Seis minutos

En el momento en que me siento a escribir estoy transitando los primeros meses de mis treinta años. No estoy acá porque sí, no es un día más. Se cumplen nada menos que quince desde el día en que el fútbol me dio el cachetazo más hermoso que podría haber soñado jamás. Por esas cuestiones casi forzadas de las fechas y las matemáticas, estoy en condiciones de afirmar que si a la manzana de mis días transcurridos desde que vi la luz la dividieran en dos, todo lo ocurrido antes de ese día tendría casi a la perfección el mismo tamaño que lo que pasó desde ese día hasta hoy. Y en el medio, el carozo, dividiendo una realidad de otra, esos seis minutos. Ese lapso eterno en el que el mundo se frenó, me miró a los ojos y me dijo con abrumadora claridad, que no había entendido nada.

Hace quince años, tenía quince años. Pero hoy ya no. No soy ese adolescente que faltó a la secundaria para ver al equipo de sus amores batirse a duelo con los ojos vendados. Hoy mientras escribo sentado en el sillón con las piernas estiradas sobre la mesa ratona y con la repetición del partido en YouTube de frente, tengo a mi lado manoteando el teclado de la computadora una y otra vez a mi hija de siete meses. Ella me mira teclear y sonríe. Desvía su mirada hacia el televisor y los colores, el verde e inmenso césped, los muchachos de blanco de un lado y los de azul del otro, le llaman la atención. Pero no entiende. No sabe lo que está viendo ni lo que estoy escribiendo, mucho menos que estoy hablando de ella. De todas maneras no es eso lo importante. Lo que realmente cuenta son los valores que voy a intentar transmitirle hasta el día en que el camino de nuestras vidas se bifurque y cada cuál deba seguir por su lado. Y entre todos ellos, seguramente tenga un lugar especial lo que ocurrió en aquel lejano rincón asiático el 28 de noviembre de 2000.

Ni yo, ni la mayor parte de aquellos que sufren esta misma enfermedad olvidaremos cómo fue esa mañana de martes. Me acuerdo que era tanta la ansiedad que casi ni dormí la noche anterior. Mi papá se tenía que ir a trabajar, por lo que muy temprano, cerca de las seis de la mañana, nos llevó a mi hermano y a mí a esa segunda casa que tuve durante toda mi infancia, a Juan B. Justo 1976. Ningún dato es menor, ni uno solo es olvidable. En el entrepiso que mirábamos domingo a domingo todos los partidos codificados, se sentaron Pepa y Nacho en el sillón grande, de frente al televisor, Santi en el sillón individual sobre la izquierda, de espaldas a la pared, mientras que mi hermano y yo buscamos dos sillas en la habitación de la computadora para ubicarnos detrás del sillón grande. No sonreíamos, no hablábamos, a duras penas levantábamos la cabeza para mirarnos solo unos segundos. Los nervios dominaban la escena cuando el reloj poco a poco se alejaba de las 7 a. m.

Durante los tres lustros anteriores ciertas verdades de perogrullo se me habían instalado en el subconsciente sin tener la mínima deferencia de pedirme permiso. La nociva concepción de primer mundo se tornaba irrefutable ante la mundana realidad que nos golpeaba en la cara, más aún en esos años en que por estas costas se avecinaba el naufragio. Acá podíamos tener esporádicas alegrías, pero las cosas buenas, las buenas en serio, les pasaban a ellos. Por algo habían sido ellos quienes nos obligaron a vivir a su anotojo, con sus costumbres, con sus ropas, con sus reyes, hasta incluso nos habíamos creído el cuento de crecer a su imagen y semejanza, como si fuera el único destino posible. Y con esa pesada carga sobre nuestras espaldas, dispuestos a hacer un papel digno, lease el menor papelón posible, Guti tocaba para Raúl y la pelota empezaba a rodar. Ya no había tiempo para excusas.

