Cuando niño…

Cuando niño me vi rodeado de gente que creía en Dios y gente que no. Escuchando atentamente sus argumentos no pude menos que pensar: “ambas posiciones son correctas”.
Cuando expresé esta opinión en clases de catequesis, me preguntaron: “¿Cómo es posible que ambas posturas sean verdaderas si se contradicen mutuamente”? Y yo respondí (no con las mismas palabras obviamente, pero poco más o menos): “Es sencillo, ambas posturas expresan dos extremos de una misma gran verdad: la filiación del hombre con el Cosmos del que forma parte. El ateísmo expresa la orfandad de quienes se sienten desvinculados del Todo; la fe, en cambio, expresa el sentimiento de quienes se sienten parte de algo más grande que ellos mismos”. Simple, sencillo… por eso es cosa de niños.
Por supuesto, la mayoría no estuvo de acuerdo, pero yo sentí que la posición de cada uno estaba íntimamente unida a esa disyuntiva respecto del universo circunvalante: orfandad versus amparo, abrigo, pertenencia.
Con los años esta intuición infantil me ha servido para entender que nunca nada es completamente blanco ni completamente negro, y también para sentirme cada vez más enamorado de la vida, del camino humano, de la bondad infinita de un Cosmos en que todos cabemos.
No necesito a Dios, pero veo una expresión de amor en todo lo que existe. Amo la vida, amo escribir, amo a mi mujer, a mi compañera — sólo pensar en su nombre me estremece — , amo a mi hija y a su hijo, amo el camino que la condujo hasta mí y amo la naturaleza humana, considerando incluso sus caídas, porque sé que a través de esa naturaleza, que muchas veces no entendemos y nos horroriza, se expresa la búsqueda de algo superior en el Cosmos.
Sea lo que sea que entendamos cuando decimos “Dios”, eso que expresamos al mencionarlo no necesita que creamos en Él/Ella (vamos, nadie pensará a estas alturas que “Dios” pueda ser masculino). Después de todo, como dice el viejo koan: “¿Hace ruido un árbol al caer en medio del bosque si no hay ningún ser vivo cerca como para escucharlo?”.
Cuando yo digo “Dios” quiero decir sencillamente: el principio y el fin de todo lo que existe (el alfa y el omega), pero también el amor que se expresa en ello. Desde niño pensé en la ley de gravedad como en una especie de “amor” que mantiene unidos los cuerpos celestes. También pienso en la conciencia universal que poco a poco, en la medida de nuestras capacidades, se abre camino en la maraña de la mente humana; y en el sentido, el propósito de la evolución cósmica, etc.
En fin, desvaríos de mi mente afiebrada en estos últimos estertores del invierno en el hemisferio sur. No han de tomarse tan en serio mis palabras. Después de todo, habla un hombre enamorado…