Últimas escenas de mi cena de Navidad.

CUENTO DE HUMOR COSTUMBRISTA URBANO

Gracias a Dios, este fin de año fue un quilombo de trabajo para mi productora. Las cosas así, mi mujercita adorada me dijo: “no te hagas problemas, de la cena de Navidad me encargo yo…”

Por mi parte, ya les conté que albergo en mi cuerpo 50% de ADN vascuence, que está maravillada con que los genes tengan el ácido desoxirribonucleico porque suena a apellido familiar. El otro 50% de genes son italianos que están convencidos que entre el ADN y el DNI no hay diferencias.

Tradicionalmente, en casa, quien ha venido preparando la cena de Nochebuena ha sido quien les relata. Debo reconocer que no soy muy original. Casi siempre hago un asadito y listo: compro una vaquilloncita entera (sin cortar como media res sino abierta al medio), la relleno con un chanchito, al que le meto unos pollitos rellenos de jamón y mozzarella. La tía Delia de mi mujer y mi abuela tana pelan 50kgs de papas blanca lavada, las hacen al horno de la pizzería del barrio de ellas y le damos el toque final en los hornos de la cocina de mi casa. La Porota, tía de mi mujer, habitualmente prepara unos diez kilos de ensalada de frutas con todo, especialmente regada con abundante sidra, con la que el piberío se pone más rompebolas que de costumbre.

Para chupar, con la crisis comprábamos damajuanas de Vasco Viejo, pero cuando las cosas fueron menos mal nos animamos al López y el año pasado nos jugamos con el Norton Clásico en botellas, que bancamos entre todos los concurrentes. En pleno despelote, la gaseosa para los chicos pasó de la “Coca” y la “Pecsi” al Suin con soda Chispal. Después volvimos por Galope Cola y finalmente estamos de nuevo con “Manaos” y cuando nos asentemos volvemos a la “Coca” para meterle al fernet, las“Pecsi” y “Esprait” tienen que ser “lait”.

Mi esposa querida, que es funcionaria judicial, y por lejos la más finoli de las dos familias, me preguntó cuántos íbamos a ser este año y yo le contesté “los de siempre”. Ella sonrió sarcásticamente, me miró fijo a los ojos y salió para un restaurante que pusieron en City Bell, de esos gourmet modernosos y minimalistas que te hacen todo a medio cocinar. En ese momento, como un nabo cortado al medio no sospeché de nada.

El 24 estuvimos en rodaje hasta las siete de la tarde. Levantamos los bártulos y nos fuimos todos juntos en el camión del Rubén que es nuestro “gerente de logística” y tío político de mi mujercita. Las respectivas familias ya sabían como llegar a casa como todos los años.

Llegamos tardísimo. No había tiempo de ducharse o darse un chapuzón en el tanque australiano, por lo que recurrimos a la nacional y popular manguera en la sabiola; sacudida de pelos y a cenar.

Cuando fuimos al quincho nos esperaban un montonazo de adolescentes indeterminables, vestidos como para hacer de murgueros. Sin embargo estaban todos duritos, sosteniendo bandejas con empanadas en la derecha, a la altura del pecho, y con el brazo izquierdo a la espalda, excepto uno que tenía el derecho y sostenía la bandeja con la zurda. Siempre se te cuela un bolche.

Mi primo segundo, el Gordo Alfredo, que es nuestro proveedor de catering en rodaje, cuya empresa se llama Comemoscomocerdos, me dio un codazo y me dijo con su voz de rallador:

— Tano… y a estos muñecos ¿de donde los sacaste? ¡Faltan como “do” meses p’al carnaval!

— ¡Ah! No sé, — contesté yo — preguntale a la Negra, mi mujer, que son cosas de ella… Acordate que vos le dijiste que estabas ocupado con mucho trabajo hoy… — Alfredo gruñó y aceptó una empanadita en miniatura de aspecto hojaldrado. Se la metió en la boca de un solo saque. Vi que el rostro se le desencajaba, tosió, salió al parque, escupió el bocado y dijo a los alaridos

— ¡¡¡…jos de pu… ta…!!!! ¡¡¡Es de dulce de zapallo!!!”.

