De izq. a der.: Concepción Calero [mi abuela], Diana Calero [mi mamá y yo], Norman Suescun Calero [mi hermano] y Marceliano Calero [mi abuelo]. Cali, 1988.

I

Mamá,

Aprendí a desconfiar de mis ojos estando en misa. Fue en el matrimonio de mi prima Ana Lucia. Tú no pudiste viajar a Bogotá ese fin de semana, por lo que yo tuve que ir solo y, como es usual, llegué algunos minutos tarde. Fui el último en entrar al templo, de hecho; a mi llegada se escuchaban ya las primeras notas de la marcha nupcial. «Mierda». No tuve suficiente tiempo para reaccionar, por lo que me senté en el primer lugar que encontré, la última fila de la iglesia. Una mala decisión, sin duda, pues pronto caí en cuenta que desde allí no podía ver nada de lo pasaba más adelante. Además, pensé, el lugar estaba muy mal iluminado, con una luz tenue que enrarecía el espacio; lo ensombrecía.

Era un momento importante y no quería perderme ni un segundo. Me acerqué algunos puestos, pero aun así, seguía viendo siluetas. Esperé. Mi segundo movimiento ocurrió durante la lectura del Salmo. Nada. Luego vino la Oración. Ya no había puestos más adelante. «¿Y si prendieran las luces?». Miré a mi alrededor, tal vez podría hacer señas para que alguien hiciera algo al respecto, prendiera una lámpara o abriera alguna ventana. Respondimos, «La misericordia del Señor llena la tierra». Noté algunos guiños que asumí eran de llanto, pero ningún rostro consternado. La lectura de la biblia. El recinto se puso más oscuro, más borroso.

En cuestión de minutos perdí la concentración y ante la imposibilidad de atender, me enfoqué en el viacrucis. Los colores, las formas, los cuerpos. Luego, las palabras del párroco. Empecé a sentir el peso de mi propia frustración. Los pajecitos. O tal vez era el peso en los bolsillos de mi traje. En un momento de total distracción, decidí que era urgente hacer un inventario de todas mis pertenencias. Sumergí mis manos en los bolsillos del pantalón. Lo primero con lo que me topé fue con la billetera en el bolsillo trasero, seguidamente con el celular en el costado izquierdo, y finalmente con las llaves en el derecho. Luego vino el turno para el saco. En el panel izquierdo, tres tarjetas de presentación; en el derecho un lapicero y un bloc de notas. También un paquete de mentas. «¿Y esto?» Había algo inesperado en el bolsillo interior, algo que no parecía ser mío. En menos de un segundo pensé en todas las posibilidades y recordé que días atrás había prestado este saco a un amigo, quien —por descuido o desidia— pudo haber dejado algo allí. Saqué el extraño objeto de mi bolsillo. «¿Están dispuestos a amarse y honrarse mutuamente en su matrimonio durante toda la vida?» Un par de anteojos. Eran de montura de plástico negro, bastante livianos; de lentes grandes, pasados de moda. Sí, eran de él.

Jugueteé con ellos entre mis manos. Los abrí, los cerré y los volví a guardar. Se oyó la promesa de los anillos. Los saqué nuevamente, «¿Cómo me veré con anteojos?». Separé las patillas, entrecerré los ojos, sentí su peso y, al abrirlos nuevamente, lo primero que noté fue el rojo y dorado en el altar; colores que había inadvertido hasta entonces. En seguida descubrí los detalles en el velo de la novia. También la finura de los claveles, los rostros sobreexcitados de los asistentes, las sonrisas a borbotones. Recordé que, después de todo, estaba en un matrimonio. Me aterré. Me los quité bruscamente pero, en cuestión de instantes, los tenía puestos de nuevo. También sentí como si el espacio fuera otro, diferente, luminoso; o simplemente más real. Era algo extraordinario. Quizá chocante. Tuve que contener mi risita nerviosa, patética y fuera de lugar. Luego vino la bendición del sacerdote:

«Pueden ir en Paz»
Juan Carlos Ponce de León [mi fantástico papá], mi mamá y yo. Cali, 1989–1990.

