Boca vs. River

Versus: palabra latina que suele abreviarse «vs.» y significa «hacia». En su origen se refería al movimiento de ida y vuelta ejecutado por el labrador al arar la tierra. Esta palabra fue introducida en nuestro lenguaje por el idioma inglés en el sentido de «contra». Este último uso de la palabra ha sido, tradicionalmente, impropio del español, pero ha acabado siendo aceptado por el avance que la Real Academia Española está realizando de la vigésima tercera edición de su diccionario.

Que yo esto. Que vos aquello. Que somos muy distintos. Que mirá lo que hiciste. Que te olvidás lo que hiciste vos. Que ni se compara. Que vos sos tal cosa, que yo soy tal otra. Que sos una vergüenza, que el que siente vergüenza soy yo. Que vos te olvidás. Que yo no me olvido. Que “grave” es otra cosa. Que cuando vos hacés tal cosa, yo hago tal otra. Que parecidos, que diferentes.

¡BASTA! POR FAVOR, BASTA.

Nacimos todos en el mismo lugar. Caminamos todos las mismas calles. Nos miramos las caras todos los días. Nos abrazamos. Nos queremos. Nos hacen reír las mismas cosas. Nos hacen llorar las mismas cosas. Nos reímos todos juntos. Nos frustramos todos juntos.

Me compete y pido encarecidamente a los PROFESIONALES que tienen (o deberían tener) RESPONSABILIDAD al comunicar, que la asuman y no continúen dividiendo una sociedad inmadura y partida en pedazos. PIENSEN. Sean PROFESIONALES. Midan las consecuencias de su rol.
Situaciones como esta necesitan bajar los decibeles, no aturdir con más información y confusión.

Hubo un hecho eventual que estuvo a la vista de todos. Para ser más precisos, un hecho que estuvo casi a la vista de casi todos. Este evento no es aislado. Se repite. Una y otra vez. Año tras año, mes a mes, semana a semana. Vivimos en una sociedad que oscila entre la notoriedad o no de estos eventos, pero que los sufre constantemente. Hay que asumir que nuestra sociedad está enferma. Y no hay cura. Pero podemos revertir la enfermedad. Suena contradictorio, pero no lo es. No hay fórmula mágica que elimine en un corto plazo el problema que nos aqueja, pero está en cada uno de nosotros la solución a lo que desencadenan estos conflictos. Porque lo más grave no es la célula dañina original, sino la veloz metástasis que transforma a cada individuo sano en una célula atrofiada, oscurecida, y termina por dominar a todo nuestro cuerpo social.

Nos amamos cuando aparece la celeste y blanca, nos odiamos al año siguiente cuando pasamos de dos a cuatro colores. Un acto mal intencionado, mal pensado (no interesa si poco o mucho), llevado a cabo por un minúsculo grupo de personas con claros problemas de conducta, se hace visible a toda una sociedad. Y algo que piensan y hacen dos o tres individuos, termina afectando la emoción, la razón y la conducta de muchas (muchas) más personas; finalmente, de toda una sociedad (nadie está exento al tema, todos alguna postura tomamos).

Esa es la punta del iceberg. Lo que está hundido en nosotros como grupo social es la reacción y las decisiones ulteriores; lo que viene después. Desde lo eventual, hasta lo reflexivo. Comenzando por los actores principales, responsables de tomar una decisión, que demoraron más de 1 hora en marcar un límite claramente excedido (siendo transmitida y recibida en vivo a toda una sociedad); todos ellos actuando de manera inconsciente (sin consciencia real de lo que está pasando ni de la repercusión de lo que está sucediendo). Y siguiendo luego con la réplica ad-eternum en medios de comunicación masiva y redes sociales; donde los responsables pasamos a ser cada uno de nosotros, seamos profesionales de la comunicación o meros individuos sin mayores facultades analíticas respecto a qué decimos, cómo lo decimos, qué se recibe y cómo se recibe.

Los periodistas toman posturas conflictivas y activan una suerte de justicia por mano propia en busca de la verdad de los hechos, en lugar de buscar la verdad profunda de lo que realmente está pasando en nuestra sociedad.

