Cómo escribir sobre personajes que son más listos que tú

Ana Martín
Feb 27, 2015 · 11 min read

El momento que menos me gusta del cine es relativamente usual. Estoy seguro de que lo reconocerás de decenas de películas y series de televisión que ponen a científicos en primer plano. Puede que incluso te hayas reído una o dos veces. Por lo general produce una risa sofocada. El momento transcurre más o menos así:

Nuestro personaje es un tipo de científico. Él es matemático si estás viendo un drama. Por lo general, es físico si estás viendo una película de ciencia ficción. Suele ser biólogo en una película de zombis o programador en un tecno-thriller (y casi siempre es un hombre, que ya de por sí es molesto). Nuestro científico da un discurso técnico breve pero relativamente razonable. Explica un punto de inflexión en la trama al resto de personajes en la escena, que también sirve para explicárselo a la audiencia. Incluye unas cuantas palabras extrañas de jerga científica para darle verosimilitud, pero su argumento básico es bastante claro y comprensible. Algo parecido a: «Vamos a tener que modificar la trayectoria de los propulsores para atravesar un agujero de gusano de ese tamaño» o «Los terroristas están usando una contraseña de 512 bits imposible de hackear para cifrar la ubicación del plutonio» o, incluso, «Al viajar hacia el pasado, has creado un universo alternativo en el que no has nacido». Algo por el estilo. Él describe un concepto científico que es a la vez fácilmente explicable y, literalmente, acaba de explicarse.

Pero entonces, cuando nuestro científico ha terminado, la cámara se vuelve hacia un segundo personaje. Este sería como el amigo normal de nuestro científico. Es solo un Juan cualquiera. Sería la audiencia suplente durante la escena, y el personaje con el que más se identifica el público. Este tipo pone cara de incredulidad en respuesta al lenguaje técnico del científico. Y luego dice la siguiente línea:

«GUAU, Doc. ¡Repite eso de nuevo!»

Sabes exactamente de lo que estoy hablando. Has visto este momento en pantalla, lo has visto en la televisión, lo has leído en las novelas. Creo que este momento es extremadamente condescendiente con su público. Básicamente señala al espectador que toda esa jerga que ha soltado el sabiondo, pues bueno, que nosotros los cineastas no entendemos ni una sola palabra. Por otra parte, que no nos importa. Y que tampoco tenemos interés en entenderlo.

Es un momento de anti-intelectualismo casualmente cínico. Es una broma basada en la idea de que sólo algunos cerebritos asexuales se molestarían por saber lo que dice un científico chiflado. El momento no trata con respeto ni a sus personajes ni a su público.

Yo diría que la razón por la que momentos como éste siguen apareciendo en las pantallas grandes y pequeñas es que, sencillamente, escribir sobre un personaje excepcionalmente brillante es terriblemente difícil. Hay una tendencia a obviar la brillantez de un personaje en momentos como los que he descrito, en lugar de enfrentarse a la cabeza de un genio. Porque el último acercamiento es dramáticamente difícil.

Como escritor, ¿cómo escribes sobre personajes que son más inteligentes que tú? ¿Cómo se transmite, ya sea en prosa o en un diálogo, la mente de un genio cuando tú no eres uno? ¿Cómo se respeta adecuadamente tanto la inteligencia de la audiencia, como la inteligencia sobrehumana de un personaje brillante?

Pasé muchas noches altamente cafeinadas tratando de resolver estas preguntas cuando empecé a escribir el guión de The Imitation Game. Alan Turing, cuya vida se explora en la película, quizás fue el mayor genio de su generación. Yo, por decirlo suavemente, no. Turing no sólo tuvo un papel decisivo en descifrar el código alemán Enigma durante la Segunda Guerra Mundial, sino que también teorizó sobre lo que sería el ordenador moderno. Turing no sólo fue el consumado botánico que hizo su propio fertilizante, sino que como investigador ocioso desarrolló un algoritmo para determinar cómo les salían las rayas a las cebras. La suya era una mente con un zumbido constante de ideas, agitándose incansablemente a través de la información del mundo y procesándolas para convertirlas en teorías, conjeturas y experimentos. No podía dejar de pensar aunque quisiera, pero por suerte para nosotros, no lo hizo. Transmitir una mente como la suya en el guión y en la pantalla era, a la vez, un terrible desafío y una responsabilidad sagrada.

Un enfoque sería representar su diálogo como jerga muy técnica. Hacer que hable con algoritmos densos e impenetrables. El problema de esto sería que acabaría siendo incomprensible para el público. El espectador no se encontraría dentro de la mente de Alan Turing; más bien se encontraría excluido de ella a propósito. No aprendería nada de los pensamientos de Turing, ni experimentaría cualquiera de ellos como propio. Podría dar la impresión estética de inteligencia — lo que sonaría a inteligencia matemática — pero no permitiría al espectador entrar en las ideas únicas y universales de Turing. Todo indicaba que una retahíla árida de los conceptos matemáticos no le haría justicia al legado artístico de Turing.

