Y El Viejo sigue llorando
Annisaki
22

Anna y su vestido azul

— Cathy Cat, ¿a qué jodida hora se te va a dar la gana bajar a cenar?

Esa voz sólo puede ser de mi abuela Ana, bueno, técnicamente es mi tía abuela pero nunca le ha gustado que le diga así. Dice que su nombre tiene más de 100 variantes alrededor del mundo como para llamarse todos los días de la misma manera. Desde que tenía 10 años, tengo la costumbre de llamarla siempre diferente. Es fácil porque sólo la veo en Navidad y en las vacaciones de verano.

Este año vino Papá a dejarme a su casa que está en medio de un pueblo perdido. Me gusta quedarme aquí porque hay niños del pueblo con Ana, le ayudan a cuidar la casona. Tobías es de los más grandes, me lleva como 2 ó 3 años, creo que este verano cumple 17. Suele llevar a Anita al pueblo y le ayuda a hacer recados.

El día que llegué, apenas puse un pie en la casa, Ann me llenó de besos y abrazos y me pidió que acompañara a Tobías al pueblo: teníamos que recoger el correo. Sigo sin entender por qué Annie sigue escribiendo cartas en papel. Pero ya saben cómo se ponen los viejos de necios.

Cuando regresamos, Annick está leyendo en la terraza con un vestido rojo que le cubre las rodillas. Dice Tobías que no importa la época del año, siempre usa vestidos rojos, duda que tenga algo de otro color en su clóset. Me cuenta que pasa temporadas muy largas escribiendo, a veces en papel, a veces en el ordenador. Después de unos meses reciben el libro impreso recién salido de la editorial. Sigue vendiendo libros. Dice que desde que murió su marido se la ha pasado escribiendo. Y de eso ya tiene más de 10 años. Sólo hace pausas en el verano, que es cuando vengo de visita.

— Linda Cathy Cat, ¿si recogieron las cartas? Tengo sólo dos meses para contestar todo esto… A ver, ayúdame… Ay niña, pero ¿quién te dijo que lo cargues tu sola, con un maldito demonio?

Anika tiene una manera de hablar muy rara, es la mitad dulce, la mitad casi gritando. Es cosa de acostumbrarse. Le acerco las cartas que recogimos del correo; generalmente las manda la editorial de las personas que le escriben para saludar o para comentar algo de sus libros. Me gusta esa parte de la tarde donde nos sentamos a ‘tomar el fresco’ (así le dicen en provincia) y leemos las historias que le cuentan. Tomo un sobre al azar y comienzo a leerle mientras ella toma una pluma y comienza a contestar esa carta:

Mi estimada Ana: Su último libro me ha conmovido hasta las lágrimas, me hizo recordar tantas cosas. Por favor, síganos contando esas historias que salen de su imaginación. Atentamente, Charlie.

— Cathy Cat, deletréame el nombre, no quiero cagarla… digo… escribirlo mal… Ándale niña, toma otra carta que no somos eternos…

Annnita (con tres N’s): Veo que me has hecho caso…

— Anissa, ¿estás bien? — veo que comienzan a llenarse sus ojos de lágrimas y pienso que los años comienzan a ponerla sentimental pero no sé por qué

— Pues claro que estoy bien niña, anda, sigue leyendo…

Annnita (con tres N’s): Veo que me has hecho caso, Nicolás me sigue consiguiendo tus libros de este lado del mundo. ¿Crees que ahora por fin sea un buen momento para invitarte otro café lleno de magia? Estaré de viaje hasta el invierno. ¿Qué harás en Nochebuena? Espero noticias tuyas. Siempre… Max.

Annalise sigue llorando desconsolada pero sin hacer ruidos. No sé qué decirle, nunca la había visto llorar. Siempre está en medio de una risa o una blasfemia, nunca entre lágrimas. ¿Quién es Max? ¿A dónde irá Annalee en Navidad? ¿Café del otro lado del mundo? Pero si Anneli no ha dejado esta casa desde que lo recuerdo. Ella siempre dice que ahí están sus libros, sus recuerdos y su corazón.

“Donde está tu Corazón, ahí está tu Hogar”

— Catherine, ¿puedes ir a buscar a Tobías? Debe estar en el jardín, cuando lo veas, pregúntale por favor si las ranas ya tienen pelo y si ya puso la marrana

Necesita estar sola. Voy con Toby y le preguntó si conoce a Max. Niega con la cabeza. Nunca ha escuchado de él. No volvemos a hablar del tema por todo el verano. Papá viene por mi y me despido de ella. Veo que Anni lleva a papá a la cocina y le murmura algo, él duda por un momento y le dice que si. No sé qué fue lo que preguntó.

Llega el invierno y con él, una carta de Annina, me dice que pasaremos la Navidad lejos de casa. Después de muchas horas de vuelo, llegamos a la ciudad y me dice que hemos venido a recoger más cartas, unas que llevan años atoradas en el Sistema Postal. No le ha parado la boca en todo el camino, murmura cosas entre dientes, pero no me atrevo a preguntar, se mira como muy ocupada. Algo dice de Estar en el momento preciso, en el lugar preciso. Me lleva por un montón de calles y se detiene, algo ha visto. Se acerca a una mesa que está en la terraza.

— ¿Quieres un latte? — le dice un señor viejo a Anukka con una sonrisa en la cara como nunca la había visto

— Un latte siempre es bueno para iniciar casi cualquier cosa — dice Annete con una risa escandalosa

El que supongo que debe ser Max le pide a un niño como de mi edad una lata vieja, se la entrega a Annita y comienzan a reírse como niños. Miro sus ojos llorosos y las lágrimas que caen a su vestido. Azul. Su vestido es azul. Max la toma de la mano y veo que, estando en una ciudad desconocida del otro lado del mundo, Hannah está en su hogar.

Porqué aquí es donde está su corazón.

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