20 libros de memorias de infancia

Pongo una selección de memorias de infancia que me dejaron un buen recuerdo por su categoría literaria, por su sensibilidad humana, o por la penetración en la psicología del niño o niña que un día fueron sus autores. Ninguno es de los que parecen escritos con rencor, como con afán de culpabilizar a otros, o como con interés en exorcizar las dificultades que ha sufrido el autor. He procurado que haya variedad de orígenes y mentalidades. Y, eso sí, algunos hay que buscarlos en bibliotecas o en el mercado de segunda mano.

1852. Infancia, adolescencia, juventud, León Tolstoi. El autor hace un análisis muy fino de los engranajes sentimentales de un chico que crece: el amor a su madre, las rivalidades entre los hermanos, las humillaciones entre niños, el comportamiento vanidoso del adolescente, las imaginaciones de triunfos futuros, el inicio de amistades juveniles, la conciencia del comportamiento frívolo de un padre irresponsable.

1918. Allá lejos y tiempo atrás, William Hudson. El autor, hijo de norteamericanos y argentino de nacimiento, compone aquí unas memorias de sus diez primeros años de vida en una hacienda. Escritas con asombrosa naturalidad, ya cuando el autor tenía ochenta años, en ellas transmite su amor entusiasta por la naturaleza y sus muchos conocimientos sobre la materia, en particular sobre pájaros.

1939. Los días, Taha Husein. El autor, una de las grandes figuras intelectuales árabes del siglo XX, ciego desde la infancia, publicó esta especie de memorias habladas en las que narra su vida de niño en su pueblo, y su traslado a El Cairo para estudiar en el Azhar, el gran seminario del Islam. Su prosa elegante ofrece una visión de la realidad rica en percepciones sensoriales y es muy reveladora de las costumbres familiares y sociales.

1944. Chico Carlo, Juana de Ibarbourou. Obra compuesta por varios relatos. «Fui una niña feliz —dice la autora uruguaya — . (Los niños) se hallan demasiado atentos al placer nuevo de existir, para entregarse a ninguna meditación comparativa, fuente de tristeza. En el niño todo es novedad, hasta el dolor fugitivo». La escritora desea mostrar los sentimientos que tuvo siendo niña y, de paso, denunciar errores pedagógicos de los adultos y la crueldad en algunos juegos de niños.

1946. El río, Rumer Godden. La escritora inglesa escribió este relato evocando sus años de infancia en la India, ligados a un río cuyo imperturbable curso engulle todos los acontecimientos. Su visión nostálgica devuelve al lector adulto a los años de la niñez cuando el pensamiento es «demasiado lento, y demasiado feliz todavía», pero surgen ya sentimientos y problemas que van abriendo rendijas de inquietud.

1947. Chiquinho, Baltasar Lopes. El autor habla de su infancia y adolescencia en la isla de São Nicolau, Cabo Verde, desde principios del siglo XX: la ausencia de su padre; la vida con su madre, su abuela y sus hermanos; sus amigos y vecinos, gentes atadas al campo y al mar. En la segunda parte, sus estudios en el instituto de la capital, los primeros amores... Relato que respira sinceridad y que deja un buen testimonio de un lugar y una cultura.

1950. El llamador, Alberto Salas. Evocaciones de los escenarios y los personajes de una infancia en el barrio de Palermo Viejo de Buenos Aires. El autor deja fuera de foco lo que no recuerda con afecto y muestra un mundo rico en continuo movimiento. La prosa es elegante y precisa, los acentos son nostálgicos pero eluden cuidadosamente cualquier sentimentalismo, y la mirada se fija en los momentos en que se graban impresiones indelebles.

1950. La rosa, Camilo José Cela. Años de niñez del escritor gallego, contados con una cordialidad afectuosa que contrasta con el tono de otros libros suyos.

1953. El niño africano, Camara Laye. El autor guineano cuenta su vida cotidiana con su familia y en la escuela hasta el momento en el que se despidió de sus padres para ir a estudiar en Francia. Con una prosa rítmica en la que abundan las repeticiones, el autor muestra las tradiciones y costumbres de su pueblo, sin quejas, sin críticas, sin ironía, sin énfasis, con agradecimiento y simpatía; y pone delante del lector distintas figuras, en especial las de su padre y la de su madre, una mujer fuerte con poderes inexplicables para el chico.

1957. Las musarañas, José Antonio Muñoz Rojas. Cincuenta breves pero intensas evocaciones de los años infantiles, escritas desde la madurez pero sin nostalgia, como intentando recoger los pensamientos que tuvo pero sin adulterarlos o tamizarlos por las experiencias adultas. Es un libro magnífico por la calidad y la claridad de la prosa, luminoso al mostrar del interior de un niño, y permanente porque se ciñe a lo esencial. Muchos episodios simplemente dejan constancia del momento en que brotan dentro de los niños preguntas y sentimientos básicos.

