Ay, qué pesado

Desde que estaba chiquita mis papás me acostumbraron a que mi cumpleaños era una gran celebración, que ese día me despertaban con un regalo y con las mañanitas, que siempre siempre siempre, iba a haber la comida que más me gustara y lo más importante, que iba a haber globos, pastel y dulces.

Recuerdo vagamente una fiesta de cumpleaños en el jardín de mis abuelos, el tema de la fiesta era Mickey (obvio), había música de niños, como Cepillin o Tatiana y esas bobadas. Había mesas chiquitas con sillas chiquitas para todos los niños. Las mesas, desde el mantel hasta los vasos y servilletas estaban homogenizadas, todo, absolutamente todo era de Mickey. La comida en esa ocasión fue barbacoa (una de mis comidas favoritas en todo el mundo). Hubo pastel y hubo regalos y niños corriendo y una Ana feliz.

Como en todo, las cosas fueron cambiando conforme crecí, la última fiesta que tuve fue cuando cumplí once años, en ese momento de la vida ya no me llamaban las fiestas de cumpleaños con mesas de Mickey, pero como mi hermana estaba chiquita y nacimos por los mismos días de junio, siempre juntaban nuestra fiesta.

Ya en la secundaria, lo que hacía era escoger un lugar para comer con mi familia, invitaba a dos amigas y todos comíamos, nos reíamos y bobeábamos con cuanta cosa se nos ocurría. Después de comer elegía alguna película y nos íbamos al cine. Y así fueron mis celebraciones durante un par de años.

Llego el momento de cumplir quince y como la buena Ana rebelde y contreras que soy, mandé la fiesta y el vestido de merengue al demonio y solo hice un desayuno con mi familia y amigos, en un restaurante fancy.

Los festejos en la prepa cambiaron, ya no solo quería ir a comer, ya quería ir a enfiestarme a los lugares de los ‘adultos’, quería conocer (obviamente) la vida nocturna (ja, qué oso conmigo) y ver todo lo que había por la ciudad y la vida. Y así fue y me la pasé increíble.

En la universidad esto se mantuvo, excepto porque ya no había comida de cumpleaños sino desayuno post fiesta loca para curar la cruda. Toda la manada a.k.a mi familia y amigos, nos juntábamos a desayunar barbacoa.

Siempre me dijeron ‘Ay Ana, va a llegar un momento en que ya no quieras cumplir años y quieras descumplir’. Yo siempre me reía, porque pues no encontraba razón para eso.

La semana pasada fue mi cumpleaños, hasta hace un par, como les he contado, el hecho del cumplir años me volvía loca, me emocionaba muchísimo, la simplicidad de que fuera algo así como: ‘El día internacional de Ana’. Ese día donde puedes hacer lo que quieras, levantarte y comer pastel o hamburguesas. Comer postres y dulces y dormir más. Comer con la gente que quieres y que te importa, comer más pastel (sí, amo el pastel), celebrar con un par (o bueno, muchas) cervezas o mojitos y ampliar el festejo un par de días.

Hasta el momento no me había pesado la edad, digo no es que sea una vieja, pero ya siento el peso y la responsabilidad de dejar de comportarme como adolescente tonta en ciertas ocasiones, ya siento lo ridícula que me puedo ver con un moño en la cabeza, ya me siento ridícula de quererme pintar corazones en los cachetes y salirme así la calle. Supongo que así es como se siente crecer.

Así que la semana pasada me arruiné sola el cumpleaños, porque me agarró el malviaje del tiempo y de que tan responsable debería de ser en estos momentos, que tan enfocada debería estar en unas cosas y dejando otras porque ya no tengo quince.

¡Oh Dios® del Tiempo! ¿Alguna vez han muerto de miedo de cumplir años?

Pero bueno, ahora soy un año más grande, ya se me paso mi crisis y planeo festejar a la Ana, con globos, dulces, pastel y muchos mojitos porque bueno, al final solo voy a tener un día para festejar mis 27.

Ps. Querido novio y querida hermana, gracias por hacer más llevadera mi crisis, sin ustedes la vida no sería igual.

A.

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