4 exploradores y científicos europeos que visitaron Chile durante el siglo XIX

( …y quedaron maravillados con la cordillera)


Durante el siglo XIX viajeros y exploradores europeos visitaron el territorio nacional empujados por diversos motivos. Para algunos, la exploración consistió en la búsqueda de nuevos horizontes económicos, para otros como un viaje que reforzará sus conocimientos acerca del entorno natural y que además aportará información fundamental para sus posteriores trabajos científicos. Otros vinieron motivados por el Estado chileno para su cooperación en la búsqueda y localización de yacimientos mineros que aportaran al desarrollo económico del país (Meehan, 1971).

Las expediciones junto con estudiar la geografía e historia natural de Chile, también tenían como objetivo transversal conocer los nuevos recursos naturales para explotarlos económicamente y enriquecer al Estado. En este sentido

«la geología y botánica tendrían un especial desarrollo durante estas exploraciones» (Lazo, 2011:12).

Muchos fueron los motivos de sus exploraciones, pero la importancia que dejaron sus relatos, nos ayuda a comprender cuál era la representación que tenían sobre el paisaje montañoso. Gracias a los relatos de estos exploradores es posible desprender cuál era la percepción que ellos tuvieron al enfrentarse a tan lejano paisaje.

1824, Eduard Poeppig

Eduard Poeppig nació en 1798 en Plauen Alemania, sus estudios los realizó en Leipzig donde recibió en 1822 el título de médico. Realizó extensos viajes por Europa y América. En otoño de 1824 se embarcó desde Baltimore hacia Chile motivado por la investigación científica. El viaje tuvo una duración de ciento quince días atravesando el Cabo de Hornos para desembarcar en Valparaíso. Arribando al litoral central, comenzaron sus excursiones por la región, visitando el valle del Aconcagua, Concón, las dunas de Ritoque y la laguna de Quintero. Realizó además una detallada descripción de Lagunillas. Una de sus descripciones más relevantes la realizó a la Cordillera de los Andes cuando hizo su viaje a Santiago en la primavera de ese mismo año (Lazo, 1960).

Al llegar a Santiago, se deslumbra con lo maravilloso del paisaje, tierras fértiles, buen clima y algunos edificios que logra observar desde muy lejos, pero su vista siempre estuvo en dirección de la Cordillera de los Andes. Las condiciones climáticas no acompañaron la observación del viajero, mucha nubosidad ocultaba la gran montaña, pero poco a poco la Cordillera de los Andes comenzó a mostrarse ante los ojos del viajero alemán

«pero todo esto solo representaba un sector del panorama completo, pues la cadena andina estaba oculta detrás de densos vapores» (Poeppig 1960: 181).

Cuando las nubes comenzaban a separarse de las cumbres, la cordillera se presentó completamente descubierta y fue ahí donde Poeppig pudo hacer una apreciación más amplia de la gran montaña

Fuente: https://www.flickr.com/photos/davepope/333447132
«A medida que los vapores se separaban de las cumbres que los atraían y que se elevaban un tras otra las leves y livianas nubes, aparecía cerro tras cerro y se acentuaban sucesivos contornos, hasta que por ultimo toda la cadena se presento descubierta, comparable a una gigantesca muralla» (Poeppig, 1960: 182).

1826, Francis Bond Head

Entre julio de 1825 y febrero de 1826 el ingeniero y militar inglés Francis Bond Head cruzó dos veces la Cordillera de los Andes por motivos mercantiles. Su objetivo era inspeccionar y buscar yacimientos mineros para su posterior explotación por compañías inglesas. Uno de estos viajes de inspección y búsqueda la realizó por la cuenca del río Maipo en la exploración de la mina San Pedro Nolasco en 1826 (Fernández, 2009, pp. 16). Francis Bond Head realiza la excursión cabalgando sobre mulas, bordeando el río Maipo. Su ruta continúa cruzando el torrente y por último la subida al cerro San Pedro Nolasco y su posterior llegada a la mina.

