Abuelo Ray

[Este es un texto recobrado: la versión original y más extensa de un artículo que publiqué a propósito de la muerte de Ray Bradbury en 2012.]

La portada de la primera edición de Fahrenheit 451.

A Ray Bradbury lo recordaremos como un autor de ciencia ficción y fantasía — uno de los grandes de la literatura de imaginación, un precursor de corrientes como la novela distópica o la weird fiction— , pero si queremos entenderlo hay que hacer como hizo él: Bradbury volvió en sus textos, una y otra vez, a los años de su infancia, para recordar las experiencias que lo formaron y le inspiraron las visiones que plasmó en sus grandes libros, como Crónicas marcianas (1950), Fahrenheit 451 (1953) y El vino del estío (1957).

El más llamativo de esos episodios data de 1932 y es su encuentro, en una humilde feria rural, con un mago, un tal Mr. Electrico. Durante su exhibición, en la que se hacían trucos con electricidad estática, el hombre tocó al pequeño Ray en la frente con una espada electrificada, haciendo saltar chispas y erizándole el pelo, y entonces gritó: “¡Vive para siempre!”.

Según Bradbury, quien contó la anécdota en muchas ocasiones, era como si Mr. Electrico, a la usanza de los reyes de la Edad Media, lo hubiese nombrado caballero: lo hubiese “armado”, como se decía entonces, por medio del ritual de la espada. Y era también como si sus palabras fueran una orden: una encomienda tan seria y trascendente como la búsqueda del Santo Grial.

¿Cómo vivir para siempre? Ray encontró una respuesta: escribiendo, inventando historias como las que ya lo fascinaban en el cine y la literatura. “He escrito cada día de mi vida desde entonces”, dijo Bradbury, y era verdad: pocos días antes de su muerte apareció en The New Yorker su último texto, otro relato autobiográfico en el que su estilo y su potencia verbal son tan fuertes como siempre, y en el que confluyen muchos de los temas que desarrolló durante su larga carrera: el asombro ante el mundo, la recuperación de lo más entrañable de las relaciones humanas, el contacto entre la vida y el arte, el amor por lo maravilloso, lo tremendo y lo simplemente humano.

Durante toda su vida de escritor — que pasó por la narrativa, la poesía, el teatro, el ensayo y el guión — , Bradbury condensó también muchas de las cualidades que la cultura estadounidense buscó más en sí misma durante el siglo XX: sobre todo, el valor del individuo ante el poder, la capacidad para ascender desde orígenes humildes y la fascinación por el futuro, que en sus obras es un lugar de maravillas pero también de peligros sobre los que la literatura puede y debe advertirnos.

Y Bradbury lo hizo: no solo se percibe en el mundo de pesadilla de Fahrenheit 451, sino también la descripción inolvidable de la devastación nuclear en el cuento ‘Vendrán lluvias suaves’, de Crónicas marcianas, o la visión de la fragilidad de la existencia humana, sujeta a los vaivenes de causas y efectos, en ‘El ruido de un trueno’ (recogido en otro volumen extraordinario: Las doradas manzanas del Sol, de 1953), entre otros.

Aunque siempre se opuso al totalitarismo, a la guerra y al racismo, las opiniones políticas de Bradbury fueron, con los años, desplazándose hacia la derecha conservadora, y en sus últimos tiempos llamaron la atención ocasionalmente, a causa de su rechazo al libro electrónico y otras nuevas tecnologías, o de su enfrentamiento, en 2005, con el documentalista Michael Moore a causa del documental Fahrenheit 9/11, crítico de la presidencia de George W. Bush.

Sin embargo, ninguno de estos hechos modificó sustancialmente su reputación como escritor, y para millones de lectores en todo el mundo sigue siendo, hasta hoy, simplemente el gran imaginador: El abuelo Ray, el cuentacuentos, el creador de historias y personajes familiares y extraordinarios a la vez.

La influencia de Bradbury en la literatura posterior a él es abundante y a la vez problemática: su prosa, repleta de metáforas e imágenes poéticas, es casi imposible de imitar y, de hecho, se basa en otra imposibilidad aparente: su sentimentalismo nunca es cursi. A causa de esto, tal vez, se han imitado más sus argumentos y personajes que su estilo, a contracorriente de la sequedad dominante durante la segunda mitad del siglo XX.

Pero justamente por ese estilo, Bradbury es, sin etiquetas ni limitaciones de por medio, uno de los más grandes escritores de la lengua inglesa nacidos en el siglo XX: un creador de estampas de inusitada claridad que permitieron ampliar los alcances del repertorio de lo fantástico para alcanzar, de otro modo, alcances universales al contar grandes experiencias humanas.

En su libro de ensayos Zen in the Art of Writing (publicado originalmente en 1990), Bradbury incluyó un poema: “We Have Our Arts So We Won’t Die of Truth”. En la edición española del libro el título se tradujo como “Tenemos el arte para que la verdad no nos mate”; esta frase no incluye la idea — difícil de comunicar claramente en español — de que “morir de verdad” (“die of truth”) podría ser algo similar a “morir de cáncer” o de cualquier otra enfermedad. La realidad como un mal, o, más precisamente, la mirada fija en la realidad “sin ningún agregado ni ayuda” como un mal.

La idea no sería muy popular en nuestro tiempo obsesionado por lo evidente (lo aparentemente evidente) y lo momentáneo, y sospecho que en su día no se leyó tampoco con mucha atención. Pero este pasaje del poema es significativo hoy:

(…) necesitamos que el Arte enseñe a respirar
y haga latir la sangre; tener que aceptar la cercanía
del Diablo
y la edad y la sombra y el coche que atropella,
y al payaso con máscara de Muerte
o la calavera que con corona de Bufón
a medianoche agita cascabeles
de óxido sangriento y matracas gruñonas
que estremecen los huesos del desván.
Tanto, tanto, tanto… ¡Demasiado!
¡Destroza el corazón!
¿Y entonces? Encuentra el Arte.
Toma el pincel. Aviva el paso. Mueve las piernas.
Baila. Prueba el poema. Escribe teatro.
Más hace Milton que Dios, aun borracho,
para justificar los modos del Hombre con el Hombre. (…)
[De Zen en el arte de escribir, Minotauro, 2002; traducción de Marcelo Cohen]

El arte, dice Bradbury en el poema, sería ese elemento adicional que daría sentido a nuestras vidas: a cada una de ellas. Pero este arte sería el de cada uno de nosotros. Más que consumirlo, necesitamos hacerlo. Su libro se vende como uno más de consejos para escritores (o aspirantes a serlo: personas que desean ser especialistas en un oficio), pero este ideal extraño se encuentra no solo en la obra de Bradbury, sino en la de muchos otros artistas de todas las épocas: la creación artística como una práctica privada, absolutamente personal, capaz de servir de herramienta para intentar comprendernos en el mundo y para encontrar, cada uno, nuestras propias respuestas.

Es una idea inquietante, turbadora, subversiva, pero libertaria al fin, como lo es también la mejor parte de la obra de Ray Bradbury.

Y ahora, esa obra, que ya es parte de los clásicos de la literatura mundial, le permitirá al propio Ray —al niño de Waukegan y al abuelo sabio de Los Ángeles — cumplir la encomienda de Mr. Electrico: vivir para siempre entre nosotros.

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