Budapest Jazz Club

Mesas y sillas acomodadas en un salón de anchos escalones que se elevan hacia el fondo. Escenario generoso, con un piano de cola enorme. La banda ya está tocando. Contrabajo, guitarra, batería, percusión, piano, voz femenina y voz masculina. No hay saxofón ni trompetas.

Nos acomodamos en el fondo. Cantan en húngaro. Me parece raro porque, si bien es su idioma, no es el idioma del jazz. Suenan bien, pero hay algo que no me cierra. La canción siguiente ya es en inglés, pero todavía hay algo que no me cierra.

Los dos cantantes son muy buenos. La chica tiene eso que tienen las cantantes de Jazz. Parece una prima lejana de aquella que canta todos los lunes en el Mejunje de Santa Clara. No sé si es el corte de pelo, la vestimenta o la actitud, pero hay algún factor común. Sigo buscando qué es lo que no me cierra. El pianista es espectacular. De manos ligeras y movimientos suaves. Viéndolo a él parece fácil. Tiene que ser fácil. De todos los conciertos de Jazz me voy con ganas de aprender a tocar el piano. Después se me pasan.

El contrabajo, ¡qué instrumento hermoso! No recuerdo la cara de ningún contrabajista. Siempre me quedo mirando al instrumento. Es enorme, imponente. Por esta vez, para continuar con mi análisis, me detengo en el intérprete. Viste de una manera más elegante que el resto, como desentonando. Su rostro me resulta conocido. ¡Es Pete Campbell! El mismísimo Pete Campbell es el contrabajista y, ahora que lo noto, no despega los ojos de la partitura. Toca con mucho esfuerzo y arruina la estética fluida del Jazz. Eso era lo que no me cerraba.

En primera fila están sus compañeros de oficina, a quienes invitó para lucirse pero ninguno le presta atención. Están coqueteando con unas señoritas que los igualan en número, se roban la palabra unos a otros luchando por un poco de protagonismo.

Cuando el pobre Pete se acerque a la mesa tras el concierto, escuchará a uno de sus amigos proponer un brindis en su honor (sólo para atraer la mirada de las señoritas) seguido de una anécdota que lo dejará ridiculizado. Todos reirán y Pete —ya convencido de que las lecciones de contrabajo y la contratación de la banda de su primo fueron en vano— se convertirá en el que sobra, una vez más.