Ocurrido esto se me acercó un rubiecito de ojos celestes, peinadito con gel…

— ¡’Usté’ es el dueño de casa! ¿nooo? Me lo dijo su señora. ¡Ay, noooo, chicos! Esto es puré de calabacines acaramelados, aborrajados en un fina masa crocante de mil capas… — Yo lo miraba como el más boludo y afirmaba incrédulo con la cabeza, la boca semiabierta de estupor, y lo miraba a Alfredo, como diciéndole “¿Ves bestia? No sabés nada”

— ¿Qué te dije? — respondió el Gordo Alfredo– ¡¡¡empandas de dulce de zapallo y abejorros!!! De estas comí en Santiago del Estero cuando fui de vacaciones a Termas de Río Hondo cuando me dolían los juanetes.

El rubiecito horrorizado, me siguió explicando cómo sería el funcionamiento del “banquét” (no, no, no, banquete no: banquét) de esta noche. Resultó una marica entrañable como escapada de uno de los personajes del ahora finadito Fernando Peña.

Una moza, que para mi no tenía más de dieciséis años, hacía equilibrio inestable con una bandeja de copas flauta con algo que daba el aspecto de estar muy frío, y por la poca luz parecía champagne rosado. Me mandé una copa como si fuera agua. Era algo dulce y pringoso. La mariquita rubia se me acerca y me cuenta al oído:

— ¡Esto es sumo de madroncillos ahogados en sidra casi a punto de congelamiento! Su mujer, no quiere se embriaguen temprano como todos los años… Ji, ji, ji” — Yo lo miré con cara de “te rompo la trompa” cuando se me acercan el dúo formado por Steve Wonder y José Feliciano, que no son otros que mi director de fotografía y el camarógrafo.

Steve me dijo con indignación:

— ¡Tano, antes tomábamos vino blanco antes de morfar, pero esto de servir Fresita es para maricones!

— No, Ciego –le contesté– es sumo de madroncillos ahogado en sidra…

— ¡Pero tiene gusto a Fresita que es cosa de minas!” — apoyó José Feliciano.

La mariquita, con modales un tanto exagerados nos invitó a sentarnos. Las mesas eran un primor. Mi mujer sonreía como diciendo “los cagué a todos”. Mi vieja y mi viejo contaban los cuchillos y tenedores que tenían a cada lado de los platos. Mi abuela, la vasca, le pasó la servilleta a cada una de las copas. Mi cuñado Rolo, hermano de mi mujer, que es mi iluminador y propietario de la empresa “El Fresnell Lisito”, me dijo por lo bajo:

— Tano, esto viene mal…

Yo me indigné:

— Reclámale a tu hermana, que la conocés de hace más tiempo que yo…

Como vio que me empezaba a salir espuma por la boca, no insistió más.

En esas aparecen la comparsa de los veinte adolescentes murgueros, que a la luz del quincho descubrí que eran de los tres sexos, con dos platos cada uno. Nos los pusieron sobre los platos más grandes que a su vez estaban sobre una bandeja de acero y bronce, muy bonitas. Mi abuela vasca tuvo una lucha cuerpo a cuerpo con la moza que le tocó en suerte porque osó querer agarrar el plato de mi abuelo para ayudarla. La vieja sigue siendo celosa.

En eso la marica, que oficiaba de anunciador, grita con toda su voz de flauta con tierra:

— Esto es un sampler de tres mousses de paté: ánade, pernil, y quesillo de cabra nadando sobre un lago de jaletina, con un colchón tibio de vegetales crocantes, tomates confitados, y rúcula glaseada con azúcar negra, tomillo y semillas de sésamo.

Si de entrada ya sonaba a un asco, mi abuelo vasco (97), la mira a su consuegra (mi abuela gallega, 91) y le dijo:

— ¡Sabíamos que el Jorgillo andaba de culatas con el trabajo, pero podría haber puesto un poco más de picadillo Swift pa’ca’uno…!”

El “lago de jaletina” no era otra cosa que pedacitos de gelatina sin sabor desparramados en el fondo del plato donde se perdían tres cucharaditas de patefuá, jamón del diablo y un poquito de Mendicrim diet ácido como conductor de programas de chismes.

En cambio lo del pan estaba bueno. En lugar de platitos con pan había algo así como copones con unas galletas finitas, un pancito negro y unos grisines finitos como sahumerios. Mi abuelo vasco agarró una de las galletas y dijo “¡Ostia!” Mi abuela (90) lo retó por blasfemar en Nochebuena.

— No mujé, dije hostia con hache (SIC), no ¡ostia! Quería decir que parece una hostia de las con hache.

El sampler debe haber durado menos de dos minutos en los platos. Creí que el gordo Alfredo gruñía de nuevo, pero era el ruido que le hacía la panza insatisfecha de que la amenacen con comida y no se le den.