1958. Tierra de infancia, Claudia Lars. Desde los primeros recuerdos de niñez hasta los años de adolescencia, la salvadoreña Claudia Lars muestra su itinerario educativo y un colorista cuadro de costumbres locales. En el relato se muestra la bondad de tantas personas con agradecimiento y se intenta no colocar a ninguna bajo luces negativas, pero Claudia Lars tiene la honradez de reconocer sus reacciones de maldad de niña y no es ingenua sobre los cimientos de su infancia sin preocupaciones.

1959. Miguel Street, V. S. Naipaul. Infancia y juventud del autor en Puerto España, Trinidad Tobago. En esta obra brillan su talento para la descripción colorista y precisa, y la ironía compasiva con la que oculta el patetismo de unas situaciones que a veces incluso arrancan la carcajada. No es realmente una novela de iniciación pues, aunque hace ver cómo un niño está mirando siempre hacia arriba, buscando pistas en lo que dicen y hacen los adultos y, la narración carga el acento en las peculiaridades de unos tipos que, aunque a primera vista no lo parezca, son personas excelentes.

1961. Una noche de luna, Caradog Prichard. Infancia en un pueblo minero galés durante los años de la primera Guerra Mundial. El narrador rememora su vida, cuando tenía diez años y el dolor va golpeando a las gentes de alrededor hasta que, finalmente, su propio mundo se desmorona pues tienen que ingresar en un hospital psiquiátrico a su madre. Aunque quien narra es un adulto, la historia se ve a través de los ojos de un niño que, a pesar de las dificultades, se sentía protegido por el cariño abnegado y la fortísima fe de su madre y, por tanto, vivía con buen humor y tenía intactas la capacidad de apreciar la belleza del paisaje y la bondad de las personas.

1962–1966. Krochmalna nº 10, Isaac Bashevis Singer. El autor pintó el mundo judío centroeuropeo de su infancia en este libro. Mostrar cómo la educación que recibió no resolvía satisfactoriamente sus dudas, no impide a Singer realizar una evocación agradecida del cariño y de la coherencia de sus padres, y de hablar afectuosamente de las gentes que acudían a consultar con su padre, el rabino de una pequeña comunidad judía polaca.

1971. Buscabichos, Julio C. Da Rosa. Con tonos humorísticos, pero con fuerte carga de añoranza y de atención al interior del niño que madura mientras juega y aprende, el autor uruguayo recrea las relaciones que tuvo con toda clase de animales en escenas expresivas por la calidad de su lenguaje y su poder evocador.

1978. La bicicleta de Sumji, Amos Oz. Relato situado el año anterior al de la independencia de Israel. A su protagonista, de once años, le regalan una bicicleta de chica, que él cambia, pero luego no se atreve a volver a casa. Contra un telón de fondo lleno de tensión, se narran con gracia y agudeza los sueños e inquietudes de un niño, sus deseos y autoengaños, sus relaciones de amistad y rivalidad.

1981. Aké. Los años de la niñez, Wole Soyinka. El premio Nobel nigeriano intenta mantener el enfoque propio del niño que fue, desde los tres hasta los once años, para relatar su descubrimiento del mundo. No faltan las disquisiciones propias del adulto que recuerda, o comenta, o guiña el ojo al lector. Hay incidentes humorísticos pero no faltan los momentos de dolor, queda constancia de la crueldad de algunos comportamientos y el protagonista va siendo consciente de la mezcla de culturas en la que vive y los choques que trae consigo la modernización de su país.

1987. Verde agua, Marisa Madieri. Narración con forma de diario en la que se desgranan recuerdos contados reflexivamente, al hilo de sucesos del presente. Habla de una niñez truncada por la guerra, que la conduce a vivir alejada de sus padres y luego, con ellos, a un alojamiento para refugiados. Recuerda reacciones infantiles y adolescentes de dolor y de vergüenza. Describe comportamientos trágicos y cómicos de la gente que la rodeaba. Señala con enorme fuerza la deuda contraída con su madre. Además, la obra tiene un carácter de libro testimonial del exilio histórico de los italianos desplazados desde Yugoslavia.

1991. Cuentos del país de los gauchos, Julián Murguía. El autor habla de los paisajes que rodearon su niñez, del conjunto de ranchos y chozas desparramados en la ladera, desordenadamente, «como si alguien hubiese querido apilar los ranchos en el alto y se le hubieran ido rodando cuesta abajo, parando en cualquier lado»; y de la gente que trató entonces, entre los que destaca el Viejo Gaucho, un último representante de aquellos «centauros indomables, dueños de la tierra y de las estrellas», que «murieron atacados de civilización y de injusticias».

1993. El Rey Mago y su elefante, Aquilino Duque. Sevilla y Zufre, durante los años treinta, en plena guerra civil española. El autor no trata tanto de reproducir el mundo interior del niño que fue, como de poner en claro los sucesos que vivió o se vivieron a su alrededor, pero lo cierto es que, de paso, con profundidad y talento, desliza numerosas consideraciones acerca del modo en que los niños encaran la vida. Por otro lado, tiene un claro interés en hacer frente a cualquier visión trágica de la infancia y en subrayar la felicidad con la que vivió aquellos años.