La descripción que hace Bond Head sobre la Cordillera de los Andes permite evidenciar cuál es la percepción que él tiene de las montañas en la cuenca del río Maipo. En la primera etapa de su viaje, Bond Head se impresiona con la belleza del paisaje tanto por sus frondosos árboles frutales como por la fertilidad que posee el suelo:

«es celebre en Chile por su belleza limitado a ambos lados por montañas fértiles de la cordillera este valle delicioso tuerce su curso con las riberas del río o torrente del Maipo se adorna con gran variedad de arbustos y árboles frutales» (Bond, 1826: 129).

El viaje sigue cruzando el río Maipo y es aquí donde comienza una descripción más tormentosa del paisaje montañoso que el mismo ingeniero caracteriza de espantoso. Al cruzar el puente colgante el viaje sigue siendo por el borde del río Maipo, Bond Head califica este río de gran torrente debido a la fuerza que tiene al descender de la cordillera. A medida que ascendía, el sendero se hacía más estrecho y seco, el torrente aumentaba su velocidad, la vegetación se hacía escasa y el paisaje solo mostraba rocas y piedras sueltas

«el valle se hacía más angosto a medida que avanzábamos, árboles y arbustos eran más pequeños y raquíticos; en nuestro alrededor se alzaban los Andes nevados» (Bond, 1826 : 130).

Después de avanzar por varias horas, Bond Head y sus acompañantes comienzan su escalada en dirección sur, subiendo por el cerro San Pedro Nolasco e iniciando la tercera etapa de su viaje,

«empezamos a trepar la montaña de San Pedro Nolasco, que solamente puedo describir diciendo que es la ascensión mas escabrosa que hicimos en todas nuestras expediciones de los Andes» (Bond, 1826: 132).

Lo que probablemente sintió el ingeniero inglés fue la dificultad al ascender el cerro, producto de sus laderas muy escarpadas. Al llegar al pico del cerro San Pedro Nolasco, Bon Head destaca la hermosa vista que tiene a su alrededor, sin embargo, no deja de mantener un grado de pavor frente a tan impactante paisaje montañoso

«la vista desde la eminencia en que estábamos era magnifica, sublime; pero al mismo tiempo tan espantosa, que difícilmente uno dejaría de estremecerse» (Bond, 1826: 132).

1835, Charles Darwin

El 12 de febrero de 1809, en la ciudad de Shrewsbury, Inglaterra, nace Charles Darwin. Era hijo del médico Robert Waring Darwin y nieto del filosofo Erasmo Darwin (Yudilevich & Castro, 1998: 23). En 1828 ingresó a la Universidad de Cambridge donde establece estrecha amistad con los profesores y naturalistas Henslow y Sedgwich que desarrollaron su pasión por la naturaleza y la geología, convirtiéndose en un observador y científico destacable del siglo XIX. De vuelta de un viaje de estudios por el norte de Gales, se le propone a Darwin embarcarse en el bergantín Beagle que estaba al mando del Capitán de la Real Armada, Roberto Fritz Roy. El viaje tenía como objetivo explorar las costas de la Patagonia y Tierra del Fuego, Chile y Perú y algunas islas del Pacífico. Darwin zarpa el 27 de diciembre de 1831 rumbo al continente americano (Meehan, 1971: 7).

Entre el 18 de marzo y el 10 de abril de 1835 Charles Darwin cruza la cordillera de los Andes rumbo a Mendoza a través del paso Los Piuquenes, es aquí donde comienza su valiosa descripción de las montañas de los Andes Centrales, específicamente la cuenca del río Maipo.