Es raro. Cuando lo pienso en ese día, muchas cosas me vienen a la mente. Primero, la angustia que sentí. Luego la sorpresa, la confusión, y finalmente, la tristeza. Sin embargo, a través de esta memoria también me lleno de goce, recordando mi infinito asombro ante un sinfín de detalles que habían pasado desapercibidos en mi vida. Recuerdo la sensación de descubrir detalles en el pasto, las nubes, o en una migaja de pan. Es, sin duda, una memoria muy especial. Como si estuviera registrada en dos compartimientos de mi mente. Como si estuviera grabada en dos sintonías diferentes.

Cuando pienso en ese día, también pienso en la casualidad de haberme topado con esos lentes en mi saco. Pienso en cómo estos instantes me hacen recordar que en la vida no hay orden, no hay lógica; no hay experiencias necesariamente «buenas» o «malas», sino que es una larga cadena de eventos inadvertidos que nos obligan a cambiar constantemente —a veces, literalmente— de mirada.

La vida es estar allí, más tarde acá, ponerse unos nuevos lentes y años más tarde poder sorprenderse al ver el camino recorrido. La vida ocurre inesperadamente. Como cuando te enteras que has sido aceptado en un nuevo empleo en otra ciudad, cuando ves los resultados de una prueba médica o cuando recibes una llamada de alguien a quien no ves hace años. Uno tras otro, la vida se teje en una secuencia de pequeños instantes, que nos inquietan, que nos obligan a dudar, que nos hacen pensar en miles de posibilidades, que iluminan las cadenas con las cuales estamos atados al pasado, pero que al mismo tiempo nos permiten vislumbrar nuevos horizontes. La vida es caminar, toparnos con un imprevisto, para así encontrar un nuevo camino y seguir adelante. Siempre adelante. Encontrando el balance.

Cali, 1995

II

Balance. Esta es una palabra en la que he pensado mucho desde el pasado dos de octubre. Me atrevo a decir que para todos los colombianos la victoria del «No» fue absolutamente inesperada. Me llamaste esa noche, me preguntabas ¿qué pasó? No supe qué decir. Nos asombramos ante los resultados. También nos sentimos confundidos. Finalmente, la tristeza se apoderó de nosotros. «No». Fue un resultado fuera de lugar. Sin entrar en debates sobre la legitimidad de los voceros y sus campañas, temo que la historia recordará este momento no como un triunfo de un bando sobre el otro, sino más bien como un desliz. Desliz, no por que esta sea una de las tantas veces que el tradicionalismo se moviliza en contra de las minorías históricamente victimizadas, sino porque por vez primera las vías democráticas condujeron a una situación de total desconcierto frente al devenir social. La victoria del «No» no es la victoria de una postura; es la victoria de una división que convierte el diálogo en un imposible. Treintaicinco días de desasosiego y seguramente una centena más por venir apuntan a que, como sociedad, hemos llegado a un punto de suma cero —cero tolerancia y cero entendimiento.

Pasan las horas. Esperamos. Pasan los días y seguimos esperando. Sin duda, ya se han propuesto varias alternativas. Páginas sobre páginas de sugerencias al acuerdo han sido impresas. Todos parecieran tener una opinión sensata sobre lo que el Estado o las FARC deben o no hacer; desde celebridades internacionales hasta políticos que yo creía desaparecidos. No en vano nuestros representantes han asumido que, con el fin de solucionar este clivaje social, se debe encontrar una alternativa que sea incluyente a todas estas reclamaciones. Es sobre este principio que se han venido definiendo los términos para la negociación entre el gobierno y la oposición. Y así pasan, siguen pasando las horas. Y los días. Si bien no niego que esta sea una medida viable y oportuna, pienso que como sociedad, al negociar la negociación, dialogar el diálogo, estamos caminando en círculos sobre un camino ya recorrido. Es tiempo para detenernos y repasar sobre lo ocurrido. Es un buen momento para ponernos unos nuevos lentes y encontrar, con una nueva mirada, soluciones a este ofuscamiento político.

Un primer paso debería ser reconocer que los colombianos somos más que dos sílabas. No solo somos los del «Sí» y los del «No». Somos padres, hermanas, primos, tías, abuelos y abuelas. Somos arquitectos o campesinos, ganaderos o carpinteros. Nuestra convicción es, primero que todo, con nuestra vida y con la de los nuestros. Por ello, es importante aceptar que, aunque los resultados hayan sido presentados de esta manera, todos los colombianos queremos vivir en Paz. Las elecciones no estuvieron basadas necesariamente en razones lógicas o en idolatrías. Para bien o para mal, sentimientos, deseos, anhelos, afectos y afectaciones movilizaron a la ciudadanía hasta las urnas, haciendo de esta una contienda particularmente emocionalizada e intensamente visceral. Tiene sentido, pues no sobra recordar que los colombianos votaron, primero que todo, con sus cuerpos; haciendo memoria de esta guerra que ha roto nuestros hogares, arrancado nuestros hijos, desalojado cráneos, despedazado tendones, resquebrajado huesos, rebanado órganos, desmembrado cuerpos.