Los murgueros retiraron los platos. Pasamos casi media hora divertidos como locos escuchando a Enia, la Filarmónica Celta y Electric Tango. Finalmente se aparecieron los raros con una copita chiquitita de licor con helado.

El marica, como no se podía esperar otra cosa, se puso a explicar lo inexplicable:

— Esto es un sorbete de citrón, con su sabor ligeramente potenciado con breves toques de citronella fresca y hojas verdes frescas de hierbabuena. Mi suegro (72) lo probó, la llamó a su camarera y le dijo:

— Nena, no me malinterpretes, pero a mí el helado de limón no me gusta, ¿me podrías traer el café directamente…?

El anunciador atento a todo le explicó que ese sorbete era para refrescar y limpiar el paladar entre dos platos. Lapizchato –mi escenógrafo y marido de una de las mejores amigas de mi mujer– le dijo sin rodeos

— ¡Che pibe! ¡Si esto no alcanzó ni para ensuciarno’una muela! ¿Qué paladar queré que no limpiemo’? ¡’Sta impecable, ‘sta!

Hasta ese momento no nos habían servido otra cosa que agua con gas, sin gas y una asquerosidad que era jugo de melón con sidra por indicación de mi mujer que quería pasar una Navidad sin llamar a los de Emergencias Médicas por los borrachos que coleccionábamos todos los años. La música se había puesto buenísima porque ahora era “chilaut”, que es como querer acompañar al lavaplatos con un teclado sofisticado.

Antes del plato principal nos sirvieron el vino. Era uno con una etiqueta bastante mistunga. Sirvieron poquito en cada copa. Hicimos el primer brindis. Mi suegro lo probó y como no había sifón a mano le echó agua con gas de la copa de mi suegra (69). Hasta ahí todo bien, pero a mi mujer se le ocurrió decirme que se trataba de un Felipe Rutini, edición rubricada de setecientos veinticinco mangos la botella… Allí fue cuando corrí, lo agarré a mi suegro del cogote y casi lo estrangulo.

A los pibes les ofrecieronn “sumo de albaricoque o de pamplemusa rosada”. No se rompan el bocho ni busque en el diccionario. Los probé a los dos y eran jugo de damasco o de pomelo rosado, los dos Baggio de cajita… Los pibes seguían pidiendo “Coca”, “Pecsi” o “Esprai lait” porque estábamos en Navidad. Yo creo que hasta con Manaos tranzaban.

Esperamos otra media hora más, ahora escuchando coros navideños gregorianos del los monjes de la cofradía del Santo Plomazo. Ni siquiera podíamos tirarnos bolitas de miga de pan porque ya nos lo habíamos comido todo. Entonces llegó el plato principal. Eran dos patas de algo haciendo equilibrio sobre una torre de papas.

— ¡Dejemen adivinar! –le dijo el Chispa nuestro eléctrico, a la marica– ¡Esto es pollo al Rasti! ¡jua, jua, jua!”

— ¡Ay, no, no, nooo! Esto es paca al vino verde lusitano, con hojaldre en lonchas crocantes de papines rústicos patagónicos, bañados con mantequilla clarificada de cilantro, salseado con una pasta de almendras y avellanas marchitada en caldillo de maracuyá y otra de combinación de hierbabuena y amáraco.

El hojaldre de papines “crocantes” era papa hervida. La manteca clarificada era manteca derretida. ¡Y Sancor, seguro que no era, o había estado fuera de la heladera varios días!

En una de esa lo veo a mi hijo menor, explicándole al primito de siete años que ¡eso era conejo! y que esas patas, en particular, eran las de Bugs Bunny… Los pibes rompieron en llanto horrorizados.

Mi tío Julio (81), hijo de sicilianos, le pidió al rubiecito a ver si había otra cosa que no fuera conejo, porque iba a soñar que le pateaba el estómago esa noche. Yo retiré el plato, pensando que Bugs Bunny siempre había sido uno de mis villanos favoritos. De todas formas me entretuve tratando de desentrañar si las salsas eran esas dos rayitas de “algo” en los bordes del plato o eran dos salpicaduras de alguna otra cosa. Los pibes seguían llorando. La marica trataba de convencer a mi tío Julio de las bondades de comer conejo. El tano indignado le contestó:

— ¡Guardate cosa è successo a voi da mangiare sia coniglio! Puf! ¡Si cammina per il giro saltellando come una femminuccia! ¡Si no comé coniglio so bruto, ahora! ¡Si signore, Io sono bruto pero no pu…ffhh!”

