Algunas notas a propósito de Samuel Johnson

Tardé varios meses en leer la larguísima Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, un libro que comencé «por obligación», por su fama, pero que pronto me dejó fascinado: por la personalidad apabullante del biografiado y por la categoría y ambición del libro, igual que por la calidad de la traducción y de la edición, todo hay que decirlo (aunque le falte un índice onomástico). Pongo a continuación algunas notas que tomé.

Aunque a veces su afán discutidor no se lo permite, Johnson intenta siempre ser equilibrado en sus juicios. Cuando le dice Boswell que sería terrible si, a causa del mal tiempo, no encontrasen el modo de viajar de regreso a Londres, Johnson le replica: «No se acostumbre a emplear grandes palabras para las cosas pequeñas. No sería terrible aunque me viera retenido aquí por un tiempo».

Es graciosa su forma bromista de polemizar. Así, hablando de si era o no conveniente casarse con una mujer culta opina que no del siguiente modo: «Suponiendo — dijo — que la esposa de alguien fuera de natural inclinada al estudio y a la discusión de temas cultos, resultaría muy enojoso; por ejemplo, imagine a una mujer que de continuo abundase sobre la herejía de Arriano».

Es muy notable su capacidad para expresar matices y poner ejemplos contundentes. Después de la expulsión de unos alumnos de la universidad de Oxford, Boswell comenta: «¿No es duro el expulsarlos? Tengo entendido que eran buenas personas». Y Johnson contesta: «Entiendo que pueden ser buenas personas, pero no eran personas adecuadas para estar cursando estudios en Oxford. Una vaca es un buen animal en un prado, pero nadie la aguanta en un jardín».

Son luminosos sus juicios literarios. Cuando una señora se lamenta de que Milton no hiciese buenos sonetos, Johnson le replica: «Milton, señora, era un genio capaz de tallar un coloso en una roca, pero que no sabía tallar bustos en huesos de cereza». Cuando, en una tertulia, alguien indica que ninguno de los presentes tiene derecho a criticar una obra teatral puesto que ninguno sería capaz de escribir otra igual de buena, Johnson replica: «En modo alguno, señor; ése no es un razonamiento justo. Bien se puede criticar una tragedia aunque no sea uno capaz de escribir otra. ¿O no se puede regañar a un carpintero que fabrica una mala mesa, aun cuando no sepa uno hacerla? El oficio de usted no consiste en fabricar mesas».

Muchas de sus observaciones sarcásticas no tienen desperdicio. En una discusión entre varios le preguntan cuál de dos poetas contemporáneos le parece mejor y dice: «Señor mío, aún no se ha establecido el orden de prelación entre el piojo y la pulga». Acerca de un hablador incontinente afirma: «El infortunio de Goldsmith en la conversación es el siguiente: tira y tira del hilo sin saber por dónde va a salir. Tiene un gran genio pero su saber es pequeño. Como se suele decir de los generosos, lástima que no sea rico. De Goldsmith valdría decir: lástima que no sea sabio, pues no se guardaría su sabiduría para sí».

Luego, era, como corresponde a su época, ceremonioso, como se puede apreciar en sus cartas que, además de dar a conocer qué mente tan particular tenía, resultan muchas veces hilarantes para nuestra mentalidad. En una ocasión parece ser que sufrió una especie de ataque y sintió «una confusión y una indefinición del entendimiento que duró, yo diría, medio minuto. Me alarmé y recé a Dios para que al margen de cómo dispusiera afligirme en lo corporal, me dejara intacto el intelecto. Esta plegaria, para poner a prueba la integridad de mis facultades, la hice en versos latinos. No es que fuera una buena composición, pero tampoco esperaba que lo fuese. Hice unos versos fáciles y concluí que seguía hallándome en plenitud de facultades».

Una de las ocasiones en las que Chesterton elogió a Johnson y este libro en concreto escribió lo siguiente: «se dice que el comportamiento de Johnson era rudo y despótico. A veces era rudo, pero nunca despótico. Johnson no era un déspota en absoluto. Johnson era un demagogo que gritaba a una muchedumbre gritona. El hecho mismo de que riñera con otra gente es la prueba de que permitía a otra gente que riñera con él. Su misma brutalidad se basaba en la idea de una escaramuza equitativa, como las del fútbol. Es estrictamente cierto que gritaba y golpeaba la mesa porque era un hombre modesto. Le asustaba honestamente ser apabullado e incluso mirado por encima del hombro. […] Johnson era un insolente igual a los demás y por tanto era amado por todos los que le conocían y fue inmortalizado en un libro maravilloso, que es uno de los auténticos milagros del amor». (Cita tomada de Lo que está mal en el mundo)