Si llegara a existir una oposición entre dos grupos, pienso que esta se encuentra en la divergencia, en el tiempo en que se conjugan las emociones que los movilizan. Si para los primeros, los partidarios del Gobierno, la Paz es valorada por sus efectos en el futuro; para la oposición, esta es tasada por sus posibles efectos sobre el pasado. Para los del Sí, la Paz es una proyección de todos sus anhelos, y por ello quieren detener inmediatamente a los violentos sin importar los costos. Para los del No, la Paz debe responder a los altos costos causados por la guerra y no están dispuestos a ceder más de lo ya cedido. Para los del Sí, la Paz es un sinónimo de Justicia Social; y por ello determinan sus medias a través de una relación de costo-beneficio. Para los del No, la Paz debe estar al servicio de la justicia restaurativa, y sus medidas siempre deben resarcir el daño causado. Para los del Sí, la economía mejorará con la Paz. Para los del No, la economía desmejoró con la guerra. Para los del Sí, es menester construir una nueva institucionalidad que sostenga el porvenir; para los del No, es imposible que la voluntad de 5.700 guerrilleros pueda llegar a imponerse sobre la Constitución de 50 millones de colombianos. Aunque ambas posturas hacen un llamado a la justicia, siento que son dos mundos inconmensurables.

Finalmente, creo que debemos empezar a cuestionar la confianza que hemos depositado en el Estado y en sus negociadores, tanto para encontrar un punto en común como para ejecutar una política pública eficiente. Si algo debemos entender luego de al menos 200 años de insuficiencia es que el Estado poco o nada logra en materia de justicia. No estoy sobredimensionando. En Colombia, llevamos décadas hablando de la crisis de la Justicia. En Colombia, los procesos judiciales están represados por más de 17 años. En Colombia, solamente un 10 % de homicidios intencionales llegan a ser imputados por la Fiscalía. En Colombia, toda la rama judicial, desde los tribunales hasta las altas cortes, se encuentra salpicada de escándalos de corrupción que cuestionan de raíz toda pretensión de autonomía, independencia y transparencia. En Colombia, solamente un 0,91 % de las ocho millones de víctimas han sido efectivamente reparadas. En Colombia, nuestras cárceles cuentan con un índice de hacinamiento de alrededor del 54 por ciento; más de 100 niños viven en ellas y cada día se destapan escándalos de cómo los prisioneros son acribillados, descuartizados y desaparecidos en su interior. Y aun así, en Colombia, seguimos culpando a nuestros vecinos, nuestros amigos, a nuestros hermanos, a nuestros hijos, a quienes apoyan una postura ideológica que nos separa, porque creemos que son ellos y solo ellos los culpables del desconcierto que nos subsume como sociedad.

Es hora de cambiar de mirada.

Una cámara, Norman Suescun [mi hermano], mi mamá y yo. Lago Titicaca, 2011.

III

Balance. Mientras escribo esta palabra, llega a mi mente una imagen en movimiento; algo así como una báscula encontrando su punto de estabilidad. A diferencia de lo que usualmente creemos, balance no es sinónimo de equilibrio, concepto que refiere al momento en que dos impulsos se encuentran y cancelan. Hallar un punto de balance no es anular fuerzas. Hallar un punto de balance, por el contrario, refiere a un proceso en donde diversos factores intervienen activamente para definir un estado en común. A través del balance, elementos disímiles se encuentran y, de una u otra forma, se complementan. El balance se logra a través del movimiento de los cuerpos; el equilibrio concreta un estado para la materia. En el equilibrio no hay espacio para la diferencia; en el balance, esta última define la forma.

