Casis

I. Llamada

«CASIS. El universo de colores delirantes, de fantasías y visiones irreales. Un lugar donde poder evadirse de la vida real. Donde te esperan tus más profundos y ocultos pensamientos, tus más plácidos sueños e inquietantes pesadillas. Un lugar donde reposar tu alma cansada… más cerca de lo que crees, sólo acércate a la siguiente dirección…»

Me quedé asombrada. Increíble. «Ya no saben que hacer para anunciarte algo», pensé por un momento. Más que un anuncio en el periódico, parecía un fragmento sacado de una novela fantástica. Sin duda habían logrado llamar la atención. Pero ¿de qué sirve un anuncio si no aclaras ni qué estás anunciando? Ahí estaba el misterio del asunto. Increíble. Parecía un bar o algo así… Ridículo de todas formas…

Dejé el periódico sobre la mesa y salí de la cafetería. Por una tontería de anuncio iba a llegar tarde al trabajo… La ciudad estaba igual de bulliciosa que todos los lunes por la mañana y ya se veían las mismas caras de pereza en la gente. Claro, era lunes. La mayoría se limitaba a arrastrar los pies mirando hacia abajo, muecas asqueadas, rostros tristes… En fin, vuelta a la rutina… El sol lucía tímidamente entre los nubarrones.

Llegué a la redacción, el mismo trasiego de siempre. Todavía no sabía lo que iba a hacer hoy. Tenía que preguntar a mi jefe, encima, había llegado bastante tarde. Últimamente era costumbre. Cada vez me costaba más ir allí, hacer las tareas anodinas de siempre.

Al entrar en su despacho, me dijo, nada más verme cruzar la puerta, que precisamente tenía que hablar conmigo. Esa frase ya no auguraba nada bueno… y era lo que me esperaba. Despedida. Sólo le hizo falta una palabra en aquella conversación. Como no servía de nada los razonamientos y explicaciones que yo pudiera dar, recogí mis cosas y me fui. De todas maneras, ya no podía hacer nada por remediarlo.

Era cuestión de tiempo, esta vez lo había visto venir. Mi agitada curiosidad era una continua distracción en la rutina y cadencias de cualquier trabajo normal. Habría que probar suerte en otro lugar… de nuevo.

Me fui al parque y me senté en el banco gastado de siempre. «En fin, ya encontraré otro trabajo», me consolé de alguna forma con estas palabras. «El mundo no se va a acabar por algo así».

Decidí olvidarme de todos mis problemas y relajarme un poco allí ya que, al fin y al cabo, aquello era como mi día libre. No cesaba de pasar gente por todas partes. Aquel era sin duda el lunes más bullicioso que jamás había visto. O quizás es que nunca había tenido tanto tiempo para mirar...

El parque, sin embargo, estaba totalmente vacío y tranquilo; como un oasis fuera de todo aquel trajín. Las hojas ya caídas del otoño iban de un lado a otro, como sin sentido, como si no supieran a donde dirigirse. De pronto, volaron por todas partes. El viento era fuerte. Ya empezaba a cansarme el polvo que arrastraba el viento a mi cara. Ahora gotas en el suelo. Perfecto. Se ponía a llover. Llovía a cántaros.

Cuando ya daba media vuelta para coger el autobús, el brillo de un cartel llamó mi atención. «CASIS: INAUGURACIÓN». Allí estaba, justo al lado de la parada. Me apeteció tomar algo y, de paso, refugiarme de la lluvia, que cada vez era más fuerte, así que me levanté y fui directamente corriendo a la dirección que indicaba el cartel. No estaba muy lejos. Nunca habría imaginado en aquel momento las consecuencias que aquella trivial e impulsiva decisión provocaría.

II. Primer contacto

Allí estaba, completamente empapada y delante del local. Un enorme rótulo luminoso que desplegaba su brillo por toda la calle proclamaba: CASIS. Entré. El interior no tenía nada que ver con el resplandeciente cartel, pero no por ello era menos llamativo. El lugar estaba escasamente iluminado. Apenas un par de lámparas en el techo y algunas velas sobre las mesas y la barra del bar. Pero todo estaba diseñado para que el juego de luces y formas te rodeara con su ritmo constante. Mientras te ibas adentrando en la sala, percibías poco a poco nuevos detalles. Todo un espectáculo para los sentidos.