Sin embargo, yo estaba lejos de ser la primera persona en intentar hacer frente a este mismo asunto. Y me di cuenta de que si quieres escribir sobre un genio, el mejor lugar para buscar inspiración está en el trabajo de alguien que creó el mayor genio de ficción de todos los tiempos. Alguien que, en cincuenta y seis cuentos y cuatro novelas, conjuró un genio tan único que le han revivido durante más de cien años en libros, películas, televisión y obras de teatro. Concretamente, he encontrado inspiración en la obra de Sir Arthur Conan Doyle.

Ahora hace cuatro años que publiqué una novela sobre Conan Doyle. Se llamaba The Sherlockian, y en realidad fue el ensayo que di a los productores de The Imitation Game para convencerles de que me dejaran venir y afrontar la historia de Turing (el hecho de que yo estuviera dispuesto y con ganas de trabajar gratis probablemente también fue una ventaja competitiva). Pero se me ocurrió que aunque el detective de ficción de Conan Doyle no era en absoluto como Alan Turing — los dos hombres tenían personalidades y formas de ver el mundo completamente diferentes—, Conan Doyle había hecho un trabajo superlativo transmitiendo la brillantez de Holmes. Así que, ¿cómo lo hizo?

Bueno, la primera cosa que notas sobre la relación entre Conan Doyle y Holmes es que no era amistosa. Conan Doyle detestaba a Holmes. Se arrepintió de haber creado el personaje casi al momento de haberlo hecho. Cuando se publicó la primera historia de Holmes, Conan Doyle se vio conmocionado ante la repentina y masiva popularidad de su creación. La ficción más «seria» de Conan Doyle fue ignorada porque el público exigía más de lo que él sentía que eran misterios manipuladores baratos. Pero el público siguió devorando las historias y Conan Doyle se vio incapaz de resistir los considerables cheques que se le presentaban por el camino. Siguió escribiendo, y el público siguió comprando, y durante todo ese tiempo Conan Doyle permaneció desconcertado. La popularidad de Holmes eclipsaba a Conan Doyle. No era su nombre el que estaba en boca de todos; era el de Holmes. En un momento dado, la propia madre de Conan Doyle le envió una carta preguntándole si le firmaba la copia de uno de sus libros para una amiga suya. Conan Doyle respondió que lo haría encantado. A lo que su madre respondió alegremente, preguntando si no le importaría firmarlo como «—Sherlock Holmes».

Incluso su madre parecía apreciar más a Holmes de lo que le apreciaba a él.

Lo cual sólo magnificó la antipatía de Conan Doyle hacia el público de palurdos crédulos que compraban esos cuentos. ¿No sabían que era sólo un truco? Holmes no era un verdadero genio, ¡estaba todo manipulado!

Así que Conan Doyle escribió un breve ensayo en el que intentó destripar el «truco» de las historias de Holmes. Compuso una parodia de su propia obra, como para demostrar que al menos él era parte de la broma de Holmes, aunque no hubiera nadie más. La historia se llama «Cómo Watson aprendió el truco», y por lo general no se publica como parte del catálogo de Holmes (lo puedes encontrar aquí). Algunos investigadores encuentran que la historia es una burla amable y cariñosa del personaje de Holmes, pero en mi mente es una mofa con desprecio hacia las técnicas literarias utilizadas para crearlo. Se lee como si estuviera hecho únicamente para molestar a los fans. Lo único con lo que quizás lo puedo comparar es con el final de Los Soprano, por la forma en la que castiga meta-narrativamente a su público por disfrutar la obra concreta con la que se está deleitando.

La historia comienza con Watson y Holmes sentados a la mesa para uno de sus desayunos habituales. Watson echa a Holmes una mirada curiosa. «Estaba pensando en lo superficiales que son esos trucos suyos», dice Watson, «y lo maravilloso que es que el público siga mostrando interés en ellos».

Holmes está de acuerdo con la evaluación de Watson. «Sus métodos», dice Watson, «son muy fácilmente adquiridos».

«¡Sin duda!» Responde Holmes, y entonces reta a Watson para que pruebe.

Watson pica el anzuelo. Mira a Holmes de arriba a abajo, y hace una serie de deducciones «Holmesianas» sobre lo que el buen Sherlock había estado haciendo. Pudo darse cuenta de que Holmes estaba muy preocupado cuando se despertó; que no tuvo éxito en un caso reciente; y que había hecho una incursión recientemente en los mercados financieros. Watson determinó todo esto por el estado de afeitado de Holmes, un sobre que atisbó en la mesa del desayuno, y por las condiciones en las que estaba el periódico de la mañana, respectivamente. Es un momento Holmesiano perfectamente representado: Watson echa un vistazo a un montón de pequeños detalles, que naturalmente el lector ignora, y a partir de estos datos incoherentes hace una serie de deducciones brillantes.

