I

Son las ocho de la mañana, suena la alarma de tu celular con el título «Buen día», la apagás sin pensarlo. Te das vuelta y te tapas con las frazadas hasta la cabeza, podés sentir el frio al respirar, es mucho mayor que ayer. Te quedás cinco minutos dormitando, te destapas, salís de la cama descalza, buscás tus pantuflas, te las ponés y vas al baño. Te sentás en el inodoro, hacés pis e intentás acordarte qué día es hoy. Te lavas las manos, esperás que el agua salga un poco más tibia para lavarte la cara. Te secas la cara y miras tu reflejo en el espejo, te ves y te sentís linda. Te lavas los dientes. Salís del baño. Prendés la compu y pones tu playlist de Amy Winehouse. En pijama, pero con zapatillas, haces media hora de cinta. Te acordás que ella tenía tus veintisiete años al morir. Pensás que hubieras hecho vos en su lugar. Seguramente nada, no hubieras durado ni un minuto en sus zapatos.

II

Mientras tanto sacás tu colchoneta de yoga en el living y te pones a hacer tus asanas de rutina. Una vez que terminás, guardás la colchoneta bajo tu cama y te haces tu clásica agua tibia con limón. Abrís la ventana y te sentás el sillón a mirar al exterior. Pensás de nuevo en Amy Winehouse. Mientras tomas tu infusión se acerca tu mascota y la acaricias. Seguís mirando por la ventana y el sonido arduo del exterior combinado con el silencio de tu casa te parece una combinación perfecta. Podrías estar todo el día así, contemplativa, tranquila, sin emitir palabra a nada ni a nadie.

III

Son las diez de la mañana, desayunas: un té endulzado con stevia y galletitas de salvado con queso untable light. Mientras tanto, lees las noticias en la PC, en living que ahora está en completo silencio. Pasas por alto titulares violentos y vas directo a la sección de cultura. De repente, un sonido conocido te distrae, es tu celular. Caminas hasta tu habitación con el ceño un poco fruncido pensando quién podrá ser, divisas el aparato arriba de la mesita de luz y vez que es una llamada entrante. Es él. Te pregunta a qué hora querés que te pase a buscar para ir a desayunar, le decís «en media hora».

IV

Te das una ducha rápida. Te parás frente al placard y pensás en qué te vas a poner. Dado el frío lo primero que elegís es tu poncho de ruana, después van: calzas negras, remeron negro con lunares blancos y finalmente botas negras. Te maquillas rápido en tonos nude.

V

Diez y veinticinco suena tu celular y es un mensaje de él que te dice «estoy afuera, te espero en el auto». Te ponés el poncho. Agarrás las llaves y el celular. Salís de tu casa, subís a su auto. Él está con una campera de cuero negro, un buzo gris, jeans negros. El mini espacio huela a whisky y cigarrillo de la noche anterior. Termina de escribir en el celular y te dice «hola, hermosa, volví hace dos días, ¿cómo estás?». Lo mirás, lo ves radiante, pero sabés que es porque no lo ves hace cinco meses, de todas formas te gusta lo que ves. Se puso el perfume que a vos te gusta, pero está vez te perfora las fosas nasales como si fuera lavandina pura. Camino al restorán, él estaciona en doble fila para bajar a un kiosko a comprar cigarrillos. Apenas vuelve a subir prende un pucho y baja un poco su ventanilla. Cuando agarran un semáforo en rojo, se empieza a rascar el tabique de la nariz, te haces la tonta y no decís nada. Lo mirás de costado y ves restos blancos en el interior de su nariz. Llegan al restorán, pide un whisky y va al baño. Él con sus treinta y seis años es tu You Know I’m No Good y tu Blake personal. Un escalofrío te congela los hombros, es el momento en el que tenés la oportunidad de huir y salir ilesa o quedarte y esperar que un día todo te explote en la cara, sin embargo ignorás esa sensación, fingís no darte cuenta y te quedás.

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