Cómo construir un líder en la nueva política

Meeting de Donald Trump en Dallas, Texas (09/2014). Foto de Jamelle Boule

Vivimos expuestos a la opinión de los demás. Vivimos en un mundo abierto. Vivimos, si me permites la expresión, en la calle.

Hace años, según se estudia en los libros de Historia, había una serie de reyes que se casaban entre ellos y sólo se relacionaban con cortesanos. De vez en cuando aparecían por su palacio unos juglares que les amenizaban la tarde. Los domingos, se pasaba por el castillo un señor cura que les celebraba misa. Y en los sótanos vivía una pandilla de criados que cuchicheaba entre ellos sobre los secretos y romances de la princesa. Esos rumores huían de los oídos de la reina de corazones, porque si se enteraba, lo siguiente que se oía era un ¡Que le corten la cabeza! Y entonces se enterraba el rumor.

Además de los castillos y las cortes, una serie de señores tenían su casa en el campo. Trabajaban para su señor, le entregaban un impuesto de vez en cuando y luego se olvidaban. Sólo se enteraban de lo que pasaba en los castillos cuando uno de los criados se lo contaba o cuando pasaba algo muy gordo, cuando había fiesta o castigo para todos.

Las barreras que había entre las clases sociales eran insalvables. Los que nacían campesinos no llegaban a reyes. Los reyes no se juntaban con plebeyos. Y los monjes, bueno, ahí estaban. Aparecían para casar a gente o enterrar al que se le había escapado el secreto.

Pero ahora yo puedo comentar la vida privada de mi presidente del Gobierno y, dentro de lo que cabe, no me pasa nada. No me cortan la cabeza. Algo hemos avanzado. Las redes sociales, las nuevas tecnologías, o simplemente el hecho de que ya no hay castillos, nos han puesto a todos en el mismo escenario. Los papeles siguen estando ahí, pero tenemos más libertad para improvisar porque nos balanceamos en obras vanguardistas. Ya no dependemos de si hemos nacido campesinos o reyes, porque casi no hay reyes. Y los que hay se casan con periodistas. Actúan, como el resto de nosotros.

Ya no hay directores de orquesta. Nos movemos al compás de la improvisación. Y eso implica un mayor protagonismo de cada una de las partes, un papel que depende únicamente de la voluntad del actor. Así, si alguien busca el protagonismo de la obra, se planta delante del resto, hace algo extravagante para captar la atención y suelta su monólogo. Es muy sencillo. ¿A quién harían más caso: a alguien que escribe un diario en su habitación o a alguien que posa desnudo en el cartel de un grupo político? Lo primero puede parecer más sensato, pero gana más lo segundo. Quien más se expone, más posibilidades tiene de ganar. Que se hable de ti, aunque sea para acusarte, siempre tiene una vertiente buena: más gente te escuchará. Esta apertura social provoca cambios en la política. Sin nadie que te impida llegar y con un micrófono en la mano, sólo hay que dar un paso: hacer un buen monólogo. Para conseguirlo sólo hay que seguir varias claves:

  1. Construir un relato hábil, que enganche. Suena muy sencillo, y así debe ser, porque entre el público hay personas muy distintas y todas deben entenderlo. Un discurso muy directo, con eslóganes fáciles de memorizar, funciona a la perfección. Algunos de los mensajes que más han calado en los últimos años o meses son el Make America Great Again de Donald Trump, o la casta de Pablo Iglesias.
  2. Atacar a las élites: siempre hay algo que se puede cambiar o algo injusto. Tu papel consiste en hacer consciente a los demás de que alguien les está negando algo que les pertenece por naturaleza, alimentar el descontento y la ira para luego usarlas a tu favor.
  3. No buscar los propuestas de unión, sino las que nos diferencian. Contentar a todo el mundo con nuevas propuestas es complicado, mucho. En cambio, es mucho más sencillo proclamar que nadie quiere discriminaciones, que nadie quiere corrupción o que nadie quiere abusos de poder. El tema de las ideas propias es mejor dejarlo para más adelante. Por eso, da igual si los nuevos líderes son de derechas o de izquierdas, porque eso ya forma parte de un papel secundario.
  4. Fidelizar a tu audiencia. En el fondo es la síntesis de la segunda y de la tercera idea: ellos son los enemigos y nosotros somos best friends ever. Además, esa polarización es aún mayor si se construye un líder carismático, con arrojo, que canalice el descontento contra las cúpulas.
Donald Trump en un meeting en Dallas, Texas (09/2014). Foto de Jamelle Boule

Una vez unidos esos cuatro elementos, el público cree que tiene él el protagonismo. Se ve a sí mismo como una parte connatural a su líder. Piensa que esa estrella no es más que un amigo que coincide con él en que hay que cambiar las cosas. El odio se transforma en voto y nuestro actor principal llega a Hollywood. En el camino de los neopopulismos sólo se presenta un obstáculo: no pasarse al bando de los odiados.

En una democracia, que se asienta en la idea de dar el poder a los ciudadanos, lo importante son las mayorías. El objetivo es, por tanto, parecerse lo máximo a ellas. Pues los reyes, los que se alejan del pueblo, acaban sin cabeza.