Amar a Dios en la creación, no en la imaginación

Desconozco lo que signifique la palabra Dios para usted, pero en tal caso de que se refiera a un ser divino que observa, dirige, y dictamina su vida, me veo imposibilitado para que nos comuniquemos en este sentido.

Sin embargo, si intenta aludir con esa palabra al insondable, esencial, primordial, y absoluto origen del cual emana toda expresión universal, entonces podremos dialogar.

Al fin de cuentas, no importa que palabras utilicemos para apuntar a la esencia que lo impregna todo; el agua del manantial de la vida ha brotado antes y seguirá brotando después de nuestros conceptos. El problema, pero sobre todo, el distanciamiento del ser con la fuente creadora (por lo menos en nuestro humano andar), es creer haber acaparado esa fuente en la imaginación. Ya lo he compartido anteriormente: el decir mil veces agua nunca nos va a quitar la sed.

Lo grandioso de nuestra vida es sin duda alguna poder interactuar con el sabio y simple arte que expresa la misma; arte superno que tontamente ponemos en segundo plano al menoscabarlo ante nuestras fantasmagóricas deidades. Afortunadamente, a pesar de nuestra intransigencia al no aceptar la invitación que nos hace la creación para participar en su armónico ecosistema, ella sigue siendo arte, no así, nuestro andar.

La mente del cerebro humano ha buscado agradarle al origen de la vida por medio de la imaginación, de esta manera, curiosamente, se ha negado a danzar al ritmo del universo; la palabra compasión no significa nada sin el acto de generosidad.

Creo que a nuestra mente le causa pavor atreverse a saborear la grandeza de la vida que la rodea (en todas sus formas) ya que se sabría anodina e insignificante en una expresión tan sublime. Por eso nos sentimos reconfortados al idear tantas verdades e historias que rechazan la mundana simpleza; en donde por supuesto, nuestra personal esencia tiene un presunto papel privilegiado.

Estas astutas historias no solo han generado ingentes divisiones en la humanidad entre los que aprecian un relato cosmogónico y los que prefieren otro, sino que también nos ha impedido contemplar la omnipresente sabiduría y esencia universal en todo su semblante, fragmentando la belleza de una gran obra entre lo espiritual y lo material, es decir, lo que consideramos como numinoso y eterno, y lo que subordinamos por su supuesta simpleza mundana.

Amar a Dios, en el sentido más bello de esa expresión, no es tener una conveniente y prometedora relación con una deidad producto de la imaginación, sino es decorar la creación participando dócil y desinteresadamente en su cadencia, como diciéndole a la fuente de la vida, «quiero seguir tu ejemplo».