Centré mi atención en la camarera. Estaba sola atendiendo todo el lugar, pero no parecía molesta por ello, sino todo lo contrario. Solo su enorme sonrisa competía con el brillo de su vestido amarillo de lentejuelas. Consciente de mi curiosa mirada, se dirigió a mí y me ofreció todo tipo de combinados. Todo gratis, por lo visto, por ser el día de inauguración. Me mostré satisfecha con aquel sitio, me había dejado completamente asombrada, incluso más que cuando había leído el anuncio por la mañana. Me había distraído totalmente de mis nuevas preocupaciones.

En aquel lugar, el tiempo parecía pasar con más lentitud de lo normal. Era extraño. Miré el reloj. Eran ya las dos de la tarde. Había perdido la noción del tiempo totalmente, tenía que volver a casa a preparar la comida, estaba harta ya de platos precocinados… Justo cuando cruzaba la puerta corriendo, la camarera me llamó y sacó una lata de debajo del mostrador mientras me decía: «Disculpa, antes de que te vayas, toma esto. Espero que te guste, es nuestra especialidad. Una muestra gratuita. Vuelve cuando quieras. Si te gusta también sería bueno que nos hicieras un poco de publicidad, ¿vale?». Ante la encantadora sonrisa de aquella chica vestida de amarillo brillante, no pude más que responder asintiendo con otra sonrisa y guardarme la lata en el bolso antes de salir corriendo por la puerta. Siempre corriendo de un lado para otro… Ojalá pudiera parar el tiempo por un momento y, simplemente, eso, parar de una vez. Es lo único que quería en ese instante. Bueno, en ese momento y cada día, a todas horas… Necesitaba un respiro.

Los días pasaban volando entre citas, obligaciones, carreras y miradas furtivas a las manecillas del reloj. Aquel día no fue distinto. Casi sin darme cuenta, se había hecho de noche. Me dejé caer exhausta en el sofá. No había parado ni un segundo, quizá para mantenerme alejada de la preocupación que me provocaba el haberme quedado sin trabajo de nuevo. Me acordé de la bebida que seguía en el bolso. No había tenido tiempo ni para probarla… La saqué. Hasta la lata era extrañamente colorida, como una de esas bebidas energéticas de moda.

Encendí la tele. Estaban dando las noticias. Últimamente no veía ni las noticias. ¿Para qué? ¿Para ver siempre lo mismo? Terrorismo, guerras, asesinatos, más ricos y más pobres, muerte tras muerte… Era deprimente. Y, después de todo, ¿cómo era mi vida? Aunque no viviera en un país en guerra ni tenía dificultades para «vivir», mi rutina diaria era igual de deprimente. Ahora tampoco tenía trabajo. No sabría decir siquiera si a aquello se le podía llamar vida.

Apagué la tele, ya había tenido suficiente por hoy. Lo único que hacía era desanimarme aún más. «Ojalá, ojalá pudiera olvidarme de todo y alejarme de lo que me rodea, aunque fuera tan sólo por un minuto», pensé mientras me bebía aquel CASIS o como se llamara aquello. Estaba riquísimo. Era como embriagante, afrutado, te sentías transportado a otro lugar, me invadía una paz interior increíble. Algo que llevaba mucho tiempo sin sentir. Me dije a mí misma que volviera a la realidad. En la lata ponía: «Bebe CASIS. Te transportará al mundo de las fantasías e ilusiones. El universo de los sueños te espera. Tan sólo cierra los ojos y déjate llevar por tu mente, pero no olvides que…». No leí más. Me parecía un eslogan ridículo, pero sentía unas irrefrenables ganas de seguir leyendo. Cerré los ojos y… Espera. ¿Qué más ponía en la lata? No pude seguir leyendo, pues todo lo que me rodeaba había desaparecido de pronto ante mis ojos…

III. Descubrimiento

¿Qué me estaba ocurriendo? Se hizo un gran vacío frente de mí y, en una especie de pantalla cristalina, se fue formando, letra a letra, un mensaje:

«Has entrado en el universo de CASIS. No busques explicaciones a lo que verás, oirás y sentirás a continuación. Únicamente tú tendrás respuestas a lo que pueda ocurrir a partir de ahora. Tú creas CASIS». Eso debía ser la respuesta a mi pregunta. ¿Pero cómo? No entendía nada y miles de imágenes borrosas empezaron a fluir a gran velocidad por aquel enorme vacío. Me pareció que iban haciéndose más claras y conseguí ver mi casa, mi trabajo, el periódico… Sí, después, todo lo que había hecho durante ese día. Todo pasó muy rápido y después, después se detuvo en la imagen de la lata. Se fue agrandando, aclarándose y repitiéndose por todas partes. Allí estaba el texto de la lata, hasta ese «pero no olvides que…». De pronto, todo se borró y un blanco espacio me rodeó. Igual que yo. Me había quedado completamente en blanco. Todo aquello se salía de mis esquemas. Y, además, era demasiado real para ser un sueño, pero tenía que serlo.

