Achicharrados

¿Y a ti, qué te provoca tanto calor?


Segunda entrega de la serie “Verdades del verano
Por María Ripoll Cera
Una fresca “S” de gifs y fondos

e levantó de la reunión con todo el culo mojado. Arruinado al momento el efecto de mujer profesional. Ahora parecía una cuarentona con problemas de sudor. ¡Dios! Cómo puede gustarle a alguien vivir con este calor.

Tuvo que ir con las piernas hinchadas a hacer la compra, porque nadie tiene el detalle de dejar de comer estos días achicharrantes. Podríamos evolucionar como especie hacia el estiar y no al hibernar, pensaba. Y los del otro hemisferio, acurrucaditos en su chimenea, manda huevos.

Llegar y cocinar, que la hija veinteañera ha encontrado empleo y llega pensando que trabajar todo el día es lo más agotador que ha hecho nunca. Lo que le espera por descubrir… Y por fin, el momento de tumbarse en el sofá con las piernas levantadas y 2 ventiladores enfocados hacia su siesta.

Que se desnuden

Mientras el hijo adolescente salía de casa excitado por lo guapas que se ponen las chicas en verano, camino de reunirse con sus amigos. Le habían quedado las mates, pero eso, para finales de agosto.

Toda Barcelona para ellos, repleta de playas con mujeres semidesnudas y fiestas en las plazas, en las que entrecruzar amigos y provocar noviazgos. Precisamente ahora que estrenaba novia, la chica más bella de todas.

Qué romántico, justo pensaba ella, un amor de verano. Un chico bueno y simpático, que está por mí, que me querrá toda la vida, y tan sexy. Suerte que mamá me acompañó a comprar tangas Kalvin Klein y a mi gusto en escoger pulseras ibicencas, que lo he conquistado. Cómo me deshace que me llame petita, que me mire con esos ojos, y cuando me toca… ¡uf! Voy a comprarle un colgante que me recuerde siempre.

Que se vistan

Qué montañas de ropa. Con cercos de sudor, marcas de carmín, incluso dedos de helado. Y esa adolescente que no deja de pedir que le saque todos los colgantes. Cómo odio las rebajas de julio, obligada a doblar y colgar y arreglar estropicios. Y que hay que hacer, si nos salva el verano. Lo único bueno es el aire acondicionado, cómo me gusta ver a la gente abrasada desde la tienda. Y los tíos buenos que entran de vez en cuando.

Y no está mal la dependienta, aunque tiene cara de amargada. Qué buen cuerpo, buenas tetas. Y ya veo que la he cazado. Puedo hacer con ella lo que quiera. Qué tal en los vestuarios. Cómo fliparían los colegas. Que por cierto, menudo plan esta noche, cena en la playa y baño con carrera hasta la boya.

Que se vayan

Está muy lejos, pero he de ser capaz de llegar, pensaba el niño, que ya estaba azul y arrugado de tantas horas en el mar. Quería llegar hasta la boya. Una cuestión de sentirse mayor. Y las sombras lo hacían más difícil. Ya no se veía el sol. Los veleros continuaban navegando, ahora con luces, hacia tierras misteriosas más allá del horizonte.

Voy a vomitar, arf, esto no para de moverse. Y tanta agua. Aquí no hay deliciosos rincones callejeros que oler ni perros a quienes husmear el culo. ¿Y dónde está la pelotita? Solo veo unos bichos grandes con alas que me miran con apetito.

Pues qué te piensas, capullo. Los humanos han invadido mi terreno en las playas y ya no puedo comer basuras. Tengo que descansar en los barcos y alimentarme de peces, puagh.

Echa a esa gaviota, Juan, que se quiere comer a Bobby, y además me da asco.

Que vuelvan

Si al menos aprendiera a cocinar, pensaba Juan, nos la podríamos comer a la cazuela. Ni los peces que pesquemos vamos a saborear como dios manda. Desearía volver a tener 20 años y asar el pescado con los amigos en la playa, a la luz de la luna.

Y dale conmigo, si no soy más que una roca dando vueltas. ¿Por qué ponen en mí tantos sueños los humanos? Como me mareen mucho más, le digo a mi marido el sol que nos vamos a otra galaxia. Y listos.


Y nosotras, preocupadas.


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