13 libros para lectores de unos trece años

En mi página puse, tiempo atrás, unas selecciones de libros por edades. De la que preparé para chicos y chicas de unos trece años selecciono aquí trece libros (en realidad once y dos más que no figuraban allí). He procurado que haya variedad y no poner libros ya incluidos en selecciones de otro tipo publicadas aquí, en Medium, en los últimos meses. A quienes digan que muchos son antiguos les recuerdo el viejo chiste «donde hay luz».

1896. La isla del doctor Moreau, H. G. Wells. Novela menos popular que otras del autor por ser más amarga. Edward Prendick es salvado de un naufragio y conducido a una isla donde conoce al Dr. Moreau y descubre sus experimentos para fabricar unos seres que llama «humanimales». Moreau se pone a sí mismo más allá del bien y del mal: «Nunca me han preocupado los aspectos éticos de la cuestión». Con una prosa eficaz, Wells logra el clima de misterio e intriga necesarios, y refleja sus deseos de reforma del mundo al tiempo que manda mensajes morales: la sociedad del futuro como resultado de los hechos del presente, el sentido de responsabilidad en el uso de la ciencia, la necesidad de la educación y la responsabilidad del hombre, etc.

1898. Moonfleet, John Meade Falkner. Inglaterra, siglo XVIII. John Trenchard, un joven huérfano, cuenta su adopción por Elzevir Block, un posadero que acaba de perder a su hijo; su vinculación a los contrabandistas de Moonflet; su búsqueda del diamante de Barbanegra; su amor por Grace Maskew… Moonflet posee un acento y un estilo parecidos que nada tienen que envidiar a los de los creadores de aventuras semejantes. El narrador, John Trenchard, como un nuevo Jim Hawkins, rememora la colección de incidentes que condujeron su vida por derroteros inesperados y que le hicieron madurar en medio de, y gracias a, una notable galería de personajes.

1898. Juventud, Joseph Conrad. Relato corto en el que un marino llamado Marlow, narra un viaje que hizo cuando tenía veinte años, a bordo de un barco que tenía «una especie de escudo de armas, con la divisa “Hazlo o muere”», asunto que, cuenta, le impresionó profundamente pues «había algo de novelesco en todo aquello, algo que me hacía querer al viejo armatoste, algo que apelaba a mi juventud». Narración sentimental y realista, irónica y seria. El autor elogia y añora la juventud que pasó y, a la vez, amablemente se burla de las ambiciones y esperanzas que tenía entonces: «¡La juventud, siempre la juventud! La tonta, encantadora y hermosa juventud».

1917. La línea de sombra, Joseph Conrad. Historia del primer mando de un joven capitán de barco que, al ser nombrado, relata que «una súbita pasión, hecha de ávida impaciencia, corrió por mis venas y provocó en mí la sensación, que no he vuelto a experimentar con tal brío, de la intensidad de la vida». Esa percepción de la intensidad de la vida la define el narrador en otro momento como «la esencia de las aspiraciones juveniles». Considerada la obra maestra de su época final, aquí Conrad vuelve a narrar una transición de la juventud a la madurez y vuelve a tratar acerca del mal que se oculta en el interior del hombre.

1943. La comedia humana, William Saroyan. Ithaca, California, los años de la segunda Guerra Mundial cuando muchos jóvenes están movilizados. La novela cuenta la vida de la familia Macauley, compuesta por la madre, la hija Bess, el pequeño Ulises, y Homero, de catorce años, que trabaja repartiendo telegramas. Los personajes son alegres y sabios, quizá demasiado, pero resultan simpáticos y cercanos. En particular, tanto el pequeño Ulises como el desenvuelto Homero son inolvidables. Son muchos los episodios fascinantes, como la trampa en la que cae Ulises, la carrera de Homero, el negro que saluda desde el tren… Como es habitual en Saroyan, parte de los personajes son, como él, emigrantes de origen armenio o sus descendientes.
 
1953. Farenheit 451, Ray Bradbury. Novela de las que diseñan con pesimismo una futura sociedad totalitaria. Se ambienta en Estados Unidos, en una época en la que los libros están prohibidos y en la que los bomberos provocan los incendios en lugar de apagarlos. Guy Montag es uno de ellos, hasta que se cruza en su camino una chica y un viejo que le hacen reflexionar. Si el lenguaje de Bradbury tiene habitualmente intensidad poética y sus personajes están dotados de profundidad psicológica, en el caso de Montag resulta también convincente la descripción de su evolución moral. El fondo pesimista se ve compensado por el apasionamiento con que Bradbury defiende la libertad: el futuro permanece abierto y puede ser distinto.

1960. Matar un ruiseñor, Harper Lee. Relato con sentido del humor, penetración en el mundo interior de los niños, agudeza en la observación de la realidad y en la crítica social, y apreciaciones valiosas acerca de cómo debe ser una educación liberal. Jean Louise Scout, la hija de Atticus Finch, un abogado viudo, cuenta lo que sucedió entre 1935 a 1937: en Maycomb, Alabama, Atticus defiende a Tom Robinson, un negro acusado de un delito que no ha cometido. Scout y su hermano Jem, de ocho y doce años, presencian y juzgan tanto la actuación de su padre como las reacciones de sus vecinos y amigos. La novela gira en torno a la integridad de Atticus y a su deseo de inculcar a sus hijos sentido de la justicia y de comprensión hacia las personas, incluso cuando su comportamiento no guste o no sea el correcto.

