Agustina ‘piel de sapo’

La caída de Lucifer (Doré)

Hay diferencias entre la belleza y el amor, muchas más que entre el arte y el sexo. Placer, tensión y adicción parecen combinarse en mensajes estéticos, de esos que apreciamos nada más nacer, de esos que están por todas partes: sonidos, colores, texturas, olores y sabores que nos provocan reacciones. Pero ese día Agustina, artista ecléctica, pactó con Lucifer y todo empezó a cambiar.

Hastiada de emanar belleza, regurgitó hasta la última pincelada de su primer lienzo. Estertores de claroscuros aún asomaban por la boca, cuando en uno de sus ojos se le apareció el Mismísimo. «Mi dulce pécora, ¿me has llamado?». Sin parpadeo, a pelo. «No contestes; bromeaba. ¡Por supuesto que me has invocado!». Ella seguía en dos mundos, sin saber a qué atenerse. «Nada ha de temer quien no ama», prosiguió la imagen espectral en tono más solemne. «Ahora solo presta atención». Agustina empezaba a recuperar la conciencia. Creía. Como podía, se incorporaba sobre el lecho, imaginando que estaba soñando, tratando de deshacer la náusea que le ataba a esa pesadilla parcial. «¡Que me escuches, maldita sea!». El ser omnipotente decidió emplearse a fondo y ocupó toda la visión de la artista, y todos sus sentidos. Ella despertó en la mismísima pesadilla.

«Escucha bien lo que te digo: Desde ahora confundirás todos tus sentidos. Jamás volverás a discriminar estímulo alguno. Todos pasarán por mí, y yo me encargaré de que te lleguen como a mí me parezca. Yo proceso. Yo soy el primer escalón de tu conciencia y a mí rendirás cuentas cuando creas desfallecer. Nadarás en aguas procelosas, hallarás respuestas a tus eternas preguntas y quizá logres sobrevivir a tu obra, por eterna que sea a partir de ahora. Nunca más serás bella en las distancias cortas, pero atraerás con pasión a quien te toque. Nadie te amará, pero serás deseada por todos. Nada amarás más que tu obra, sin comprenderla, sin sentirla tuya, pero sabiendo que es tuya. Hagas lo que hagas, atiendas a la pulsión que atiendas, todo será arte, objetivo para todo el mundo. Crearás bajo mis designios y creerás que todo es tuyo. Abandonarás cualquier tentación espuria, cualquier llamada a la prudencia, cualquier atisbo de calma chicha. Solo a mí, en mi excelsa existencia, podrás dirigirte en verdad; tus palabras carecerán de contenido una vez las pronuncies y jamás reconocerás que las dijiste. Este es pues el trato que acabas de firmar con tu ira. La maldición de Lucifer vaya siempre contigo. Eres libre, absolutamente en mis manos. ¡Despierta!».

Dos semanas después, Agustina paseaba sonriente por el palacio de congresos. Lucía una sonrisa arrogante que deleitaba tanto como cada una de las creaciones que jalonaban las calles de la magna exposición. Rezumaba maldad: en el vestíbulo una construcción reproducía una enorme sanguijuela adherida al cuello de un bebé (terracota); decenas de personas curiosas se amontonaban recorriendo la obra con la mirada, sin parpadear, excitadas. Todo sobrecogimiento era estético. Un pasaje por las ruinas recreadas de una guerra, con el hedor de la muerte y el gemido de los moribundos, era la antesala a un audiovisual holográfico que mostraba a la artista esnifando cocaína antes de reírse a carcajadas, acercando su rostro a la cámara hasta casi devorar al público con estas palabras: «¡Yo os maldigo, hijos de puta! Seguid gastando vuestro dinero en esta mierda. Vaciadme de obras y no os lamentaréis». Era baladí, pero era la guinda perfecta del pastel: decenas de obras eran adquiridas compulsivamente incluso por quienes aún no habían asistido a la enorme holografía. Dos horas después del inicio, Agustina comparecía en rueda de prensa.

Han pasado tres años de aquello. Como si de una premonición se tratara, el arte acapara las conversaciones. Los niños intercambian creaciones en lugar de cromos; los telediarios han relegado el fútbol, el tiempo y la política a segundo plano; en los bares se discute de tal o cual artista; las ciudades compiten por capitalidades culturales, y las guerras se zanjan a brochazos. Nadie ha entendido nada. Cada cual interpreta lo que le parece y da la sensación de que al mismísimo Lucifer se le ha ido de las manos. Salvo por un detalle: todo es obra suya (o de Agustina). Y así será por los siglos de los siglos. Pleased to meet you.