Un codazo de la tía Graciela (75) lo silenció. La marica se ruborizó y se escarbaba el ojo para arrancarse una pestaña para atacar a mi tío Julio. Los pibes ya lloraban todos en coro.

Mi abuela gallega hizo callar a todo el mundo:

— ¡Silencio coño! ¡Y mirad las blasfemias que me hacéis decir en la Noche de Vísperas! Cuando yo era joven, porque alguna vez fui joven y moza, a estas patatitas se las dábamos así, como están aquí, a los cerdos. El único lujo que nos dábamos era comer patatas peladas, buenas y grandes. Solo los cerdos la comen con cáscara. Y eso de lo rústico es un pretexto para no deciros que sois unos pillastres que no queréis pelar patatas! ¡Holgazanes de poca laya! ¡Ya os pillaría yo y os enseñaría a pelar una patata en menos de 30 segundos!

El rubiecito no estaba dispuesto a perder, por lo que contestó:

— ¡Ay señora! ¡Estos son papines andinos que cotizan a ocho euros el kilo en la bolsa de Zurich!

Mi abuela no se dejó impresionar

— ¡Mira hija! — Empezó… risas contenidas por todas partes y el rubiecito ya estaba morado de furia– Así valgan 500 guaraníes, en la bolsa de Curuzú Cuatiá… ¡esto es una porquería! Una vez, Virgilio, el verdulero de la vuelta de casa me mandó una bolsa de patatas que eran buenas solamente las que estaban arriba, y todo el resto eran estas porquerías como estas que estaban abajo. Con la Delia, aquí presente, y que no me deja mentir, menos ante el Niño Dios, esperamos hasta la noche, y como el Virgilio dormía en los fondos de la verdulería que daban a los de casa, y se iba a dormir a las ocho de la noche, porque se levantaba a las tres para ir al mercado… ¿Sabes lo que le hicimos? Le tiramos la patatitas de mierda (el Niño Dios me perdone) una por una, al techo de chapa de su cuarto. Una cada cuatro o cinco minutos. A la mañana siguiente el tano se dormía sobre el perejil. ¡Joeputa! ¡Nunca más me dio estas patatitas de mierda!

Para rubricar, Delicia, que había permanecido en silencio agregó quejumbrosa:

— Mis papas al horno… ¿no son más ricas? — La única que no se prendió al coro del “siiiiiiii” fue mi mujer que se hacía la que “aquí no ha pasado nada”.

Los platos se fueron con el conejito sobre hojaldre de papines rústicos sin pelar y qué sé yo, como vinieron. Los chicos seguían llorando.

Finalmente llegó el postre. El rubiecito –ya no tan compuestito– explicó que eso era una macedonia frutal, con arreglos de nectarinas puestas en flor, escoltados con coulís de chocolate y todo con un salseado de arequipe cremoso. Cuando sirvieron los platos descubrimos que se trataba de una muestra gratis de ensalada de frutas, puesta en plato playo, sin juguito, con cinco gajos de mandarina como si fueran una flor y dos botoncitos de chocolate montados sobre dulce de leche disuelto en “andá saber qué”.

— Cítrico y chocolate no van — , sentenció mi vieja.

— Excepto en las cascaritas de naranja al chocolate de Cauca de Pinamar — se animó a discutirle mi viejo.

— ¡Ay jorge! — se indigno mi vieja — Eso es amargo sobre amargo. ¡Es otra cosa! — Mi viejo volvió al mutismo.

— Mi ensalada de frutas es más rica — agregó melancólica la tía Porota que hubiera jurado que estaba al borde del llanto.

A las doce menos 10 trajeron las copas de champagne, alguna que otra de sidra “La Victoria Premium” y sidra sin alcohol para los más chicos que seguían reclamando la “Coca” y la “Pecsi”. Mientras el champagne se iba calentando al reverendo pedo, nosotros también, discutiendo desde las 12 menos 5 si ya era medianoche o no. La ansiedad pudo más y celebramos la medianoche a las 12 menos 4. ¡Qué joder! ¡Navidad hay una sola, gracias a Dios!

El champagne estaba bueno y pedimos que nos sirvieran de nuevo. El gordo Alfredo estaba al lado mío. Mi mujer me preguntó:

— ¿Te gustó?

— Si, muy bueno” contesté.