En la previa se había hablado mucho de dos factores clave en la formación de Boca. La primera era si jugaba Barros Schelotto, amigo de Palermo, o Delgado, amigo de Riquelme, y la segunda si Anibal Matellán resistido por muchos de nosotros, estaría a la altura de semejante compromiso. Lo cierto es que a los 3 minutos, solo 180 segundos después, Matellán desde el costado izquierdo de la mitad de la cancha levanta la cabeza y lo ve picar solo a Delgado a la espalda de Hierro. Sin dudar demasiado le tira un pase largo tan preciso que el delantero no tuvo que preocuparse por corregir, sino solo por acompañar el correr de la pelota. Una vez acomodado, y ya dentro del área, lo ve a Palermo cerca del punto del penal. Incrédulos, esperando que el árbitro cobre offside, un foul en el inicio de la jugada, o invente algo más extraño aún, todos nos fuimos parando a medida que el Chelo de zurda lo ubicaba a Martin quien, acostumbrado a estar en el lugar justo en el momento indicado, solo tuvo que empujarla. Tengo esa memoria en carne viva, como si hubiera sido ayer. Fue ver inflar la red, terminar de eyectarme de la silla y apuntar hacia mi hermano, que estaba haciendo exactamente lo mismo. Nos miramos, y sin dejar de gritar, nos dimos el abrazo más intenso que recuerde. A esa edad uno no suele decirse las cosas que siente, por vergüenza, timidez o hasta por prejuicio. Pero a ese abrazo, no le hacían falta palabras. Hubieran estado de más, hubieran sobreactuado algo que por sus propios medios ya estaba diciendo demasiado. Lo mismo que el abrazo entre Delgado y Palermo, que nada tenía que ver con todo lo hablado en la semana.

Ver un partido de fútbol por televisión tiene ciertas contras. En lo que al juego refiere, la peor de todas es no tener el panorama completo de la cancha con la facilidad de un movimiento de cuello. Por eso fue que cuando, solo 3 minutos mas tarde, otros 180 segundos después, Román desde atrás de mitad de cancha decide tirar un pelotazo frontal, no imaginamos lo que estaba por pasar. El relator agregó un ápice de información cuando aclaró que lo buscaba a Palermo, pero no sabíamos dónde. Solo lo pudimos hacer unos instantes después cuando Martin recibe el pelotazo forcejeando con Geremi, cuando deja picar la pelota y de reojo enfoca el arco, cuando logra acomodarse y cruzar ese zurdazo al que Casillas no iba a poder llegar jamás. No nos habíamos podido acomodar en la silla y otra vez ya estábamos gritando desaforados, era tanto el oxigeno que salía por la garganta que la sensación de mareo sobrevolaba nuestras cabezas. Seguíamos sin decir nada, igual que al principio, pero porque no entendíamos lo que estaba pasando. Nos habíamos criado creyendo que estas cosas no pasaban. Nadie nos había preparado para una alegría semejante. 2–0 en solo 6 minutos, en 360 segundos que me cambiaron la vida. El resto es historia conocida.

El diario Marca, la prensa más carroñera del habla hispana, tituló en su tapa ese día «La hora del Boca-ta» agregando entre comillas, como si fueran los jugadores madridistas los que hablaban «Nos los vamos a comer». La primer reacción, lógica e irracional si es que vale semejante contradicción, es indignarse, es canalizar en bronca, en rechazo, semejante dosis de soberbia. En una segunda instancia puede llegar hasta generar miedo, frustración anticipada por lo que tememos que llegue tarde o temprano. Pero hoy, independientemente del resultado, lo puedo entender como parte de un todo. Ellos eran eso. Ellos son eso, e irremediablemente, ellos van a seguir siendo eso.

Y es ahí donde radica el centro de esta hazaña. No se trata solo de haber salido campeón de un título mundial, no es cuestión de haberle ganado a un equipo repleto de figuras, ni a jugadores con supuesta experiencia en este tipo de partidos, no fue meramente una victoria deportiva. El Real Madrid representa política, social y moralmente todo lo que quienes nos ubicamos de este lado no somos ni seremos. El equipo del General Franco, el de la realeza de la madre patria, históricamente ha enarbolado las banderas del poder sin disimulo ni prurito alguno. Político en su momento, económico hoy, han explotado y exportado hasta el hartazgo la cultura del éxito, de descartar lo que supuestamente no funciona, de reciclar el plantel solo para vender camisetas, de preocuparse más por el rating que por lo que pase adentro de la cancha. Viven el fútbol de otra manera, y sienten en consecuencia. Les va bien, claro que les va bien, muy seguido les va bien, pero no siempre.

Es muy difícil encontrar momentos en nuestra línea de tiempo que sean tan determinantes como para ver a ese niño adolescente que supimos ser, acercarse a ese hombre en que anhelamos convertirnos algún día. Pero esos seis minutos me partieron al medio como a una manzana y me enseñaron de un golpe que no todo era como pensaba. Que no siempre gana el más poderoso, que nada está dicho antes de tiempo, que no hay que confiarse sino que hay que aprender a confiar, que el esfuerzo vale más que el oro, que la historia no sabe jugar al fútbol, que una vez que suena el silbato las diferencias no existen, que no hay un solo destino y por sobre todas las cosas, que cada uno tiene la posibilidad de escribir el propio. Porque aquella cruda mañana de noviembre, David no solamente venció a Goliat. Aquel día, de una vez y para siempre, David se hizo gigante.