ADO revisited

De pequeño pocas cosas disfrutaba tanto como viajar en ADO. No importaba si el destino era una ciudad anodina enclavada en el altiplano veracruzano o un gran centro neurálgico del país, donde el bullicio de los coches y la gente lastima los oídos. A la escasa edad de cinco años yo era lo que Lao Tzu describía como un «buen viajero»; no tenía planes fijos en la ciudad que me acogería ni tampoco poseía la intención de llegar. Lo que me emocionaba era subirme al autobús rojo y gris —esos eran los colores que ostentaban los camiones de la línea en aquella época—, sentarme junto a la ventanilla y atisbar el paisaje al otro lado, sin importar que tan oscuro estuviera afuera —mi madre y yo invariablemente viajábamos de noche—. A diferencia de mí, mi madre detestaba viajar en esos armatostes. Incluso llegué a pensar que aborrecía del todo viajar: ¿quién en su sano juicio podía odiar el relajante bamboleo de un ADO? Apenas alguien le daba la oportunidad, desataba una verborrea de quejas que iba desde el clásico «no pude dormir en todo el camino» hasta el poco frecuente «di un par de cabezaditas; no se me hizo tan pesado el trayecto».

Por aquellos días, no me avergüenza admitirlo, yo era un entusiasta del ADO en todos los sentidos. La psicología infantil es, por lo general, compleja. Difícilmente llegaré a comprenderla de forma cabal. Los gustos de los infantes van desde comer pegamento o tierra hasta empalar animales pequeños o insectos. Mi fetiche, si puede llamársele así, era un autobús de juguete, replica exacta de un ADO de principios de los años noventa. Cargaba con él dondequiera que fuese. Era mi posesión más preciada, muy por encima de un sinfín de luchadores de plástico, las naves de Star Wars, los GI Joe y el Super Nintendo. Podía pasar horas jugando con él, imaginando itinerarios poco convencionales —Tapachula-Tijuana, por ejemplo— y los accidentes carreteros más espectaculares. Ese autobús se volvió tan icónico que, hasta el día de hoy, algunos miembros de mi familia tratan de molestarme contando, a cuanta persona se deje, las innumerables anécdotas de mis infantiles juegos con él. Yo sinceramente don’t give a fuck about it; mi ego es tan desmedido que me place cuando relatan algunos sucesos de mi existencia.

No obstante, mi infantil entusiasmo «camionero» comenzó a declinar con el paso de los años, como era de esperarse. No recuerdo exactamente a qué edad empecé a aborrecer un poco los viajes en los Autobuses de Oriente ni el porqué. Supongo que fue al entrar a la pubertad o un poco antes. Atrás había quedado aquel autobús de juguete que acompañó gran parte de mi niñez. Mis inquietudes e intereses ya eran distintos. Recuerdo que cuando viajaba solía pensar en la chica que me gustaba en aquel entonces mientras escuchaba música en mi Discman Sony —no diré quién era ella; sería regalarle un arma a los fastidiosos miembros de mi familia con la que podrían «molestarme»—, así el trayecto era más llevadero. Ya no era un niñato de cinco años y mi estatura —que siempre ha sido superior a la promedio del mexicano— comenzaba a ser un dolor de cabeza cuando me apoltronaba en los «comodísimos» asientos del ADO. En aquella época, el periplo aún era, de alguna forma, soportable. Sin embargo, con el paso del tiempo, y con la evolución de la línea de camiones, los trayectos se me hicieron, irónicamente, aun más insufribles.

Cesare Pavesse afirmaba que «viajar es una brutalidad. Te obliga a confiar en extraños y a perder de vista todo lo que te resulta familiar y confortable de tus amigos y tu casa. Estás todo el tiempo en desequilibrio. Nada es tuyo excepto lo más esencial: el aire, las horas de descanso, los sueños, el mar, el cielo; todas aquellas cosas que tienden hacia lo eterno o hacia lo que imaginamos como tal». Lo anterior, al menos para mí, no es del todo cierto, pues, a diferencia de Pavesse, no considero que al viajar algo nos pertenezca, sobre todo cuando se trata de subirse a un ADO de corrida nocturna. Pongamos el ejemplo del aire. Éste siempre es propiedad de alguien más y de nadie a la vez. Desde que comencé a viajar solo —casi siempre de noche, para no romper la costumbre— , noté que el ambiente —¿debería decir el aire?— en los ADO está más viciado que en un antro de mala muerte: los flatos ajenos, el olor a pies —sí, siempre hay alguien que se quita los zapatos— y el vaho hediondo de gente con halitosis proliferan. Todo esto se aúna a estruendosos ronquidos, murmullos de melosas parejitas y ocasionales llantos de niños o la cacofonía de toses tuberculosas. ¡Un tormento demencial!