El 18 de marzo de 1835, Darwin comienza su expedición desde Santiago rumbo a Los piuquenes. Su primera observación la realiza al sector de La Obra donde la describe como un lugar fértil, de mediana anchura, pero flanqueado por enormes y desnudas montañas. Dentro de su relato destaca la observación que realiza a la fertilidad de la zona, en palabras de Darwin:

«numerosas casas están rodeadas de parrones y por huertos con manzanas, duraznos y nectarines. Las ramas de los frutales casi se desenganchaban por el peso de la hermosa fruta madura» (Yudilevich & Castro 1998: 33).

Ese día, Darwin y sus acompañantes cabalgaron hasta llegar la zona de San Gabriel donde destaca el escaso número de habitantes en la zona. Otros aspectos que sobresalen en su relato tratan sobre la descripción del río Maipo, que por encontrarse en elevada pendiente lo califica de torrentoso, expresando en su relato el ruido que realizan las piedras al ser arrastradas por el río. La percepción de la montaña para Darwin comienza a cambiar, la descripción realizada da cuenta que se encontraba en un lugar desolado, donde el único acompañante constante en su expedición era el sonido producido por el choque de la piedras en el curso superior del río, sin embrago para el naturalista era un paisaje de enrome interés científico.

«Si bien el escenario no era bello, si era grandioso y notable» (Román, 2001:6).

Desde la zona de San Gabriel comienza su camino hacia la mina de San Pedro Nolasco, asombrado por el descubrimiento minero en tan desolado paisaje

«como ha sido posible descubrir minas en una situación tan extraordinaria como la árida cima de la montaña de San Pedro Nolasco» (Yudilevich & Castro 1998: 38).

La vegetación a medida que ascendían se hacía extremadamente escasa, lo mismo ocurría con la fauna del lugar, solo algunos insectos y muy pocas aves. Al otro día, muy temprano remonta su viaje hasta llegar al pie de la cadena que separa la cuenca del Océano Pacífico con la del atlántico, en este lugar se impresiona al encontrar restos de fósiles marinos a 4.000 m.s.n.m.

«es un espectáculo que no tiene nada de nuevo pero que causa siempre gran asombro, encontrar conchas, y restos de animales que en otro tiempos se arrastraban por el fondo de las aguas» (Yudilevich & Castro 1998: 40).

Finalmente, comienza su ascensión por el paso Los Piuquenes con mucha dificultad, debido a la altura en que se encontraba, Darwin describe lo difícil que es respirar y presentó por primera vez los síntomas de la puna. No obstante, para el naturalista no fue un problema que en su propio relato comenta:

«me sentí tan dichoso al encontrar conchas fósiles en el paso más elevado que instantáneamente se me olvidó la puna» (Yudilevich & Castro 1998: 43)

1841, Ignacio Domeyko

Ignacio Domeyko Ancuta, nació en Lituania el 31 de julio de 1802 en el seno de una familia culta, que sin ser rica gozaba de un alto prestigio social. En 1830 tomó parte activa de la insurrección de Polonia donde se enroló en las filas de los patriotas al mando del General Chlapowski al que sirvió como ayudante. Sin embargo las disensiones políticas desmotivaron a Domeyko y por entonces decidió concentrase en sus estudios de ciencias naturales en la Universidad de Vilna (Lastra, 1994, pp.265).

La venida a Chile de Domeyko se originó producto de una política de nuestro país destinada a la contratación de profesionales y sabios extranjeros que quisieran colaborar con la organización de la nueva república. Científicos y técnicos ayudaron en la organización de la enseñanza y la investigación, en particular en los recursos naturales del país. La región norte de Chile es rica en cobre, plata, oro y otros minerales, pero para realizar su explotación era necesario de científicos y técnicos que realizaran su prospección y explotación adecuada. Domeyko inicia su viaje a Chile el 31 de enero de 1838 junto a su amigo Lambert, llegando a Buenos Aires el 27 de abril y tras un descanso de dos días y por miedo de que el invierno les cerrara el paso por la cordillera de los Andes, el 29 de abril inician su travesía (Godoy, 1994).

