5 lecciones que aprendí después de haber sido robado en la CDMX

Selfi con mi celular en el transporte público.

Hace unas semanas usé el metro de la Ciudad de México; no era la primera vez que lo hacía, pero había pasado mucho tiempo sin que tuviera la necesidad de transportarme por ese medio. Me subí en la estación de San Cosme y transbordé en la conexión de la estación Hidalgo. Era sábado después del mediodía, tenía mis audífonos conectados a mi celular y mi celular en el bolsillo frontal derecho. Entre empujones, una masa de gente (con la fuerza que la colectividad supone) me metió al vagón despojándome de mi voluntad y, según me enteré segundos después, de mi teléfono.

La reacción no fue inmediata, por supuesto. No desconfío de la gente y la consciencia que tengo de mí mismo aisló la idea de la transgresión. Lo explico en dos etapas: 1) ni siquiera pensé que me habían robado, creí en primera instancia que se me había caído el celular entre tantos codazos y apretones; y 2) cuando escuché: «se bajó, ve a alcanzarlo», frase que alguien soltó para apurarme a atrapar a mi asaltante, seguí buscando en el suelo.

Todo esto pasó en menos de 30 segundos. Cuando veía al piso, pensando que mi teléfono estaba destrozado entre los pisotones de los usuarios, como mínimo (me pasó por la cabeza que pudo haberse caído a las vías), y acepté su pérdida, entonces me di cuenta: me robaron. Y el despojo me hizo sentir vulnerable.

Siguieron las etapas del duelo, una por una, delimitadas y, ahora a la distancia, comiquísimas. El taxista que me llevó de regreso a casa me dejó marcar a mi número desde su línea para ponerle punto final a la negación y desatar el enojo con su correspondiente pellizco provinciano de xenofobia. Y aquí aprendí mi primera lección:

1. Decir «pinches chilangos» no me va a regresar mi celular

Sin tratar de justificarme, esto pasó por mi cabeza en medio de un arranque de ira; pero también pasó por la cabeza de muchos de mis amigos y familiares que por más empáticos que fueran no estaban pasando por lo mismo. Decirme «pues qué esperabas (yéndote a vivir para allá)» o «así son los chilangos, cuídate» tampoco me hizo sentir mejor. No fueron «los chilangos» quienes me robaron, fue un delincuente. Y no, tampoco es normal que suceda, ni debo esperármelo. Asumir que una comunidad es corrupta sólo justifica que lo sea, y normalizar la delincuencia transfiere la responsabilidad a las víctimas. Un robo no ocurre por ser uno pendejo.

Esto me hizo reflexionar en las palabras de apoyo que recibí en los días consecuentes. ¿De verdad lo eran? ¿De qué manera podemos reconfortar a una persona sin minimizar su tragedia?

2. Decir «Qué bueno que fue tu celular, pudo haber sido tu vida» no me hace sentir mejor

Esta frase no funciona de ninguna manera para hacer sentir mejor a alguien. Ya me siento vulnerable y esta reflexión filosófica sobre la fragilidad de la vida no aporta un comino en la reconstrucción de mi autoconfianza; no desata una epifanía que me hace reconsiderar los aspectos importantes que verdaderamente trascienden; y, ultimadamente, a nadie le están haciendo un favor al no matarlo. Cuando esta oración se extienda debe tomarse como una broma y así debe responderse, no sin una onomatopeya de risa al final para hacer evidente que no estás hablando en serio (aunque sí lo estés a causa de la situación): «Mi celular vale más que mi vida, jeje».

3. Decir «Mira el lado positivo» es una contradicción

No. No hay uno. Comprarme un celular nuevo por necesidad y no por gusto no es algo positivo, de la misma manera que hacer un gasto inesperado, o no poder hacerlo; estar incomunicado, ser parte de la estadística, ser víctima de un delito, o sentirse indefenso, impotente. Un crimen, cualquiera que sea, no tiene un «lado positivo». Que me haya tocado el menos peligroso no es algo por lo que deba sentirme mejor: que algo malo sea «menos malo» no lo hace bueno.

4. Decir «Vas a ver que en realidad no lo necesitas tanto» es inválido

No lo sé, es probable, pero me están forzando para comprobarlo. No niego que una pérdida económica duele (y bastante), pero la conmoción no la causa esta pérdida (sigo siendo la misma persona con celular, sin él, lo necesite o no), la causa la vulneración. La única manera de hacerme sentir mejor siguiendo la lógica de este argumento es reponiéndome mi equipo telefónico, algo que nadie está, ni tiene porque estar, dispuesto a hacer.

5. Decir «A todos nos pasa» es una verdad incómoda

Cuando escucho esto sólo tengo una cosa que decir al respecto: entonces algo está muy mal.

Metro Hidalgo, línea 2, plataformas. Foto: By Ymblanter, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons.

Antes de terminar quiero hacer una aclaración: agradezco los mensajes, los likes y las reacciones que recibí cuando compartí esta historia en mis redes sociales; no invalido la preocupación de quienes se acercaron conmigo. Este es sólo un ejercicio para reflexionar si lo que estamos haciendo en verdad ayuda cuando es lo que queremos hacer. Estas frases también yo las he dicho, pero ahora que lo pienso y después de haber estado en medio de la situación, la próxima vez que quiera expresar mi empatía sé que un «lo siento» será suficiente. O un «aquí tengo un celular viejo que te puedo prestar mientras puedas comprar uno», digo, de ser el caso.

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