Caminata al final del estío

La historia enconada sobre los arbustos disparejos de la intranquilidad erosionaron las ofuscadas palabras del adiós más despiadado. Entre los ecos del fulgor acaecieron las tristezas infinitas, alcanzando una especie de sadomasoquismo sobre los próximos andares desconocidos.

Las gaviotas sobrevolaban cerca del río que arrastraba las amarillentas hojas de los árboles de mangos que descansaban gracias al fin de la estación. En la cordillera más cercana se alzaba el Sol extinguido por los años caminantes al son del segundero perpetuo del tiempo.

Era hora de despertar. Las manos se fueron al rostro como buscando alivio de una pesadilla. La mirada se abalanzó para la ventana que daba al jardín frutal donde alguna vez cosechó una mujer de atisbo piadoso, y letargo involuntario ante los sentimientos. El recuerdo está allí, casi calcado, martillando el clavo entre las palmas de las manos.

La ropa sobre la silla del escritorio. La misma: ese pantalón azul provecto y esa camisa cuadrada que miró sucumbir la tiranía de la vida. Suena la tetera, un sorbo de café para salir a caminar siempre es bueno. Sin azúcar. Es momento.

Los recuerdos siguen inundando sobre la caminata. Intentar borrarlos por un periquete es como degollar la estructura de sí mismo. No es permitido olvidar si la razón es proseguir con la tregua que ofrece la locura. Tranquila es la soledad cuando ya nada de lo añorado regresa. Es tan parecido a pisar la vieja alcoba de aquella maja de manos pequeñas que no dejaba de escribir, como manía para espantar la somnolencia de la ignorancia.

Los pasos siguen con su destino. La pereza no se proclama como vencedora ante la disciplina, y la determinación no cede ante la agonía del que acecha el final, desde la noche indecorosa del suplanto ante el hastío de las caricias y las poco meditadas afirmaciones. ¡Indecorosa la noche del abandono!

A lo lejos el árbol terminante suprime todo intento de resquicio. La forma es meditada desde la lejanía casi como creencia religiosa. Cuelga la soga sin siquiera dar la explicación más armoniosa, para el decremento del pavor vigorizado por la remembranza de la sonrisa de una mujer que partió cuando la demencia tiranizó.

Lenta es la respiración del hombre que mira desde el observatorio más grácil, evocando la última mirada perdida con el canto del grillo que nunca dejó al silencio relatar la cruel batalla que fulminó la vida entera, y asfixiar el último pensamiento, allá desde lo más alto donde ya cuelgan los pies sin un intento de sobrevivir.


Publicado también en literalio.com