1967. Mi planta de naranja-lima, José Mauro de Vasconcelos. Zezé, seis años, describe la pobreza en la que vive su familia. Trabaja de limpiabotas, de cantor con don Ariovaldo, y en sus travesuras por las calles de Río de Janeiro se gana broncas, palizas y amistades. Precozmente, le llega el descubrimiento del dolor. El narrador utiliza un lenguaje popular, tanto en las descripciones como en los diálogos, y muestra las cosas a través de los ojos de Zezé, un testigo que cuenta lo que ve, lo que no entiende, lo que sufre. Y, aunque podemos sospechar que hace algo de trampa emocional, pues ciertamente acentúa unas cosas y omite otras, consigue llegar al corazón del lector con una intensidad demoledora.

1968. La estepa infinita, Esther Hautzig. Muchos años después, la escritora, de origen polaco-judío, recuerda su estancia de cinco años en Siberia durante la segunda Guerra Mundial, cuando era una niña. La irrupción de los soldados en su vivienda, el espantoso viaje con sus padres y su abuela, los trabajos que todos tuvieron que desempeñar, las viviendas que ocuparon, las escuelas a las que asistió, etc. Relato bien escrito, con viveza y buen humor, con acentos positivos que renacen una y otra vez en medio de la dureza de las situaciones que han de vivir tanto Esther y su familia como mucha otra gente. La narradora sabe hacer cercanos a los personajes, hace certeros comentarios a propósito de las personas con quienes se relaciona, y realza su historia con unas excelentes y sobrias descripciones ambientales.

1969. El cayo, Theodore Taylor. En 1942, Phillip, de unos doce años, embarca con su madre en un carguero que les llevará de Curaçao a Miami. Pero, al poco de salir, un submarino alemán torpedea el barco y, al intentar llegar al bote de salvamento, Phillip siente un golpe fuerte y pierde el conocimiento. Cuando despierta descubre que, a consecuencia del golpe, está ciego y en un bote junto con un viejo negro antillano, Timothy. Este es amable con él pero Phillip no le tiene simpatía ninguna. Finalmente, acaban llegando a un cayo, una pequeña isla deshabitada. Buena narración cuyo interés está en averiguar cómo se las arreglan para sobrevivir los dos náufragos y en la evolución de la relación entre ellos. La ceguera física de Phillip lo condiciona todo y, al final, él mismo la ve como un importante factor de supervivencia. Son especialmente intensos los momentos de una tormenta huracanada.

1970. Trueno, William Howard Armstrong. Novela situada en el sur de los EE.UU., en el siglo XIX, después de la Guerra de Secesión. Cuando, acuciado por el hambre, el padre de una familia de aparceros negros roba comida, es detenido. El perro, Trueno, intenta defenderle, pero es herido y huye al bosque. El hijo —el niño, en toda la primera parte de la novela; el muchacho, en la segunda—, ha de aprender a vivir sin su padre y sin su perro, esperando siempre su regreso. Narración conmovedora, positiva y esperanzada, pero realista y dura. Con estilo cortado y frases que van encajando unas en otras como las piezas de un puzle, el narrador introduce al lector en el mundo interior del protagonista. El relato tiene alcance universal, provoca en el lector una reacción de rechazo hacia cualquier injusticia y la lleva por cauces de lucha sin odio.

1991. Lyddie, Katherine Paterson. Lowell, Massachusetts, 1840. Historia de una chica que deja el campo para trabajar, en duras condiciones, en una fábrica textil. En contraste con las hermanas March de Mujercitas, Lyddie es una clase de protagonista que no aparecía en los libros decimonónicos ni en los de las primeras décadas del siglo XX: es una chica trabajadora, sensata, con afán de aprender…, pero a la que la obsesión de ganar dinero la vuelve egoísta y reticente a comprometerse en la lucha sindical, tal como intenta una compañera que haga.

1993. El Dador, Lois Lowry. Un mundo futuro en el que se ha conseguido la igualdad total y donde la vida social está completamente regulada. Cada Unidad Familiar es estudiada y aprobada por el Comité de Ancianos, y sometida a un control de seguimiento durante tres años antes de que puedan solicitar hijos, y luego sólo pueden tener dos hijos, chica y chico. En la Ceremonia anual de cada mes de diciembre se celebra el paso de todos los niños a un nivel superior. Los Onces pasan a Doces y reciben sus asignaciones vitalicias: el Comité de Ancianos asigna, de acuerdo con las capacidades y gustos, la misión más apropiada para cada uno. Jonás recibe, sin embargo, una misión no común e inicia un aprendizaje distinto: en la Comunidad no hay dolor excepto para quien desempeña el oficio de Receptor de Memoria. Relato bien contado en el que, a través de los ojos de Jonás, el lector acaba viendo el horror que significa matar a un inocente, no importa qué tamaño tenga.