Para mi desgracia, mis viajes en ADO rara vez son tranquilos o convencionales. Por lo general, mis acompañantes son personas obesas y sudorosas que eructan todo el tiempo o viejecillas enfermas que no paran de toser o sorberse los mocos. La situación no mejora mucho cuando no hay persona alguna en el asiento de al lado ni cuando elijo un itinerario vespertino. En una ocasión, ya harto de sufrir las torturas de las corridas nocturnas —suena a albur, pero no lo es—, decidí comprar un boleto para un viaje por la tarde de Xalapa a Coatzacoalcos. Tras abordar y apoltronarme junto a la ventanilla en mi asiento azul decorado con rombitos rojos, recé para que nadie se sentase a mi lado. El ruego, para mi sorpresa, surtió efecto. Las primeras horas de camino fueron soportables. El autobús no se había llenado —de hecho iba casi vacío—, lo que contribuyó a crear una atmósfera un tanto agradable. Lo único que rompía el aparente silencio era la película trasmitida. Invariablemente, en las corridas vespertinas, se emiten películas —la mayoría de las veces de pésima calidad— que nunca veo al menos que no tenga otra opción. Aquella era una de esas ocasiones. Mi iPod se había quedado sin batería y me vi obligado, para no aburrirme, a ver Zoolander. A mitad del filme, me levanté para ir al baño a orinar. Es infrecuente en mí ir al baño de un ADO, pero when you gotta go, you gotta go. Caminé por el estrecho pasillo, flanqueado por asientos vacíos, y antes de llegar al váter un fulano con cara de éxtasis captó mi atención. El hombre practicaba algo más que un simple «billar de bolsillo»: su mano izquierda se movía vigorosamente dentro de su pantalón. Seguí caminando como si nada; no quería que el tipo abriera los ojos, me viera ahí y pensara que yo era un vulgar voyerista. Cuando salí de cuarto de baño, apreté el paso y no volteé a ver al sujeto. El resto del camino, pasó sin contratiempos, aunque llegué a Coatzacoalcos con un terrible dolor de piernas —producto de mi estatura y el estrecho espacio entre los asientos del bus—, asqueado y, a la vez, hambriento.

A pesar de todo, no puedo negar que viajar en ADO me ha proporcionado experiencias dignas de contar. He sido testigo de innumerables episodios kafkianos, grotescos, incómodos y chuscos. Son estos últimos, sin embargo, los que se han grabado con más fuerza en mi memoria. Sobre todo cuando soy el protagonista de dichos acontecimientos. Aun hoy, a mis veintiocho años, no deja de sorprenderme la increíble rapidez con que le tomamos cariño a ciertos recuerdos por el simple hecho de haber representado algún momento importante o risible de nuestra existencia. En mi caso, rememoro con cierto aprecio la vez que la migra de mi propio país intentó bajarme del autobús al confundirme con un extranjero. Viajaba, con mi madre, de Coatzacoalcos a Xalapa. Habíamos recorrido menos de la mitad del trayecto, por lo que aún quedaban varias horas de suplicio carretero. Al pasar la caseta de cobro de Cosamaloapan, el autobús hizo una parada de rutina a la orilla de la autopista. Un oficial del INM subió al autobús. Tras el aumento de la violencia y de la migración centroamericana en el país, un sinnúmero de puestos de control —llamarlos retenes sería exagerado— se habían implementado en ciertos puntos, supongo estratégicos, de las carreteras veracruzanas. Linterna en mano, el oficial recorrió el pasillo arrojando un molestísimo haz de luz blanca a la cara de cada uno de los pasajeros. Cuando llegó hasta mi asiento, el inoportuno brillo de la luz me sacó de golpe de mis cavilaciones. Pronuncié alguna frase ininteligible que no recuerdo y, tras mirar al oficial parado en el pasillo, le pregunté a mi madre qué sucedía. La voz áspera del tipo, terminó por «despertarme». «¿De dónde vineh y adónde vah, muchacho?» Balbucí la repuesta, pero, por alguna razón, ésta no convenció al hombre. Entonces se dirigió a mi madre: «¿él viene con usté, señora?» Ella respondió afirmativamente. No obstante, el fulano era más terco que una mula. «¡Muéstrame tu identificación si no quieres que te baje!», me dijo. Me sobresalté: había escuchado que sujetos como ése solían bajar del autobús a aquellas personas que no parecían mexicanas —¿cómo debe lucir un mexicano según ellos?— y las hacían cantar el himno nacional, valiéndoles un soberano cacahuate si portaban consigo su identificación oficial. Le extendí mi IFE —todavía no había cambiado sus siglas a INE—, la revisó por todos lados y me la devolvió. «Ta bien güero; te confundí con gringo», masculló mientras soltaba una tenue carcajada. Indignado, guardé mi credencial electoral, me coloqué la capucha de mi sudadera y volteé la cabeza hacia la ventana. El tipejo finalizó su inspección y bajó del autobús farfullando un «¡graciah!» al conductor. El resto del trayecto no tuvo percances.


