando escribes creas personajes, empiezas mal, porque en realidad todo se basa en escribir sobre personas. Y esta es una de las tareas más complicadas que existen, porque las personas conocemos muy poco de nosotras mismas.

¿Cómo puede uno hablar de lo que no conoce realmente y decir algo que merezca la pena?

Retratar a alguien de manera real es una tarea costosa, que requiere el esfuerzo previo de convertirse en un observador de personas que no da por buena la primera respuesta que surge. Y he aquí el problema, que eso requiere esfuerzo y el esfuerzo nunca se pondrá de moda.

Además hay otro factor. Cuando miras el hondo de las cosas, no suele ser tan agradable como la superficie. Y cuando digo cosas quiero decir personas.

El mar refleja el sol y le arranca destellos, qué bonito que es la mayor parte de las veces. Pero cuando cae la noche o buceas en él, se vuelve oscuro y de fondo turbio, lo cual no es malo, es verdadero y más real, pero da miedo.

Lo mismo pasa con las personas, así que muchas veces elegimos nadar, en nosotros y los demás, con la cabeza fuera del agua.

El efecto secundario es que cuando uno no se preocupa mucho de bucear más profundamente en qué somos y por qué hacemos las cosas, los resultados suelen ser mediocres.
 
 En las historias a escribir se suele traducir en personajes de cartón piedra, clichés vistos mil veces en televisión o novelas de mercadillo. Apenas hay dobleces, todo es previsible y el conflicto, una mierda, la verdad.

En la vida real no querer mirar profundamente se suele traducir en convertirnos en robots, que no sabemos lo que hacemos ni por qué.

Vagas pasando el tiempo, actuando inconscientemente porque otros pulsan botones que no sabes ni que tienes, asintiendo ante mentiras y comprando cosas que no van a llenar ese agujero que tienes ahí dentro. Sí, ese.

En lo personal, me fascina enormemente este tema, aprendería sobre él aunque fuera fontanero. Por eso no es difícil verme leyendo libros extraños, con títulos como: “Experimentos con gente” o “No eres tan inteligente”, que intentan levantar la capa de pintura exterior, observar el comportamiento humano de una manera mínimamente objetiva (tarea imposible) y explicar, con datos un poco más fríos que las explicaciones de siempre, cómo somos las personas y por qué hacemos realmente lo que hacemos, guste o no el resultado.

Pronto aprendes que, muchas veces, la realidad no se parece en nada a las historias que nos cuentan (y nos contamos) sobre cómo somos y qué nos ha movido a hacer algo.

Aprender más no hace feliz, no tiene nada que ver con eso, muchas veces ni siquiera libera, pero puede servir para entender por qué has hecho esa gilipollez, a lo mejor (eso ya sería pedir demasiado) para no repetirla, o al menos para seguir siendo un gilipollas, pero uno menos enervante porque no se autoengaña tanto.

También sirve para ver por qué aquella vez tuviste ese acto de valor y quizá excavar más en ese pozo.

La de hoy es una historia de paradojas, porque una de las conclusiones principales de esos libros extraños que suelo leer es esta:

La introspección, el mecanismo mediante el cual reflexionamos sobre nosotros mismos para explicarnos las cosas, suele ser, en la mayoría de ocasiones, un montón de basura que nos contamos y que no explica la realidad de lo que ha pasado.

¿Por qué? Porque la introspección se usa, muchas veces, para proteger nuestro ego y la imagen que tenemos de nosotros mismos. Por eso acabamos fabulando explicaciones mentirosas y pacificadoras sobre lo que hemos hecho en cierta situación y por qué.

Y las repetimos hasta que nos las creen y nos las creemos.

Darse cuenta de que esto es así resulta una cucharada amarga, pero una y otra vez se ha demostrado que se puede manipular a la gente con una mera canción que ni siquiera están escuchando conscientemente, con tres o cuatro palabras bien colocadas o que, sin mucho esfuerzo, personas que se consideran decentes puedan cometer actos aberrantes siguiendo la voluntad de otros.

En bastantes ocasiones se pueden conseguir esas cosas de nosotros y, aún así, cuando seamos introspectivos buscando una explicación para lo que hemos hecho, muchas veces construiremos excusas para negar las realidades.

¿Cuál es la conclusión práctica de todo esto? ¿Para qué saber más sobre el comportamiento humano si no suele ser agradable? ¿Cuál es su utilidad práctica?

No creo que las cosas deban servir necesariamente para algo práctico a fin de tener valor, aunque este es un caso en el que sí hay cierta utilidad.

Para empezar, es bastante probable que si uno se molesta en aprender sobre cómo somos realmente, la siguiente vez escriba mejor sobre persona(je)s. Para seguir, voy a comentar algo que aprendí hace tiempo, en otra vida.

Si sabes sobre estas cosas, muchos automatismos inconscientes que dominan nuestros actos empiezan a tener menos poder sobre ti.

Si uno conoce un poco más sobre por qué hacemos lo que hacemos, de manera natural va rompiendo comportamientos automáticos instalados, deja de ser tan robot y, lo que probablemente es aún más práctico en la vida, deja de ser el robot que otros utilizan.

No es este el sitio ni yo quien para explicar esto largo y tendido, pero cuando uno aprende más sobre este tema, se producen dos efectos inevitables.

Uno es que aflora cierta cosa llamada Reactancia. En su vertiente psicológica es la resistencia natural que cualquier persona tiene dentro y que surge cuando la quieren dominar o manipular (ya sean otras personas o los propios hábitos que nos hemos generado nosotros mismos).

El otro efecto es que surge la capacidad de captar los patrones de lo que está sucediendo, de reconocer cómo funcionan las cosas. Como dijo un viejo mentor con sorna, «de ver Matrix».

Cuando uno se molesta en mirar detrás del decorado y ver la maquinaria que hace que las personas se muevan, empieza a reconocer cuándo están actuando esos patrones. Empieza a ver por qué la gente ha hecho las cosas realmente, por qué él mismo siente una urgencia u otra, por qué se ha reaccionado así y no de otra manera.

Esa capacidad ver con una perspectiva más amplia da una mayor capacidad de elección sobre lo que quieres hacer, puede que incluso un mayor dominio.

En muchas situaciones vamos a seguir siendo unos capullos (yo el primero) y seguiremos haciendo lo mismo que antes, pero al menos sabemos que los somos, lo cual nos hace un poco menos tontos automáticamente.

Y cuando los demás van a pulsarte el botón que dispara tus reacciones automáticas, puedes verlo y, a veces también, que tu reactancia corte el cable y ser un poco menos robot ese día.

No siempre se es más feliz siendo un humano que siendo un robot, pero al menos siempre eres más persona y por eso mismo, más capaz de comprender, y quizá escribir, mejores persona(je)s.


Publicado originalmente en http://www.hojaenblanco.com donde se pueden encontrar más historias como esta.