Aparcamiento

Esta es la historia de una plaza de aparcamiento. De un espacio dedicado al merecido reposo del coche, el descanso del guerrero que llevaba una hora dando vueltas, sudando la gota gorda para no recalentarse mientras pasaba veinte veces por la marquesina de la línea sesenta, donde esperaban el bus una anciana cargada de bolsas y un señor devorando un libro, donde se daban el lote unos adolescentes que llevaban horas fugados del instituto. La misma parada de autobús en la que, mientras, repararon un vidrio en el que alguien no debió de reparar o, más bien, quizá, el objeto de las iras de algún energúmeno. Esta es la historia del espacio y del tiempo que llevó encontrarlo.
Si no lo conocen, de Embajadores a Ribera de Curtidores se deja a la izquierda la comisaría de Arganzuela. Enfrente de la comisaría, orilla del parque Casino de la Reina, ya iba ojo avizor buscando las plazas disponibles de zona azul, pues a veces he tenido suerte de aparcar en la misma Ronda de Toledo —ahí es nada, o, mejor dicho, todo (un triunfo)—. Obviamente, les estoy refiriendo un día entre semana; los domingos son para el Rastro. De diario, salvo que juegue el Atleti, cuesta encontrar sitio, pero no es imposible alrededor de las siete de la tarde. El problema es que ese día jugaba el Atleti. Semifinal de Champions para más inri. Y yo llegaba tarde al ensayo. Y, al parecer, como yo, había un colchonero presuroso, que no quería perderse los preparativos del épico partido de ida ante el Bayern y que solo adivinó la plaza libre al verme por el retrovisor. Debía de llevar más prisa que yo. Desde luego que sí, y lo noté cuando su parachoques trasero hizo masa con mi parachoques delantero, cuando sus gritos taparon el claxon de su buga, cuando su rostro incandescente dejó echar bilis por sus ojos inyectados en sangre, fiel a sus colores. Abrió la puerta y descendió amenazante hacia mi ser estupefacto, mientras mi cuerpo hacía por devolver mi brazo derecho hacia delante, desistiendo de la marcha atrás. Por suerte, el elevalunas fue más rápido que su mano. No me atrevía ni a mirarle, me bastaba con oír sus golpes y exabruptos tras la luna. La galerna amainó en quizá dos minutos, le vi dirigirse hacia su coche y meterse de nuevo en él. Pero el vehículo permanecía inmóvil. Yo no sabía si aparcar. Esperé un poco hasta que vi que no arrancaba por causas ajenas a su voluntad: levantó el capó, debía de estar averiado.
Tuve un pensamiento de esos que llaman automáticos y esta fue mi reacción: metí primera, levanté el pedal de embrague y maniobré hasta sobrepasarlo; detuve el coche, me bajé y me acerqué prudentemente. «¡Eh! Vamos, deja que te ayude a aparcar el coche», le dije. Se volvió mostrándome un rostro que pasaba de la ira a la sorpresa, pero acabó recompensándome con una sonrisa: «¿En serio?».
Naturalmente, llegué tarde al ensayo. Pero ese día dos personas anónimas encontraron el espacio donde aparcar sus diferencias. ¡Ah! Y ganó el Atleti.