Los espectadores ante este evento, no se retiraron indignados, no apagaron el televisor, no se llamaron a silencio comprendiendo que el evento los excede y los identifica al mismo tiempo. En cambio, se convirtieron en policías, árbitros, jugadores, directores técnicos, dirigentes, hinchas, barras; a todos les picó el cuerpo y le ardieron los ojos. Y, por supuesto, de pronto, todos tuvieron la fórmula para resolver la situación eventual: “El árbitro tiene que hacer esto”, “Arruabarrena no puede decir aquello”, “Los de River no tienen que hacer tal cosa”, “Los de Boca no pueden hacer tal otra”. Todos tienen un diagnóstico y todos tienen la aspirina para este dolor de cabeza; pero no veo a nadie preguntarse sinceramente de dónde viene la jaqueca social que tenemos hoy. Porque la jaqueca no se produce por el hecho eventual, arranca con todo lo anterior, aparece como un dolor de cabeza en el momento del hecho y se magnifica con todo lo posterior. El evento es lo que menos importa hoy. Por suerte no trajo consecuencias mayores a los agredidos. Pero una vez más destapó una olla que nadie quiere ver, tocar ni oler.

Me encantaría que alguien hable, en los medios de comunicación masivos y se replique en las redes, de los pasos a seguir para dejar comenzar a dejar de ser la sociedad que cae en este efecto dominó luego de esta clase de comportamientos inadmisibles.

Los intelectuales que brindan su vida a las ciencias sociales en este país deberían analizar con profundidad estas cosas y proponer cambios desde un lugar lo más objetivo posible. Sin banderas, sin políticas, sin pasiones, sin ego mediante. Hablándole de frente al individuo, a la familia, al grupo, a la nación (o naciones) que conforman este país.
Cuando esta sociedad empiece a solucionar el grave problema que tiene, recién ahí vamos a empezar a ver decisiones claras ante hechos de violencia, recién ahí empezaremos a ver personas con valores sólidos que sepan qué hacer y cómo actuar en momentos críticos. Hasta entonces seguiremos viendo miedo, indecisión, duda, inseguridad y fomentando todo eso desde nuestros medios de comunicación.

Cuando lleguemos a esa madurez como sociedad vamos a poder disfrutar de lo que tenemos. Desde los hinchas, hasta los jugadores. Desde los dirigentes, hasta los alcanza pelotas. Lo lamentable es que nos falta mucho, lo esperanzador es ver que algunas personas se dan cuenta de esto y caminan hacia el centro, silenciosamente, en busca de equilibrar la balanza.

Cuando nos demos cuenta que somos una sola cosa como sociedad, como país (y no extiendo más el mapa porque es inútil en este momento), cuando entendamos que esto no “le” pasa a alguien, a un color, a un club o a un grupo de gente, sino que nos pasa a todos y a cada uno de nosotros… ahí vamos a saber resolver y sobrellevar con cordura situaciones como esta. Con sinceridad, sin confundirnos, sin temores, sin apasionarnos como esos pocos que cometieron una locura.

Es difícil erradicar estos actos, tal vez imposible. En una sociedad hay muchas personas y muchas realidades. Lo que sí se puede es fomentar el sentido común y la consciencia social para aprender a lidiar con estos hechos de una manera más sana, menos enfermiza.

Y que quede claro, no debemos perder la pasión que nos da el fútbol, la política, el arte… porque esa es nuestra esencia, eso somos. Pero tenemos el deber, como sociedad, de ponernos límites para poder pensar y actuar unificados ante un evento que los excede. De esa manera vamos a ser capaces de vivir nuestras pasiones con salud y felicidad plena.

Debemos reflexionar para resolver los problemas que tenemos más allá de lo eventual, para sanar como sociedad. Hay que hacernos las preguntas correctas, a nosotros mismos. El día que logremos eso ya no va a hacer falta justicia. La justicia va a estar en la decisión de cada uno de nosotros.

Hay que ir y volver, arar la tierra. En la crisis, sembrar paciencia y no pasión. Ir todos juntos «hacia», no «contra».

Fuentes: http://es.wikipedia.org/wiki/Versus
http://lema.rae.es/drae/srv/search?key=versus
http://lema.rae.es/dpd/srv/search?key=versus