No era un domingo cualquiera. Afuera el viento y la lluvia azotaban las ventanas del templo, y aunque eran poco antes de las 10 de la mañana, continuos flashes de luz causados por los rayos daban una sensación extraña de cobijo.
Me dije a mí mismo que aunque mojados los zapatos, al menos estaba bajo techo. Esta tormenta tropical estaba haciendo estragos en las calles, inundando alcantarillas y dejando rutas intransitables. Dos carreteras importantes estaban bloqueadas por derrumbes y el meteorológico no atinaba a predecir el final del temporal. Aparentemente, esta vez el ciclón decidió estacionarse justo al frente de la costa sin entrar a tierra firme y dedicarse a hacer lo que mejor sabía: dar vueltas cada vez más rápido. Sus enormes brazos de 200 Km de largo alcanzaban a cubrir todo el país, mojándole hasta la ropa interior. El cielo de un gris oscuro que dejaba pasar apenas una luz tenue de crepúsculo.
Como era natural el calor de la gente y la humedad empezó a subir conforme los feligreses llegaban. Un vistazo alrededor me confirmó que reconocía casi todas las caras. Era usual toparse a la misma gente en misa, lloviera, tronara o nevara.
Don Anastasio con su mujer, viejitos de ochenta y pico, bien sentados en primera fila. Sólo el hecho de levantarse ya lo imaginaba como una tarea titánica, pero ahí estaban. Como siempre. Movidos por esa misteriosa fuerza insondable que dan años sobre años de hacer la misma cosa todos los domingos. La fuerza de la costumbre.
Doña Lola y sus tres hijos, todos niños, peleando entre ellos por ver a quién le tocaba su turno con el Nintendo. Ella se siente devota inculcando valores religiosos obligando a los pequeños a asistir, aunque en el fondo es posible que ella misma no esté muy convencida. Ya tuvo sus malos años cuando se divorció de su marido agresor y alcohólico que más de una vez la mandó al hospital. La fuerza del deber hacia sus hijos la hacía seguir en pie y asistiendo todos los domingos.
Don Pedro y su esposa, la tercera que se le conoce, era el gobernador y tampoco se perdía la oportunidad de figurar los trajes comprados en New York o los zapatos italianos. Realmente era extraño ver a alguien de traje entero de pies a cabeza y ella con un sombrero escarlata y vestido sobrio a la rodilla. En estos días todo el mundo iba sport, pero era claro que una de las razones que don Pedro tenía para batallar con los elementos era, hacer campaña. La fuerza de las apariencias.
¿Por qué estaba yo ahí en ese momento?. ¿Qué me hizo levantarme ese domingo de lluvia, alistarme y salir bajo el minúsculo paraguas que compré en el supermercado, que a duras penas logró mantener seca la cabeza y los hombros?
Echando la memoria andar, me di cuenta que siempre había ido los domingos a la iglesia. Desde que era pequeño y mi madre me llevaba de la mano, explicándome con esa dulce voz de qué se trataba todo aquello. Por supuesto no lo entendía, y me tomó años hacerme un criterio propio. Claro está que la “gente buena” iba a misa y la “gente mala” no. Por supuesto nadie quería ser del segundo grupo, porque esos eran los que en vez de subir al cielo en un ascensor de oro (así me lo imaginaba yo), los empujaban a un tobogán que iba a dar directo a una laguna de fuego con los bichos más feos que mi imaginación fuera capaz de crear. No fue muy difícil que esa idea fuera creciendo y alimentándose de varias imágenes en mi memoria de curas acusadores que hablaban en voz muy alta desde el púlpito, de imágenes de santos ensangrentados y aquel pobre hombre que llevaba corona de espinas y cruz a la espalda en semana santa con cara de alma en pena.
Creo que ahí nació la idea principal del porqué de mi “devoción”, ya que esa sensación eléctrica de susto recorrió una vez más mi espina dorsal. A mis años y aún me pasaba. Definitivamente yo estaba ahí por la fuerza del miedo. Ese miedo a fallar, a las consecuencias de no hacer lo que me inculcaron era correcto, a llevarle la contraria a algo más grande que yo y que no comprendía.
Tal vez creía que de no seguir el juego, una mano omnipotente iba a bajar de los cielos para aplastarme cual insecto con su pulgar del tamaño de un edificio, o bien, una versión más terrenal de que nada iba a funcionar bien si no lo hacía. Que la mala suerte me iba a acompañar como justo castigo de mi falta de atención para con el Todopoderoso.
Qué curioso que a través de la vida, muchos de los miedos se van superando poco a poco. El miedo a la escuela, el miedo a las matemáticas, el miedo a las mariposas nocturnas, qué sé yo. Lo interesante es que el miedo es un motivador muy fuerte, tal vez el más fuerte, y trae consigo la semilla de su propia destrucción siempre que uno se anime a enfrentarlo. Cuando llegamos al límite de nuestras fuerzas para soportar el miedo, se abre esa puerta que nos permite pelear con él y casi siempre ganarle. El miedo tiene la tendencia de magnificar todo a niveles imposibles cuando en realidad detrás de él no hay más que aire.
El miedo ha sido responsable de definir el curso de la historia en más ocasiones que el valor. Incluso ha sido el motivador del valor mismo en muchos casos. Recuerdo a los esclavos luchando por su libertad luego de años de miedo y opresión, una y otra y otra vez. Egipto, Roma, China, India, Haití, Lousiana.
Esas mismas batallas cada persona las libra día con día, sólo en su interior. Es posible que perdamos mil batallas y el miedo siga ahí, pero como decía Winston Churchill, “para ganar la guerra sólo hace falta ganar una batalla… la última”
Pero, ¿cómo se llama ese chispazo que se produce cuando ya no podemos más?. ¿Ese pequeño virus del “suficiente, hasta aquí llegó esta mierda!” y nos hace rebelarnos contra el miedo? Click! Me pareció escuchar mi propio cerebro cuando di con la respuesta… Es aquello por lo cual toda la gente realmente vino hoy. Es la fibra que todo ser humano tiene en el fondo, muy oculta entre todas las banalidades posibles, pero está ahí. Es la Fe.
No me refiero a la fe religiosa, ya que ese concepto me parece una desviación conveniente del término, sino a la Fe pura. Simplemente creer que sí se puede. Como si estuviéramos rodeados de lobos listos a saltar y nos tiraran un cuchillo. Esa Fe. El “mirá, tal vez si pueda después de todo!”
Todo el mundo aquí tiene Fe, de una manera u otra. Don Anastasio tiene Fe que vivirá otro día para contarla, doña Lola tiene Fe en sí misma y en su capacidad de darles a esos hijos las mejores oportunidades, don Pedro tiene Fe de ser re-electo y por último yo… Yo tengo Fe de que podré vencer este miedo de dejar de ir a la iglesia para tener una mejor relación con ese que llamo Dios que al fin y al cabo, soy yo mismo, los que me rodean y hasta ese huracán bailando en el Caribe lavándolo todo ahí afuera.
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