Solo que en esta historia hay un giro: Watson está completamente equivocado sobre cada una de sus conclusiones. Así que para vergüenza tanto de Watson como del lector, Holmes muestra cómo cada uno de los detalles que Watson ha observado puede tener explicaciones completamente diferentes. El hecho de que Holmes no se hubiera afeitado, no significaba que estuviera preocupado; significaba que había perdido su navaja de afeitar. Y así sucesivamente. El mismo número de observaciones mundanas se puede retorcer un número infinito de veces para crear un número infinito de deducciones. ¿Así que cuál es correcta?

Yo diría que el propósito de la historia es que es totalmente al azar. Conan Doyle ha manipulado las pruebas a favor de Holmes, por así decirlo. Cualquier persona en el lugar de Holmes — cualquier lector, incluso alguien tan brillante como Holmes — podría hacer el mismo número de deducciones con las mismas posibilidades de ser correctas. Todo lo que Conan Doyle tiene que hacer, como Dios de este universo de ficción, es pasarle a Holmes las correctas por debajo de la mesa.

Entonces, ¿qué podemos aprender de la explicación burlona de Doyle sobre sus propios métodos? ¿Cómo lo debemos aplicar, como diría Holmes? Aquí mi consejo es que seas totalmente sincero: dale al público toda la información. No ocultes nada.

El gran descubrimiento de Doyle es que la inteligencia no trata sobre la acumulación de datos, sino sobre descifrar lo que significan esos datos. Holmes tiene las mismas herramientas a su disposición que tú; él casi nunca posee información que tú no tengas. Es sólo que él examina la información que ambos tenéis y saca conclusiones que tú nunca podrías. Una analogía podría encontrarse en el juego de póquer Texas Hold ‘Em, para cualquier lector que juegue (yo juego mucho). El truco del juego es que en cierta forma no estás jugando las cartas de tu oponente, estás jugando las cartas comunitarias. El juego real no está en lo que él sabe y tú no, o lo que tú sabes y él no. Está en lo que ambos sabéis, pero tú aprovechas para causar un mayor impacto.

Doyle no retrata al genio al estilo de repite-eso-de-nuevo. Su momento de brillantez no te hace pensar: «¡Sólo pensaría algo así un genio loco!» Doyle hace que el lector piense: «Vaya, ¿por qué no se me ocurrió eso a mí?»

Y esta es una de las cosas que me pareció tan gratificante de escribir sobre Alan Turing: que intentar transmitir su inteligencia en la pantalla era un acto democratizador. Mostrar su mente única en pantalla trataba sobre dejar que otras personas entraran, no sobre cerrarla a cal y canto. Ese genio se transmite mediante el intercambio de inteligencia, no por la acumulación de datos. En cierto modo, todos estamos en este ingenioso negocio juntos.

Como muchas historias, esta termina con un círculo vicioso divertido.

Mi primer libro trataba sobre un brillante novelista: Arthur Conan Doyle. Después escribí una película sobre un brillante matemático: Alan Turing. Al hacerlo, me inspiré en el ingenio de Conan Doyle. Y entonces — después de cinco años y un montón de vaivenes en Hollywood que podrían ser objeto de un artículo o dos — llegamos a hacer nuestra película sobre Turing. ¿Y quién fue el actor que valientemente se puso delante de las cámaras para revivir la apasionada vida de Turing? Fue Benedict Cumberbatch, un actor que acababa de interpretar a Sherlock Holmes.

Un día estábamos todos en plató. Íbamos a rodar una escena relativamente técnica, que implicaba ciertas cuestiones con la máquina Enigma y algunos diálogos ágiles sobre matemáticas. Justo antes de que las cámaras empezaran a filmar, Benedict me llamó y me dijo que pensaba que yo había cometido un fallo. Me dio vergüenza, por supuesto, y le pregunté cuál había sido el error. A continuación, me dio una charla larga y muy técnica sobre los cálculos matemáticos que había detrás de las máquinas Enigma, y cómo estaban conectados los rotores a la máquina. ¿Estábamos describiendo una máquina Enigma de tres o de cinco rotores? ¿Cuántos paneles de conexiones usaba la marina alemana en ese momento durante la guerra? ¿El enorme número de referencia citado en el diálogo debería tener dieciocho o diecinueve ceros? ¿Había un error en mi multiplicación?

Cada uno le estuvimos dando vueltas durante un rato, tratando de hacer las cuentas en nuestras cabezas. Al final, cuando él estaba explicando su razonamiento — que, por cierto, resultó ser correcto — tuve que parar por un segundo mientras luchaba por seguir el hilo. Se me escapó un:

«Espera, Ben. Repite eso de nuevo».

Graham Moore ganó el Oscar al mejor guión adaptado por The Imitation Game​

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Translated from original by Ana Martín.

Ana Martín

Written by

Service & Interaction Designer at Fjord, Product Designer at home & self-learning junkie.

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