Balance. Mientras escribo esta palabra, releo los titulares de los principales diarios nacionales de la semana pasada. Repaso las noticias sobre los infortunados pronunciamientos del presidente Santos a propósito del nuevo plan para tramitar el acuerdo a través del congreso. Leo una y otra vez estas líneas sobre la pantalla de mi computador. Luego leo cómo, en el país de los tinterillos, ya encontramos una manera de aprobar la ley a través de la corte constitucional. Me aterro. También siento el peso de mis anteojos sobre la nariz. Me sorprendo. Leo una y otra vez estas líneas. Leo gracias a ellos, mis propios anteojos. La montura que ahora tengo, tú me la regalaste hace dos años; sin embargo, los lentes me los habías regalado mucho tiempo atrás. Me pregunto. No son lentes de vidrio. Los cargo desde que tengo memoria. Tal vez desde cuando era un niño y me enseñabas que debía tratar a todos por igual. Esos son mis lentes. O tal vez desde que aprendí de ti, que todos merecemos segundas, terceras y hasta cuartas oportunidades. Esos son mis lentes. O creo que fue desde cuando me enseñabas que, sin importar clase, género o raza, todos merecemos un trato digno y respetuoso. Esos son mis lentes.

Hago un balance sobre estas ideas así como de sus efectos. «¿Cómo hacer Paz sin la gente?» Viéndolo desde la distancia y sin tomar partido, siento que detrás de este tipo de posturas se esconde una egolatría que no solo descalifica la capacidad de los colombianos de tomar decisiones por vías democráticas, sino que también logra deslegitimar nuestra capacidad como actores políticos. Me sorprendo. Siento que, ante un Estado que todo lo promete y poco alcanza, frente a unos líderes políticos que, tratando de movilizar los intereses de la ciudadanía lograron fraccionarla e invalidar su propia capacidad de acción, la única solución que considero viable y en la que creo –y la única que veo– resulta ser, tal vez, la más obvia: hacer la Paz con y entre nosotros mismos.

Hay una frase de James Baldwin que me invita a pensar sobre este momento: «Tenemos que ser tan lúcidos como sea posible acerca de los seres humanos, porque cada uno de nosotros, continúa siendo la única esperanza del otro». De niño aprendí en casa que a pesar de las diferencias, discusiones y peleas; debíamos amarnos y respetarnos mutuamente. Aprendí a entender que los desacuerdos, muchas veces ocurrían por malas interpretaciones. Aprendí que una sonrisa en el momento indicado puede más que mil palabras. También aprendí a llevar mi familia siempre de primero, pues aunque caigamos en desdicha, siempre contamos con un hogar que nos espera con las puertas abiertas. Por esto siento que el primer paso hacia una Paz sólida, inclusiva y duradera debe ser dejar de vernos como enemigos y empezar a vernos como aquello que nos une, es decir, asumir que todos somos víctimas de una guerra fratricida. Que todos somos padres, hermanas, primos, tías, abuelos y abuelas. Que pensamos lo que pensamos con los nuestros en mente; y por ello, deberíamos usar nuestras energías no para distanciarnos, sino para abrigarnos los unos a los otros como una gran familia. Y es que la Paz se construye, no se vota. La Paz es social, no institucional. Requiere un constante movimiento. Solamente creyendo en nuestros semejantes y en sus capacidades, en nuestra propia capacidad de tejer mundos en conjunto, podremos darle un nuevo sentido a la palabra Justicia.

¿Por dónde comenzar? Es un proceso arduo, no lo dudo, pues ha sido más fácil enemistarnos que confiar entre nosotros. He pensado en esto durante algunos días, y aunque no creo tener una solución, sin duda alguna, creo que el primer paso es tomarnos en serio aquello que John Paul Lederach ha llamado la «Imaginación moral»; la disposición a sumergirnos en una red de relaciones que incluya a nuestros amigos así como a nuestros enemigos, de aceptar el riesgo inherente de entrar en el misterio de lo desconocido —es decir, aquello que está más allá del paisaje familiar de la violencia—. Usar nuestra Imaginación moral exige reconocer los puntos de inflexión social, entender los límites de nuestros iguales así como de nuestros adversarios, para construir nuevos caminos. Imaginar moralmente requiere desconfiar de nuestros propios ojos, poner en duda la cotidianidad y encontrar el movimiento natural que sostiene el mundo en balance. Es empezar a ver las cosas de otra manera. Imaginar moralmente es entender que toda convivencia emerge de un desacuerdo radical en donde las diferentes visiones del mundo pasan de ser irreconciliables a ser suturadas a partir de sus elementos en común: la experiencia de vivir en comunidad.

