7 cosas increíblemente importantes que desearía haberle dicho a mi esposo antes de fallecer a causa del cáncer


A los 27 años, me encontré en una situación insondable cuando mi esposo fue diagnosticado con cáncer de colon terminal. Decir que estábamos devastados sería un eufemismo.

Él tenía solamente 31 años y nuestras vidas apenas estaban comenzando. Con dos niños pequeños, la única resolución que estábamos dispuestos a aceptar era una cura. No estábamos preparados o dispuestos a aceptar una sentencia de muerte.

Desafortunadamente la vida no siempre va de acuerdo a lo planeado, y apenas 15 meses después me encontré parada a la par del cuerpo sin vida de mi esposo.

Cualquiera que te diga que la vida está libre de arrepentimientos es un mentiroso. Eso, o nunca ha visto a su esposo morir. No me avergüenza admitir que soy una de esas personas que vive con el remordimiento de lo que no tuve el coraje de hacer cuando pasé por ese momento.

Si hubiera sabido en ese momento, lo que ahora sé, esto es lo que hubiera dicho:

1. No es tu culpa.

Afrontémoslo, cuando se es diagnosticado con una enfermedad terminal, hay una tendencia a revisar tu pasado minuciosamente. Parece que todo mundo tiene una opinión acerca de lo que causa el cáncer. Nuestro marco de referencia era simplemente que los hombres de 31 años no son comúnmente diagnosticados con cáncer de colon. Con un 90% de nuevos casos detectados en personas por arriba de los 50 años, es tradicionalmente conocido que esta enfermedad afecta principalmente a generaciones más viejas, no a hombres en la plenitud de su vida como mi esposo.

Lo que desearía haberle dicho a él es lo siguiente: «Tú no causaste esto y no hay nada que pudieras haber hecho para prevenirlo. El resultado hubiera sido el mismo si hubieras comido mejor, o si hubieras escogido una carrera diferente, o si no te hubieras ido de parranda en tu juventud, o te hubieras estresado menos, o hubieras dormido más. Y, siento mucho haberte hecho sentir que tenías la culpa, porque ahora da lo mismo. Lo realmente importante es que ninguna cantidad de hubieras, pudieras o debieras te habrían devuelto la salud; ni ahora, ni nunca».

2. No debí haber tomado decisiones por ti. Lo siento.

El miedo es una emoción poderosa; una que dominó gran parte de mi proceso de decisiones a lo largo de la enfermedad de mi esposo. El miedo a no tener suficiente dinero, miedo a los resultados del siguiente escáner, miedo de que mi hijos se quedaran sin padre, y mucho más.

Recuerdo vívidamente como me sentí cuando se tomó la decisión de prescribir narcóticos de uso frecuente. Estaba aterrada. ¿Podría conducir de manera segura? ¿Sería seguro que los niños fueran con él en el auto? A causa del miedo, llamé a la compañía de seguros y pedí que quitaran su nombre como conductor asegurado. La peor decisión que pude haber tomado.

Luego esta esa vez que llamé a la enfermera del hospicio sin su permiso para pedirle que aumentara la dosis de la medicina para el dolor a pesar de que él se había rehusado. Nunca consideré que él pudiera haber necesitado esa última onza de coraje que le proporcionaba el vivir con el dolor. Parecía algo de locura en ese momento, pero tal vez no lo era tanto después de todo.

3. Apoyo tu decisión para escoger el tratamiento que tú sientas que es el mejor para ti.

Cuando un ser querido es diagnosticado con una enfermedad terminal, te encuentras agarrada a un clavo ardiendo. Hay una gran parte de ti que siente que todo el mundo está en contra tuya, incluso los doctores quienes por mandato están allí para ayudarte. Cuando te ofrecen muy pocas opciones, como fue nuestro caso, sientes que debes investigar en otros lugares.

Siempre he sido una gran defensora de las terapias naturales, así que traté hasta más no poder de convencerlo para que buscara tratamientos alternativos. Muchas veces, busqué incansablemente en las terapias alternativas durante las horas de la madrugada en un esfuerzo por encontrar la mejor opción de tratamiento disponible, porque estaba convencida que eso es lo que haces cuando alguien que amas está enfermo.

No me detenía ante nada para convencerlo de que los métodos de los tratamientos convencionales no serían suficientes, pero temo que hice ésto a expensas de él. El arrepentimiento por eso nunca será suficiente.

4. Tú vales.

El cáncer tiene una manera de dejar inválida a una persona al quitarle hasta la última gota de la dignidad humana que posee. La experiencia de mi esposo me enseñó una lección muy importante: nunca tomes nada por sentado. Cuando finalmente él tuvo que sucumbir a una colostomía para aliviar un poco el malestar, lo vi en sus ojos, estaba mortificado.

A pesar que le rogué que me dejara ayudarlo a llevar a cabo la rutina de cuidados que ésta requería, se negó. Me imagino que hay ciertas indignidades que una persona prefiere esconder de su amante, eso yo lo entiendo.

En una ocasión particular el olor se volvió penetrante. Parecía que se infiltraba en cada grieta de nuestro hogar. Al no ser capaz de aguantarlo por más tiempo, fui y desde el otro lado de la puerta del baño, murmuré, «¿Por favor, puedes abrir la ventana?» Estoy segura, que en ese momento, abrir la ventana era en lo que menos él estaba pensando.

Si tuviera que hacerlo otra vez, hubiera hecho todo lo posible por comunicarle que el estado de su cuerpo físico no era lo que lo definía como valioso.

5. No te culpo por no haber querido buscar ayuda psicológica.

Cuando vives con una enfermedad terminal, hay algunas heridas tan profundas que no es posible siquiera el comenzar a resolverlas, y eso esta bien.

6. A la mierda… vamos a por un helado.

Algunas veces lo único que te dan a escoger es un montón de opciones de mierda. Y cuando la vida es un asco, algunas veces la mejor opción es no escoger ninguna de ellas. Algunas veces la mejor opción es olvidarse de todo e ir a tomar un helado, o cualquier otra cosa que se te antoje. Siento mucho el haber dejado que la preocupación no me dejara vivir la vida al máximo especialmente cuando era crucial que lo hiciera.

7. Está bien admitir que no hay un lado positivo.

Mi esposo tocó muchas vidas, pero ninguna de esas vidas será suficiente para compensar el dolor que el sufrió, o la dignidad que le fue arrebatada, o la pérdida de su vida. Sobre todo, desearía haberle dado a él permiso de admitir eso.

Ahora me doy cuenta, que ser valiente y pretender que hay un lado positivo se trata más de ayudar a otros a salir adelante que de ayudarte a ti en tu propio camino. Desearía haberle dicho a mi esposo que dejara aflorar sus sentimientos en su totalidad sin sentir que debía endulzarlos para el beneficio de alguien más.

La verdad es que, el cáncer es una enfermedad devastadora. No solamente roba vidas, en el proceso destroza familias. A lo largo de esta travesía con el cáncer, no hubo un día en el que no nos sintiéramos totalmente solos en nuestra lucha; ese nivel de ansiedad es capaz de sembrar el caos incluso en alguien que lleve una vida muy estable.

Principalmente, estábamos perdidos acerca de cómo navegar ese laberinto desplegado enfrente de nosotros; de ahí, la razón por la cual tropezaba tan a menudo. Milagrosamente, en el final, el tema dominante sería el perdón. Ambos entendimos que habíamos hecho lo mejor que podíamos hacer ante semejante situación; y finalmente, el amor del uno por el otro es el que eclipsa los remordimientos y el que permanece.


Esta pieza apareció originalmente en xoJane.


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