— Es un Dom Perignon especial, cosecha 1982, no encargué muchas porque cuestan 3740 pesos la botella.

Yo sentí que me descomponía. El gordo Alfredo agarró el último culito que le quedaba en la copa y se lo pasó por las muñecas, debajo de la nariz y detrás de las orejas

— ¡Más caro que un perfume Negra!

A las confituras después de comer no se les animó nadie. Habían tenido la “ingeniosa” idea de hacerlas con formas de insectos. De lo más hacendoso y sospechoso. Me llamaron la atención las semillas de sésamo bañadas en chocolate. Un poco chiquitas…

En lo que sí se siguió la tradición fue en que nuestro especialista en efectos especiales, El Cetorca (Catorce al vesre, que lleva ese nombre porque además de darle a cualquier botella, Pinolux incluido, hace menos de la mitad de los efectos especiales que hace en Trentuno), dijo que para este año había preparado una sorpresa especial. Fue a la camioneta y trajo una especie de misil de cartón como de dos metros y medio de alto. Discutimos un rato hasta que lo convencimos (la mujer de él y yo) que, si quería iluminar el cielo de City Bell y aledaños, se fuera al fondo del terreno a tirar ese misil, lo más lejos de la casa y la gente posible.

Instaló el cohetote blanco y le puso una mecha de 40 metros. ¡Para que el Cetorca se tomara 40 metros de precaución la cosa debía venír jodida por demás, así que hice que los 42 invitados, los 22 murgueros, la mariquita y los cinco cocineros nos fuéramos a la vereda de enfrente, es decir a unos 60 metros de distancia!

El Cetorca sorprendió a mi hija mayor con el privilegio de encender la mecha del cohete, cosa que hizo con su encendedor. Allí me enteré que la pendeja ya fumaba. Los casi tres minutos de espera fueron sombríos. Finalmente el cohete se encendió, levantó como a diez metros de altura con un fragor de un Airbus 320 de Air France, se inclinó y cayó de panza en el baldío de atrás de casa en una nube de chispas y explosiones.

¿Quieren una buena? Los chicos se dejaron de joder con la “Coca”, la “Pecsi” y las patas de Bugs Bunny cuando vieron llegar a los bomberos a apagar el incendio del baldío de atrás. En el medio de la confusión, policía, mangueras y bomberos, el rubito me trajo la factura. Veo la cifra, pelo noventa billetes de cien y le digo “Los setecientos de vuelto son para ustedes como propina…” “¡Ay qué confusión, mi amor! — me dijo el mariposón– … no son 9.300, son 93.000… y si la propina es del 10% son 102.300 pesos…”

El que logró que le soltara el cogote al rubiecito fueron mis primos (hermanos entre sí) el Cuervo (mi abogado, obvio) y el Chimango (mi contador, obvio), que me dijeron al unísono:

— ¡Tano dejate de joder! ¡Daños, perjuicios y lesiones, más lo honorarios nuestros te cuestan más caros!

— ¿¡Honorarios de ustedes!? ¡Par de crápulas! — les grité.

En ese momento, como aflojé la presión el rubito aprovechó se subió a un poste de teléfono al que se abrazó con cara de deleite. Hasta el perro, que es casi un Golden Retriever lo quería morder, supongo porque esa navidad no había tenido huesos del asado. A la media hora le di 5000 mangos a los bomberos por el combustible de las tres auto bombas y una rifa que me encajaron. Mi mujer y el Aguilucho lo hicieron bajar al rubio y le dieron cheques, bonos de la deuda en default, Bodenes 2024, unos patacones Serie A, con valor numismático porque tenían todos el mismo número de serie y los había firmado Ruckauf en persona.

Furiosos, agarramos el mionca del Rubén que tiene un montón de asientos, los llevamos a mis viejos y a mis abuelos a sus casas. Cuando volvíamos, eran casi las cinco de la mañana y la panza del gordo Alfredo seguía gruñendo. Agarramos para la empresa de catering, estacionamos el mionca frente a Comemoscomocerdos. Llamamos al resto de los machos para que se nos unieran. Freímos dos docenas de milangas que había en el freezer, una bolsa de 5 kilos de papas Mc Cain, yo preparé huevos a la plancha, abrimos 12 botellas de Vasco Viejo blanco que habían quedado de alguna Navidad pasada y ahora encima eran añejas, platos de plástico, vasos de acrílico Soda Chispal, comimos como los dioses y ¡Feliz Navidad!

© 2006~2015, Jorge A. Ricaldoni

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