Acerca de la educación estética

En Funciones y tipos. Apuntes para unas clases sobre álbumes ilustrados (3), al hablar de cómo los álbumes pueden favorecer una mejor educación cultural y artística de los niños, hago un paréntesis titulado «A propósito del desarrollo de la creatividad en los niños». Lo reproduzco aquí algo modificado: le he quitado varias notas al pie o las he incluido en el texto parcialmente.

En un mundo con tantos estímulos visuales como el nuestro es especialmente necesaria una educación que ponga las bases para poder apreciar el arte debidamente.

Por un lado, es necesario hacer llegar al niño unos conocimientos básicos que le permitan comprender cada vez mejor el lenguaje propio del arte. Hay obras que dicen algo a quien las ve sin necesidad de saber mucho de su significado: a un adulto la Piedad de Miguel Ángel le puede conmover aunque no sepa nada de la historia en la que se basa; o el colorido y la composición de una obra de Kandinski le puede atraer aunque no sepa nada de lo que pretendía el arte abstracto. Pero, sin duda, las apreciará más quien conozca los precedentes históricos y artísticos que hay detrás de ambas obras, algo que será más necesario todavía en otros casos: y es que un primer placer del arte es el del reconocimiento. En esta dirección está claro que una parte del trabajo educativo es el de proporcionar a los niños, a su tiempo y de modo adecuado, los contextos que necesiten para comprender mejor las cosas.

Por otro lado, es conveniente pensar que vivimos en un mundo en el que, por diversas razones, tendemos a dar valor a una enseñanza libresca y a prestar menos atención de la que debemos al desarrollo de la creatividad de los niños. La mirada del niño no está tan condicionada como la nuestra, no da por supuestas las mismas cosas, se fija en aspectos distintos de la realidad, y saca conclusiones diferentes —y aquí es el educador el que ha de estar atento y aprender a llevar a cada uno por su propio camino— . En este sentido, tal vez la mayor dificultad en la educación artística del niño está en darle la formación que necesita pero no cambiar su relación emocional con el arte (una cuestión de la que habla, muy bien, Andréi Tarkovski: nos solemos aproximar al arte «suponiendo que el autor ha encerrado complicados significados en su obra, creemos que es necesario un conocimiento especial para sacarlos a la luz, para desentrañarlos. Pero la realidad es mucho más sencilla que todo eso, porque si el artista no logra actuar directamente en los corazones de los espectadores, ¿qué sentido tiene su trabajo?»).

Es decir, no se ha de confundir el conocimiento de la historia del arte, en cualquiera de sus sentidos, con un verdadero conocimiento del arte aunque sin duda sea un conocimiento sobre el arte: «es mejor que el arte y la historia gusten juntamente, pero es completamente posible sentir indiferencia por la historia del arte y amar intensamente el arte», confundir estas dos esferas puede «llevar al desánimo a muchas vocaciones artísticas sin incitar todos los casos vocaciones históricas» (idea que desarrolla Etienne Gilson en su magnífico libro Pintura y Realidad).

Dicho esto se puede añadir que, aunque hay álbumes ilustrados de todas clases, tal vez los que conviene promover más entre los niños son los que facilitan la mirada serena del lector, los que le ayudan a reflexionar sobre sí mismo y sobre su entorno. Los álbumes bien elegidos son útiles para contrarrestar las dificultades concretas que tiene la educación estética de los niños cuando, a su alrededor, abundan tantas proclamaciones enfáticas sin significado alguno: con una imagen gráfica Chesterton decía que los educadores tienen por delante una tarea comparable a la de «convertir a los borrachos en catadores». Chesterton ponía lo anterior en relación con la importancia de los juegos infantiles y apuntaba cómo él, cuando era niño, podía disfrutar del «fuego rojo» de la hoguera que se fabricaba él mismo cuando jugaba con su teatro de marionetas: al niño de antes, decía, «el teatro de juguete le mostraba pequeñas figuras de cosas grandes», mientras que al niño de hoy «los carteles de la ciudad le muestran grandes figuras de cosas pequeñas».

Además, a veces los adultos dificultan la educación estética del niño cuando buscan que disfrute del arte en las condiciones más cómodas posibles, como si fueran las más inspiradoras: esto, también según Chesterton, es un «error sobre la psicología del arte. Una persona que asciende una montaña para ver la salida del sol la ve de manera muy diferente de la que se le muestra, por medio de una linterna mágica, a un hombre sentado en una silla de brazos. Seamos piadosos con el hombre sentado en una silla de brazos, cuando sea una persona impedida, pero no demos por sentado que no existen cumbres que valga la pena ascender, o dramas suficientemente buenos que no valga la pena ir a verlos al teatro». Es decir: hay una gran diferencia entre ver una pintura original y una de sus imitaciones o de sus reproducciones impresas; sin duda, las reproducciones son útiles para la enseñanza, pero conviene recordar que la experiencia estética entre ver una pintura original y ver su reproducción no es la misma.

Por último no está de más recordar que de un alimento lo que más importa es lo que nos alimenta y lo bien que nos sienta. En lo que se refiere al tema del que hablamos viene bien recordar algo que decía Bill Viola: «Hoy en día todos nosotros tenemos un mundo visual muy amplio en nuestro interior. […] Somos bases de datos vivientes que almacenan imágenes —coleccionistas de imágenes— , y estas imágenes no dejan de transformarse y crecer cuando están en nuestro interior. […] El término “estética” procede del griego antiguo, y tiene que ver con sentir las percepciones, en particular las visuales, en tanto que están relacionadas con el placer, la belleza y el gusto. Ese es el objetivo cuando uno levanta el tenedor y prueba un bocado de comida: la saborea. Pero en realidad esto es sólo el principio. Es mucho más importante lo que ocurre cuando la comida entra en el cuerpo, cuando se digiere y se asimila como energía. […] La nutrición, al fin y al cabo, se convierte en el aspecto más importante de las imágenes, no tanto el gusto».