Apareció parte del mensaje inicial, sólo la parte de «No busques explicaciones…Tú creas CASIS». Era como si aquello, fuera lo que fuera, respondiera a mis pensamientos. Entonces comprendí que tenía que ser eso: Leía mi mente. O, incluso, era mi propia mente, reflejada en ese vacío…

Se abrió una puerta y una luz cegadora salió por ella. No lo dudé. Fue como si tirara de mí, como un campo magnético, de forma inexplicable. Me dirigí hacia ella, poco a poco, hasta que la atravesé. ¿Qué habría al otro lado?

Lo siguiente, a pesar de ser la imagen más realista hasta el momento, fue lo que más me sorprendió. ¡Era mi casa!

Sí, mi casa. Sólo eso. Allí estaba el sillón, la tele, la cocina… Exactamente mi casa, la de siempre, ¿o no? Sí. Debía haber tenido un sueño. ¡Y vaya sueño! Pero algo faltaba en esa casa. La lata de CASIS no estaba sobre la mesa, donde la había dejado. Quizá lo de CASIS había sido parte del sueño. Hasta todo lo que me había ocurrido ese día quizá no hubiera sucedido realmente.

Últimamente había tenido demasiada actividad, no dormía bien… A veces perdía la noción del tiempo. Quizá ahora también la de la realidad. Había leído sobre eso en revistas, había gente que lo sufría. O eso, o me estaba volviendo loca. Sentía una extraña sensación de cansancio en la cabeza. ¿Qué hora sería? Seguro que había dormido por mucho tiempo, por eso aquella pesadez en la cabeza y la desorientación.

Cuando ya estaba totalmente segura de que sólo había tenido un largo y extraño sueño y lo único que quería era saber la hora para seguir con mis cosas… el reloj apareció sin más sobre la mesa del salón. No podía ser. Estaba soñando, tenía que ser eso. Me empezó a parecer divertido todo aquello, sin importar lo que fuera. Ya no me importaba para nada. ¿Por qué darle más vueltas?

Salí a la calle. Me apetecía dar una vuelta. Afuera se estaba bien. Hacía calor, pero no lucía casi el sol. Y llovía. Una lluvia suave y fresca… ¡Ah! Y el cielo estaba azul oscuro, pero no parecía que fuera de noche. Después se puso rojo, verde, amarillo, otra vez azul… Me empecé a reír como una idiota. Era fantástico. Crucé la plateada acera, que reflejaba todos los colores del cielo, además de las luces de los coches que transitaban por la carretera. Me fijé después en el reloj de la farmacia. No tenía manecillas y tampoco los números para marcar las horas. Estaba completamente en blanco.

Cada vez estaba más contenta. Toda la gente a mi alrededor parecía compartir mi estado de ánimo. Lucían una sonrisa en la cara, como si nada les perturbara, como si su vida fuera totalmente perfecta, como si no existieran problemas ni calamidades de ningún tipo. Aquella ciudad parecía representar todas mis ilusiones y sueños, tanto que se hacía sentir infantil e irreal, como una película para niños. Todo era bueno. Se notaba que era fruto de mi imaginación… Era imposible que fuera real algo tan bueno. «No te despiertes, no lo hagas», me rogaba a mí misma. Pero sentía que iba a durar poco. Todo lo bueno dura poco.

Las luces se apagaron y la nada absorbía poco a poco aquel mundo ideal y utópico. Que podía hacer… Algo luchaba dentro de mí, se resistía a volver a lo de siempre. Pero el vacío me iba ya engullendo también a mí. Fue cuando me acordé del mensaje de la lata.

Ya se me había olvidado. Me faltó la última línea, que empezaba con ese «pero recuerda que…», puede que fuera una advertencia. Me quedé pensando, mientras veía como todo mi cuerpo se hundía en unas aguas blancas y vacías. Si todo aquello era el reflejo de mis sueños, también reflejaría las pesadillas, temores e ideas oscuras que pasaran por mi mente. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo dejándome paralizada. Algunos pensamientos macabros y turbulentos, algunas pesadillas que tenía, me asustaban hasta de mí misma. Tan sólo pensar que todo eso podría representarse de forma tan real como lo anterior… Empecé a sentir que me ahogaba en aquellas aguas, cada vez más densas. Un denso lago gris y después, completamente negro, que me absorbía mientras caía sin parar… La velocidad de la caída aumentaba, al tiempo que ideas inquietantes inundaban mi mente.

