10 libros para lectores de unos diez años

En mi página puse, tiempo atrás, unas selecciones de libros por edades. De la que preparé para chicos y chicas de unos diez años selecciono aquí diez libros (u once, si consideramos como dos los que pongo de Michael Ende). A quienes digan que muchos son antiguos les recuerdo el viejo chiste «donde hay luz».

1898. El dragón perezoso, Kenneth Grahame. Cuando un dragón se instala en una cueva de las colinas y el pastor que lo encuentra no sabe qué hacer, su hijo se ocupa de charlar con él y ver qué planes tiene. Descubre que no tiene malas intenciones pero cuando el pueblo se pone nervioso y piensa que deben acabar con el dragón, llaman a San Jorge. Entonces el chico apaña un combate que deja satisfechos a todos. El relato no se cuenta con el punto de vista de un chico sino con el de un adulto, que sugiere que la lectura hace a los jóvenes más capaces que a los adultos de buscar soluciones nuevas frente a lo inesperado.

1905. La princesita, Eliza Hodgson Burnett. Sara Crewe, hija de un rico militar de la India, es internada en un colegio de Londres cuando tiene siete años. Los medios económicos de su padre le permiten llevar un alto tren de vida y le salvan de la inquina de la directora. Sara se hace popular entre sus compañeras por su bondad y por su don para contar historias. Pero cuando llega la noticia de que su padre está enfermo y arruinado, es convertida en una sirvienta más del colegio. Relato que presenta la que quizá sea la niña-protagonista más atractiva y conmovedora de tantas novelas semejantes (a la que algunos le ven la pega del «clasismo inconsciente» de fondo).

1927. El árbol de los deseos, William Faulkner. Relato que el autor escribió para una niña, en 1927, en regalo por su octavo cumpleaños, pero no se publicó hasta 1964. Es una obra menor pero vale la pena conocerla pues, en ella, Faulkner abandona el tono y los mundos habituales de sus obras mayores, y plantea la importancia de no tener deseos egoístas. Cuando se despierta el día de su cumpleaños, Dulcie ve a Maurice, un chico especial, que la conduce, junto con su hermano Dick, su niñera negra Alice y su amigo George, al Árbol de los Deseos, en realidad un anciano muy alto con una larga barba blanca cuyas hojas son pájaros de todas clases y colores que, al arrancarlas, conceden los deseos.

1929. Emilio y los detectives, Erich Kästner. Durante un viaje a Berlín en tren, un misterioso señor con un sombrero hongo roba a Emilio Tischbein el dinero que llevaba para su abuela. Al llegar a Berlín, su prima Pony Gorrito y unos chicos le ayudan a recuperar su dinero. Libro que se considera el primero de todos los relatos detectivescos protagonizados por una pandilla. El lector se ve atraído no tanto por la resolución del caso como por la simpatía y la naturalidad con la que se mueven y comportan Emilio y sus amigos. El lenguaje es sencillo y directo, aunque insultos como «majadero» o «bribón del demonio» no estén de moda. Kästner subraya la ejemplaridad de sus pequeños detectives: «Un chico como es debido hace lo que debe», nos dice.

1954. El valor de Sarah Noble, Alice Dalgliesh. Siglo XVIII, Connecticut. Sarah Noble, con ocho años, va con su padre a unas tierras inexploradas, al sitio donde van a construir su casa. El padre de Sarah se lleva bien con los indios, y cuando tiene que volver a por su familia, deja con ellos a Sarah. Relato sencillo en el que no sucede nada especial, pero que mete al lector en el interior de una niña que, abrumada y temerosa pero valiente y decidida, continuamente se va dando ánimos a sí misma. Ejemplo de narración que transmite coraje y calor humano.

1961. Orzowei, Alberto Manzi. Mohammed Isa, el «Orzowei» (abandonado), es un chico blanco que crece dentro de una tribu bantú: los Swazi. La novela cuenta su paso a la madurez según los ritos de su tribu. Es una historia de aventuras en la selva, pero, sobre todo, es un libro de amistad y generosidad, de valentía y de solidaridad entre razas. De los hombres del «Pequeño pueblo», los pigmeos, Isa aprenderá que «no se preocupan del color de un hombre, pero se fijan en las acciones de ese hombre». Y uno de los boers que huyen de los ingleses, de nombre «Flor de Maíz», le protegerá.

1960 y 1962. Jim Botón y Lucas el maquinista y Jim Botón y los trece salvajes, Michael Ende. A Lummerland, un país diminuto con escasos habitantes, un día llega en un paquete un chico negro, al que ponen de nombre Jim y apellidan Botón más tarde; debido al poco espacio en la isla, Jim y el maquinista Lucas con su locomotora Emma emprenden un viaje y les suceden toda clase de aventuras tan surrealistas como ellos mismos. Algunos especialistas consideran estos libros como los más originales y los que revelan mejor el ingenio y el dominio de los mundos imaginativos que tenía el autor. Aunque no faltan en ellos puntadas irónicas hacia la burocracia y hacia los modos de gobierno tiránicos, aquí a Ende no se le nota el afán de llenarlo todo de simbolismos y significados que a veces lastra un poco sus libros posteriores.

1964. Charlie y la fábrica de chocolate, Roald Dahl. Charlie, cuya familia tiene graves dificultades económicas, gana un premio para visitar la enigmática fábrica de chocolates WONKA. Lo acompañan otros cuatro niños que han ganado el mismo premio: el glotón Augustus Gloop; la mimada Veruca Salt; una chica que masca chicle todo el día llamada Violet Beauregarde; y Mike Teve, un niño que no hace más que mirar la televisión continuamente. El autor es ingenioso, caracteriza bien a sus personajes, y sabe crear situaciones divertidas. En sus libros suele atacar ciertos vicios como, en este caso, la glotonería y el mal uso de la televisión.

1965. Aventuras de «La mano negra», Hans Jürgen Press. Cuatro historias protagonizadas por «la mano negra», la pandilla formada por Félix, Rollo, Adela y el pequeño Kiki y su ardilla. En cada una descubrirán a un malhechor y lo entregarán a la policía, y todas ellas se desarrollan según el mismo esquema: texto en la página izquierda y dibujo en la página derecha, en el que hay algún detalle revelador de lo que sucede. Al margen de su valor literario, que al menos en castellano no es mucho, las historias son ingeniosas y se siguen con interés por lo que tienen de acertijo: el lector engancha con el juego que se le propone y va pasando de página en página poniendo atención tanto al texto como al dibujo. En este sentido de captar al lector y de «obligarle» a seguir el argumento con atención el libro es un gran acierto.

1978. De profesión, fantasma, Hubert Monteilhet. Escocia, 1900. John, doce años, huérfano y fugitivo, se cuela con la gente que visita el castillo de Malvenor. Los acontecimientos van encadenándose y, al principio por accidente, y después con la colaboración del joven heredero, Winston, acaba cumpliendo a la perfección el papel de Arthur el fantasma, lo cual acaba revalorizando mucho el castillo. En la tradición de relatos humorísticos sobre fantasmas, esta historia paródica ocupa un buen lugar. Primero porque los sucesos están bien engarzados y suficientemente justificados: unas cosas llevan a otras con naturalidad. Luego, porque los personajes están lo suficientemente dibujados para sostener el argumento pero no más de lo que los haría improbables. Y, además, porque los acentos del narrador, el propio John cuando ya es un anciano, aumenta la comicidad de lo que narra.