Aquel lejano 2015

Recuerdo un año donde algo en mí cambió. Un lejano año donde aprendí muchas cosas a base de más experiencias negativas que positivas, las cuales me sacudieron por dentro como una bomba que llega para arrasar con el terreno. Un año que, al fin, hoy termina.

Jamás habría sospechado que atravesaría semejante montaña rusa emocional (aunque, eso sí, la mía iba en una dirección siempre descendente y sin frenos). Absorbiendo todas mis emociones poco a poco hasta dejarme vacío, este año se fue acercando silenciosamente pero con paso firme. Era un auténtico tornado dispuesto a destruir todo lo que me definía como persona. Con el tiempo, me dejó carente de la fuerza necesaria para seguir adelante. Pero siempre hay que seguir adelante. O eso es lo que me repetía cada noche, aunque no me lo terminaba de creer.

Mentalmente agotado, socialmente saturado, y emocionalmente derrotado. En eso me convertí. Fui perdiendo la capacidad de pensar en positivo, hasta que todo se redujo a días grises, noches de vacío y rutina diaria.

Siempre he sido una persona de costumbres, que coge cariño a los que me rodean con rapidez (quizás demasiado rápido). Alguien que establece amistades duraderas. Con un gran sentido del humor, y con muchas ganas de compartir experiencias con aquellos que más quiero. Fiel y sincero, dispuesto a dejarme la piel por quienes lo merecen. Pero cuando la mayoría de mi entorno se derrumba, es difícil mantener costumbres. Es complicado seguir siendo tú.

El proceso funciona así: llegan cambios, todo lo que conoces se destruye para dar paso a la nada, te paras a pensar en ello, y posteriormente empiezas a construir lentamente. Y entonces, cuando ha terminado esa larga caída hacia lo más bajo de tu autoestima, ahí es donde comienza una nueva etapa. La etapa de construcción.

Y no estoy aquí para narrar mis llantos, ni para revivir una mala época. Escribo para todo aquel que alguna vez atraviese por algo similar. Escribo para dejar claro que siempre hay salida, aunque no la puedas ver en tu presente. Pero, créeme, la salida está más cerca de lo que crees. Tan sólo hay que pensar en cómo encontrarla. Y tarde o temprano se encuentra. Siempre.

Por muy negativas que puedan sonar algunas de estas ideas, personalmente me quedo con todo lo bueno de ellas: he aprendido que las personas van y vienen como las estaciones, que la decepción está a la vuelta de la esquina cuando menos te la esperas, que debes continuar por tu propio pie, porque nadie va a tirar de tu brazo para sacarte del fango. He aprendido que la empatía es algo secundario porque la sociedad es incapaz de concentrarse en algo más que no sea su propio ombligo. Ahora sé que las palabras de ánimo y compañerismo son sólo eso: palabras que vuelan por el aire y que se pierden cuando la situación lo requiere. Y sobre todo, he aprendido que somos mucho más que lo que los demás nos hagan creer. Donde ellos sólo ven unas débiles piernas para caminar, la realidad es que puedes desplegar tus enormes alas para llegar donde te propongas.

Tras todo este tiempo, he aprendido a fabricarme una armadura que resista los golpes que el futuro decida asestarme.

Por supuesto, hay secuelas de todo esto: porque ahora mismo soy incapaz de confiar en nadie que no sea yo mismo. Y mi espíritu navideño está completamente apagado este año porque quiero que el tiempo pase rápido para olvidar. Quiero dejar atrás una época que supuso un bache. Un simple bache que, no obstante, hizo que mi realidad se diera la vuelta para convertirse en un infierno cotidiano. Ahora siento que necesito ser egoísta y centrarme en mí mismo. Y siento que nadie me comprenderá jamás en toda mi complejidad. Puede que nunca llegue esa persona que me complete y con la que me sienta unido.

Siento que ya sólo soy un fantasma de lo que fui antes de que este tornado irrumpiese en mi vida. Carente de emociones. Aunque eso no es algo malo, porque poco a poco voy construyendo mi fortaleza. Y estos… estos son sólo pensamientos pasajeros durante mi etapa de construcción. Porque todo cambia mientras todos cambiamos. Brindo por lo que el futuro me traiga, porque el pasado son hojas arrancadas que se queman en el fuego.

Por todo esto, y por mucho más, este 2015 queda ya como un momento lejano. Un simple número para olvidar.

Si caíste al suelo sin creer que alguna vez recuperarías la ilusión por continuar, quiero que sepas que ahora comienza lo bueno, y lo seguro es que nadie va a interponerse en tu camino hacia el cielo. Feliz Año Nuevo. Pero FELIZ de verdad. Y si no, tiempo al tiempo.