Hay cinco instancias en donde pienso que podemos dar un uso productivo a nuestra imaginación. La primera es evaluar detenidamente en el valor y respeto que les damos, en nuestra vida cotidiana, a aquellas poblaciones que han sufrido directamente por la violencia. Para muchos, estas personas pasan desapercibidas o son totalmente invisibles aunque lleven décadas sentados en nuestros andenes pidiendo una mano amiga o aunque habiten nuestros hogares trabajando en el servicio doméstico. Cuando seguimos adelante sin detenernos o cuando decidimos no pagar el salario mínimo, no solamente estamos reproduciendo los mismos patrones de violencia que sus victimarios —el silenciamiento y la miseria—, sino que estamos cimentando la idea de que existen personas que no merecen ser parte de nuestra cotidianidad. Veamos en los desplazados un rostro amigo. Que, darles un trato digno y ayudarlos a recuperar lo que han perdido, se convierta en un reto diario.

La segunda es medir cómo nuestros propios consumos sostienen los mecanismos que facilitan el advenimiento y la reproducción de la violencia. En nuestro diario vivir, solemos adquirir productos cuyos productores indudablemente apoyaron la consolidación de grupos armados. También hay productos que provienen de un sistema de producción agroindustrial que excluye al pequeño campesino de la economía nacional. Hay otro tipo de productos que, debido a las políticas macroeconómicas, están destruyendo la producción nacional así como las comunidades empobrecidas que las producen. Desde Adam Smith sabemos que un producto es más que un bien, es la cristalización de las relaciones sociales. Por ello, nos invito a ser consumidores éticos, pues, cuando el consumo individual acarrea un costo social irreparable, debemos cuestionar seriamente cómo nuestra propia práctica es, de hecho, el origen de la violencia social.

En tercer lugar, podemos empezar a reflexionar sobre nuestras palabras y sus efectos. Creo que es importante dejar de decir que estamos sorprendidos con lo que pasó y que no entendemos a los que votaron contrario a nuestra posición. Este tipo de frases e ideas simplemente reflejan la burbuja en que vivimos, además de revelar que no prestamos suficiente atención a cómo cientos de colombianos se sintieron a la hora de votar. Décadas de violencias y odios, de olvidos y desesperanzas sembraron la semilla que germinó en estas elecciones y que no dejará de crecer hasta que no estemos dispuestos a aceptar que la vida en comunidad se construye a través del balance de las diferencias.

Finalmente, pensemos en diferentes mecanismos para ejercer efectivamente nuestra ciudadanía. Como primer paso, creo que es hora de retomar el control de nuestros partidos políticos. Es absurdo que en pleno siglo XXI estos aún dependan de un puñado de caudillos. La victoria del «No» y el fracaso de los diálogos es culpa tanto del Uribismo como de la mesa de Unidad Nacional, quienes al excluir la voz popular nos fallaron miserablemente. En todos los departamentos, en todas las ciudades, en todas las localidades, en todos los barrios del país hay mecanismos de participación. Organicémonos y hagamos este proceso nuestro, pues la democracia se manifiesta en las urnas, pero comienza en el foro público.

De la imaginación humana ha germinado todo aquello que creemos es hermoso y verdadero. No habría arte sin imaginación. Tampoco habría ciencia sin ella. Para construir Paz de largo alcance, necesitamos algo más que un voto, pues «la política», señala el filósofo francés Jean-Luc Nancy, «empieza y termina con el cuerpo». Necesitamos cambiar de mirada, ver más allá; necesitamos apostarle a nuestra imaginación. Necesitamos una ciudadanía que asuma su rol histórico frente a los necesitados, que sea capaz de pensarse a sí misma para que conjuntamente establezca las bases para la vida en comunidad. Necesitamos una ciudadanía que entienda que la justicia y la equidad, más que unos preceptos institucionales, son prácticas que se desarrollan en y desde la cotidianidad.

Esa es la paz a la que le apuesto y en la que creo. Poco nos cuesta, pongámonos los lentes.

Alejandro Ponce de León-Calero
7 de noviembre de 2016
Austin, Texas

Mi mamá visitándome en la exposición «Emergencia» (2015). Yo visitando a mi mamá en su galería «Interferencia» (2016).