IV. Pesadilla

Entonces, sentí por fin el suelo bajo mis pies, aliviada. Todo estaba completamente a oscuras. Era tranquilo, pero el silencio agitaba en mí un mar de dudas constante. Empecé a sentir miedo, un miedo que se engrandecía convirtiéndose en un terror profundo que agarrotaba mi cuerpo. Un pasillo se creó de pronto delante de mí y comencé a recorrerlo con pasos inseguros. El pasillo se alargaba y estrechaba cada vez más. Me sentía asfixiada, así que empecé a correr sin dudar, impulsivamente, sin mirar al frente. De repente topé de golpe con una pared. Estaba cansada, con frío y temblando, los pies apenas me respondían. Me aferré a esa pared sin saber qué hacer, pero me escurría poco a poco, hasta caer con las piernas dobladas sobre el suelo.

Sentí un dolor intenso y contemplé mis manos. Estaban agrietadas y ensangrentadas, de aferrarme ansiosamente a aquel áspero y abrupto muro. De ellas comenzó a brotar sangre a borbotones, sin cesar. Poco después, había sangre por todas partes, por todo mi cuerpo. Una sangre de color rojo oscuro que recorría el suelo, extendiéndose e inundando la estancia, que seguía estrechándose. En poco tiempo, la sangre me llegaba al cuello y las paredes me apretaban. Acorralada, quise rendirme.

No. Tenía que controlarlo. Todo era una ilusión, podía controlarlo. Alcé las manos vacilantes hacia la pared, palpándola, tanteando una salida. Parecía ceder a la presión. Comenzó a hundirse y, de pronto, todo mi cuerpo traspasó la pared sin esfuerzo, sin daño.

Miré a mi alrededor. Era otra habitación totalmente distinta, de un color negro azulado, iluminada tenuemente por unas velas colocadas en el suelo. Me fui relajando y noté como, de nuevo, el arroyo de aguas, esta vez completamente transparentes, bañaba mi cuerpo, limpiándome las heridas, que ya no dolían. La pesadilla había terminado.

V. La solución

Somnolienta, vi como las aguas se revolvían y volvían a bajar de nivel, hasta esfumarse, evaporadas, entre mis manos, formando una niebla brillante. Un suave viento comenzó a soplar y a ondearme de un lado a otro, me sentía tan ligera… Me hacía flotar, prácticamente volar. Sí, podía volar.

En la lejanía contemplé, asombrada, la imagen del planeta Tierra. Al acercarme, pensé con tristeza en como moría. Moría poco a poco. Estaba debilitado. Entonces quise, más que nunca, curarlo y dejarlo renovado, pero era ya muy difícil. Esa era la cruda realidad. «Pero cambiará…», pensé esperanzada, «algún día cambiará». Cuando lo que ahora veía fuera parte de un pasado muy lejano, casi olvidado. Como en mi ciudad. Aquella ciudad donde todos sonreían.

Sentí el calor de la luz sobre mis párpados. Fui abriéndolos poco a poco, temiendo descubrir que había vuelto a la realidad y a mi vida de todos los días. Comprobé que estaba de nuevo en casa. Me sentía extraña. Sentía como si algo hubiera cambiado en mi interior y, aquel lugar, en vez de resultarme confortable y familiar, me inquietaba. Me acerqué a la ventana. Ahí estaba otra vez, la rutina. Sólo había que ver la cara de la gente por la calle… Otra vez, un nuevo día. Pero me sentía distinta.

Volví a sentarme en el sillón y, durante un buen rato, seguí pensando en todo aquello. Miré a mi alrededor, estaba todo patas arriba. Ordenando las cosas, palpé algo duro dentro del bolso que había dejado tirado la noche anterior en el suelo. No podía ser. Era aquella lata de CASIS. No podía salir de mi asombro. Al menos lo del bar y la lata me habían pasado realmente.

La etiqueta con el nombre estaba ligeramente despegada por una esquina. La retiré. En su reverso descubrí, sorprendida, un texto impreso en letras oscuras, apenas visible:

«…pero recuerda que, tras estar en CASIS, puede ser difícil volver a la realidad. Si te lo propones, tú también puedes crear el mundo real. O puedes sumergirte en el universo de colores delirantes, fantasías y visiones irreales. Tú decides. Te esperan tus más profundos y ocultos pensamientos e inquietantes pesadillas. También un lugar donde reposar tu alma cansada… más cerca de lo que crees. Tan solo cierra los ojos y déjate llevar. Prepárate. Elijas una opción u otra, no será fácil.

El viaje está a punto de comenzar».

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