aquellos veranos

Photo by Carles Rabada on Unsplash

Era agosto, antes siempre era agosto, y la larga playa de Zarautz estaba llena de gente, sobre todo el fin de semana, aunque no tanto como las del Mediterráneo que veíamos en las noticias llenas de sombrillas. Nuestro pequeño txoko era como un gran salón donde la mayoría éramos conocidos, de los toldos de al lado. El barquillero, que a pesar del nombre vendía sobre todo patas fritas en bolsas de papel aceitoso, recorría la playa a limpio grito anunciando el producto. ¡Haaypatataas! ¡Haaypatataas! La bandera que indicaba el estado del mar, podía ser amarilla en nuestra zona y verde un poco más allá, sin banderas para juegos náuticos ni para surfistas, que estaban mezclados con el resto de bañistas. Entonces, y también ahora, cogíamos las olas tirándonos en plancha y dejándonos llevar sobre el pecho, con la cabeza fuera del agua, intentando no chocar con nadie. A media mañana, la abuelita sacaba su pequeña navaja y comenzaba el ritual de las manzanas. Pelaba y cortaba trozos de la fruta que iba dándonos a sus nietos y nietas, que rigurosamente guardábamos el turno en fila, teniendo los pequeños preferencia en la fila y en el pedazo de manzana. Y cuando un pedazo caía a la arena, se pasaba por debajo de la ducha y listo. A veces había también algún caramelo de naranja o limón al fondo de la cesta que eran el no va más en esos momentos. De vez en cuando pasaba por el cielo una avioneta con un cartel atado a la cola, anunciando cualquier cosa y hacia el mediodía, los mayores se iban a echar el vermut a los bares del malecón. ¡Qué felicidad cuando me dejaron ir con ellos! Cambié la manzana por el vaso de txakolí y una croqueta. Un txakolí que entonces se bebía en vaso grande, que a mí me mareaba un poco y que el abuelito lo bebía con auténtico deleite, saboreándolo con una sonrisa. Imagino que ahí encontraba las raíces de su madre zarauztarra.

Todos los días eran iguales y diferentes, con nuestras carreras de canicas en un circuito que hacíamos con cuestas, túneles, curvas y subidas. El Mortirolo era la mayor dificultad que teníamos que superar y a veces era tan alto que sin querer lo pisábamos al ir a coger nuestra canica. Los pequeños ciclistas de plástico, con sus maillots de colores, avanzaban, se adelantaban y pinchaban. Las botxas y jugar a pala, eran los otros juegos de la mañana. Interminables partidas para acercar las dos bolas de color a la bolita de madera, con sus risas y bromas, sus enfados, los piques y el baño posterior todos juntos, corriendo hasta el mar. Otras veces nos íbamos con cubos y palas hasta las rocas cercanas al pequeño puerto y allí cogíamos cangrejos negros, kiskillas y conchas. Había otros cangrejos que tenían el color de la arena y se escondían en ella. Era toda una aventura.

Y el día que después de comer íbamos de excursión a Getaria por el monte, subiendo por la ermita de Santa Bárbara, era un día especial, de mochilas con cantimploras y bocadillo de chorizo. Comenzábamos la subida y enseguida llegábamos a los txakolís que visten las faldas del monte hasta lo alto. Un pequeño templete de columnas, totalmente fuera de lugar, hacía imaginarme historias inverosímiles. El mirador natural, al lado de la ermita, siempre cerrada, era el lugar donde merendábamos, mirando el pueblo costero a nuestros pies, con su gran playa y su hilera de toldos y buscando el nuestro. Oteábamos el horizonte para mirar el monte que teníamos enfrente, con el camping de arriba y de abajo y las grandes rocas adentrándose en el mar. Y más allá, adivinábamos o inventábamos Donostia y qué se yo, incluso Hendaia. Y después de merendar, seguíamos el camino lleno de limakos y babosas, recogiendo espigas de alguna hierba que el abuelito llevaba a sus canarios para que cantasen mejor, entre txakolís y algún baserri, hasta llegar a la loma que entra hasta Getaria, el pueblo pesquero, con sus calles de adoquines bajando hacia el puerto donde los grandes barcos rojos, verdes y azules y el olor a sardina a la brasa nos daban la bienvenida. Allí mirábamos con curiosidad a las mujeres cosiendo las redes, a los pescadores descargando cajas llenas de bonito y corríamos hasta el espigón del puerto, bajo el faro que está en la cabeza del Ratón, y nos sentábamos con las piernas colgando al mar y divisando el Cantábrico y su costa. Y después del pote de vino que se echaban los mayores, y un kas de naranja para los pequeños, volvíamos en autobús hasta Zarautz, pasando por los pequeños túneles en donde, jugando, aguantábamos la respiración y sintiéndonos en casa al pasar por el diminuto puerto de txalupas. Y después la noche entraba, pero esa es otra historia que fuimos conociendo cada año mejor.

En estos días de encierro, ordenando fotografías, he recordado aquellos días en donde la mayor felicidad era llegar a casa de la playa y que la ama te pusiera after sun en la espalda y después, casi a las cuatro, comer en la cocina con el olor a salitre del último baño.

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