Si antes me agradaba viajar en ADO, ahora me da pavor. México vive desde 2010 un periodo de gran violencia que todo lo impregna. Absolutamente nada escapa de ella. El país está hundido en una perenne y oscura narcoguerra que día a día cobra un sinnúmero víctimas, muchas de ellas inocentes. El país es una tierra que no para de sangrar. México sigue fiel a su historia: una de guerra cuyos meandros se extienden porque los señores —¿debería decir warlords?— son fuertes y el poder que debería someterlos es extremamente débil o podrido. En esta madriguera patas arriba, viajar por carretera es tan riesgoso como jugar a la ruleta rusa. Los cárteles de la droga han hecho de las vías terrestres sus territorios de saqueo, fornicación e incluso de reclutamiento. En Veracruz y la zona del Golfo de México, los Zetas poseen el control indiscutible. A finales de marzo de 2011, en San Fernando, Tamaulipas, una aldea situada a 140 kilómetros entre la frontera de México y Estados Unidos, los Zetas detuvieron y secuestraron un buen número de autobuses de la compañía Ómnibus de México que viajaba por la autopista 101; hicieron bajar a los pasajeros y los obligaron a luchar entre sí como gladiadores, armados de bastones y cuchillos; a los supervivientes se les garantizó un puesto en el cártel. Los que sucumbieron en combate, fueron enterrados en fosas comunes. Tras el descubrimiento de un total de ciento noventa y tres cuerpos, a este hecho se le dio el nombre de Segunda masacre de San Fernando.

México, ya se sabe, es a veces una país magnífico y a veces un país nefasto. Aunque desde hace unos años, creo que es más nefasto que magnífico. El 20 de febrero de 2015 en La Tinaja, Veracruz, un grupo de sujetos interceptó, un autobús de la línea ADO que circulaba por la carretera federal 145. Los individuos habían atravesado un tronco en el camino para bloquear el paso del autobús. Amagaron al conductor con pistolas, obligándolo a conducir hacia un paraje denominado El Fraile. Ya en el lugar, despojaron de sus pertenencias a los pasajeros y violaron a las mujeres.

Es difícil precisar cuándo nos rebasó la inseguridad. En el país del «no pasa nada», sucede de todo. El fin de año pasado, pensaba ir a Querétaro para ver a unos familiares. Por razones que no puedo recordar —quizá por la güeva y el miedo que tenía de viajar—, decidí quedarme en casa. El 28 de diciembre me levanté muy temprano por la mañana —sentía el estómago pesado, claro aftermath de la comilona de los últimos días—, me dirigí a la cocina y tomé un Sal de uvas Picot —odio el Alka-Seltzer—. Me tumbé en el sofá de la sala con mi celular y abrí la aplicación de Twitter. Pensaba tuitear alguna estupidez relacionada con mi malestar, pero el tuit de un diario mexicano llamó mi atención. La nota, como muchas que hablan de México, era roja: el día anterior (27 de diciembre de 2015) un autobús ADO que viajaba de Puebla con destino a Cancún había sido asaltado antes de llegar a Coatzacoalcos. Según el reportaje, dos hombres armados despojaron de sus pertenencias a los pasajeros y violaron a una chica de diecisiete años. Cuando finalicé de leer la noticia, tuiteé una especie de aforismo referente a la violencia. Me quedé pensando, inútilmente, en la situación del país por algunas horas hasta que el sueño me venció. Ahora que lo pienso con detenimiento, pude abstenerme de tuitear. Ni los posts en Facebook ni los tuits cambiarán nada en este mundo. Si pudieran, ya lo habrían hecho.


La palabra «recordar» significa, etimológicamente, «traer de nuevo al corazón». Sin embargo, el corazón sólo es, en palabras de Valeria Luiselli «un órgano desmemoriado que bombea sangre». Los recuerdos, aunque una idea «romántica» nos lo ha hecho creer así, no se encuentran en él. Todo está y estará siempre en nuestra cabeza, mezclado con un sinfín de imágenes de distinta procedencia. Por esta razón, rememorar es un proceso similar un sutil experimento químico cuyo resultado nos proporciona la posibilidad de reinventar nuestro pasado.

Los recuerdos que tengo de mis innumerables viajes en ADO son, por lo general, fragmentarios, efímeros y baladíes. Hay algunos que recuerdo mejor que otros, pero incluso en esos las imágenes que poseo son un tanto borrosas. Por norma, me vislumbro en dichas memorias en tercera persona. Muy raras veces recuerdo la vestimenta que llevaba o los olores que me atormentaron o me hicieron disfrutar. Soy consciente de que algunas de mis memorias son de fabricación posterior o una mezcla extraña de anécdotas que mis amigos, familiares y yo hemos compartido. Pero supongo que eso es común en todos los seres humanos. Entonces, ¿dónde acaba la ficción y dónde empieza la realidad? No sabría decirlo.