Tras 14 días de viaje consiguen llegar a Mendoza, empezando entonces la parte más compleja de su viaje, atravesar las cumbres de la Cordillera de los Andes enfrentando tormentas y nevazones. Luego vino el descenso por el valle del Aconcagua hasta llegar a La Serena. Entre 1838 y 1846, Ignacio Domeyko se desempeña como docente e investigador en el Colegio de La Serena dando cursos de minería y química. En 1840 realiza un par de viajes a Copiapó donde visita minas de cobre y plata, sobre todo la mina de plata de Chañarcillo. Hacia 1841 realiza un viaje a Santiago de 250 km pasando por Combarbalá, Illapel y Petorca, visitando muchas fundiciones y minas. Llegando a Santiago fue recibido por las autoridades chilenas, para luego realizar su visita a la mina en la cuenca del río Maipo (Godoy, 1994: 194)

Domeyko pasa por San José de Maipo y por el fundo El Tollo describiendo un paisaje que cada vez más angosto, con escarpadas rocas que apenas dan lugar a un estrecho sendero, bajo sus pies el susurrante arroyo y por encima de él roqueríos verticales similares a una muralla. A 8 km del Tollo, llega a San Gabriel, la última propiedad del valle donde se encuentra la confluencia de tres ríos: Yeso, Volcán y de la unión de estos dos el Maipo. Desde este punto Domeyko continua su viaje hacia la derecha de la unión de los ríos en dirección a las minas, caracterizándolo como incómodo y complejo (Román, 2000: 5).

Al día siguiente en la mañana, Ignacio Domeyko salió del refugio para apreciar el paisaje cordillerano, primeramente se maravilla con éste, un cielo azul puro, en el poniente un color turquesa leve, el aire era primaveral, y por encima de algunas montañas dominaba el volcán San José. La loma del volcán la describe como virginal, donde nadie aún ha podido pisar esa zona. Describe escarpadas laderas y profundas hendiduras en los hielos que lo hacen inaccesible. Finalmente realiza una descripción más general del paisaje montañoso; una tierra seca, desierta y yerma.

«Toda esta superficie es montañosa, todo en ella es grande, inmenso. Las propias cimas de la cordillera, aunque de 6.000 m de altura, no parecen tan altas, pero hasta donde alcanzan la vista, no hay árboles ni arbustos ni la menor huella de vida» (Román, 2000: 8).

En definitiva

Tal como se puede apreciar en la descripción de los viajeros, la montaña significó un espacio de mucho interés paisajístico, científico y económico. El breve relato que nos deja el viajero Eduard Poeppig, nos permite tener una aproximación de cuál era la representación del paisaje montañoso. Para el médico alemán era comparable a una gigantesca muralla, por lo cual destaca su imponencia y magnitud, su percepción del paisaje se identifica con la magnificencia y los grandioso que es la cordillera andina.

El viaje de Francis Bond Head a la Cordillera de los Andes en busca de yacimientos mineros, deja una descripción de la percepción de las zonas de montaña. En primera instancia distingue lo hermoso del valle del Maipo destacando sus torrentes, suelos fértiles y abundante vegetación. Sin embargo, a medida que avanzaba y ascendía en altura, la percepción fue cambiando hasta tornarse dantesco, pavoroso y terrorífico, un paisaje desprovisto de vegetación en un cuadro de verdadera desolación, que no dejaba de ser magnifico y enorme pero particularmente espantoso. El viaje realizado por Darwin evidencia que su percepción estaba muy relacionada con la apreciación de la zona para futuras investigaciones geológicas. Para él, la zona del Cajón del Maipo se convertía en un verdadero laboratorio científico que se encontraba localizado en un paisaje desolado y con escasa belleza paisajística desde la óptica de la flora y fauna. Para Ignacio Domeyko la montaña fue un paisaje donde la vida se hacía cada vez más difícil de llevar, por tanto su percepción era de un lugar desolado y sin vida.

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